La maldad social

A diferencia de la literatura, en la vida real los seres humanos han de lidiar con las consecuencias morales y materiales de sus actos.
Fiodor Dostoievski.
Fiodor Dostoievski. (Especial)

México

Al comienzo de sus Memorias del subsuelo, Dostoievski escribió una especie de advertencia al lector: le explica que en la sociedad de su época predomina el tipo de individuo sobre el cual está a punto de escribir. De esa manera, en cierta forma lo exime de su responsabilidad moral, pues su carácter resentido, envidioso, cobarde, medroso, vengativo, etcétera, es visto por Dostoievski como una consecuencia natural de los valores y mentalidad de su propia época. Evidentemente, no es una cuestión determinística ni lineal y, a diferencia de la literatura, en la vida real los seres humanos han de lidiar con las consecuencias morales y materiales de sus actos. Sin embargo, es una idea que nos puede servir más para comprender nuestra actualidad que la predominante narrativa maniquea que enfrenta por un lado a los ciudadanos responsables, trabajadores, que cumplen la ley, contra el estrato de malvados, compuesto principalmente por el crimen organizado, los políticos corruptos, los movimientos de rijosos, y una larga lista de etcéteras. De nuevo: no se trata de eximir
a nadie de su responsabilidad, y sobre todo resulta muy difícil cualquier tipo de empatía hacia el crimen organizado y los políticos corruptos. Aun así, vale más la pena intentar comprender la raíz de tanta violencia y desintegración, que quedarse simplemente con la conciencia de que, literalmente, el infierno son los otros, pues uno no forma parte del estado de cosas que tanto repudiamos y deploramos.

Llama la atención la frialdad con la que se describen los actos de violencia más espeluznantes, el cinismo con el que se cantinflea cuando se destapa un escándalo, el racismo y el clasismo que se expresan en el lenguaje cotidiano como si fueran asuntos normales o evidentes. ¿Por qué como sociedad estamos produciendo masivamente individuos dispuestos a comportarse de esa manera sin sentir el menor remordimiento? Quizá valdría la pena estudiar la relación entre la miseria y la desigualdad, con la violencia y la corrupción que les vienen asociadas. Recientemente, una trabajadora doméstica me contaba que, ante el gusto y la facilidad para bailar de su hija de siete años, la madre (también trabajadora doméstica) la había alentado diciéndole que, si se esforzaba, quizá de grande podría ser teibolera. ¿No es plausible pensar que detrás de buena parte de las vidas que se dedican al crimen, la violencia, el engaño, el saqueo, encontraríamos realidades igual de brutales y aplastantes? En estos momentos, quizá lo más necesario sea una nueva narrativa, una que nos incluya a todos, una que pudiera servir como punto de partida para salir del caos y la podredumbre sin fin en los que estamos inmersos.