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Domingo , 21.10.2018 / 03:38 Hoy

Maldita rutina

Teatro

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Almacenados es una obra que hay que ver porque muestra que cuando el trabajo actoral continúa sin pausa después de la noche de estreno, en este caso realizado cuatro años atrás, los hallazgos son inmensos, los personajes crecen, sus acciones se depuran y nos persuaden de su autonomía frente al actor, en ese paradójico y gozoso juego que establece la convención teatral a la que nos entregamos con voluntad plena.

Dos personajes enriquecidos por los intérpretes Héctor y Sergio Bonilla, padre e hijo, bajo la dirección de Fernando Bonilla, habitan de nueva cuenta el espacio de la inmensidad en que se convierte la espera de la ilusión convertida en camión, en mástil, en un asta bandera, en algo que pueda cumplir una eterna promesa.

El señor Lino, trabajador de almacén, a cinco días de su jubilación, y su sucesor, el joven e inexperto Nin, cuyo nombre abre paso a la ironía y a la abierta interpretación de su significado por parte del anciano, retoman el hastío de su existencia en una nueva y fortalecida temporada de la obra Almacenados del dramaturgo David Desola.

En ese galerón transformado en bodega, donde solo hay un soporte para garrafón con agua, un escritorio con silla y un altar de la Virgen de Guadalupe rodeada de foquitos con sonsonete navideño, el único indicio del transcurso del tiempo es el avance de un reloj checador y el nombre de los días de la semana destacados en letras blancas sobre la pared de fondo.

La puesta en escena ha ganado virtudes al paso del tiempo a partir del trabajo que la Compañía Puño de Tierra, conformada por la familia Bonilla Álvarez, que incluye a Sofía como gerente de producción, ha llevado a cabo desde hace cuatro años. Como si se tratara de un inasible objeto pulido por el tiempo a fuerza de ensayos, estudio, búsqueda de significados, de una gestual depurada, de una traducción más precisa de palabras y movimientos, posee hoy mayor hondura, después de haber transitado por distintas temporadas y giras.

El efecto del parecido físico entre los intérpretes propone y enriquece un juego de reflejos paralelos entre los personajes cuya existencia se vincula al tiempo que agiganta la diferencia generacional, las supuestas ventajas del joven contra la rigidez de un hombre mayor, urgido de agregarle valor al conocimiento de una rutina que lo ha mantenido con vida durante 29 años. Aferrados a un salario, a una rutina hueca, a un horario, y a una estructura que regirá su vida, enganchada por completo a una jornada laboral que obliga a un dispendio de tiempo, Lino y Nin se quedan sin horizonte.

La obra de Desola, adaptada por el joven director Fernando Bonilla, nutrida por la franca comunicación entre sus intérpretes, resulta un trágico y fascinante viaje, no exento de humor, hacia el estrecho túnel del apego a la rutina que a fuerza de repetición nos regala la pobre certeza de que algo nos sostiene.

La Compañía Puño de Tierra realiza su diseño escenográfico, gráfico y sonoro, con el acierto que conlleva echar mano de lo necesario para contar una historia en la que el sonido de la puerta metálica semeja el de las rejas de una cárcel y el extenso y plateado mástil que toma presencia al centro del escenario se vuelve una metáfora cromada y cilíndrica de lo inútil.

Almacenados enfrenta al espectador con el vacío de los personajes y con el propio, con la espera estéril y el conformismo, mediante un juego de acción y reacción, a ratos verbal o silenciosa, desbordante en todo caso de un ejercicio interno que proyecta lo que cada personaje piensa, siente y calla.

Contenidos por el almacén que preserva a los personajes de sus propias inquietudes, o las domestica, Almacenados ubica al espectador ante la pérdida de toda expectativa desde una ironía liberadora, como si contemplara un cuadro cuyos trazos expresan nuevos contenidos cada vez que volvemos a mirarlo.

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