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Lunes , 20.08.2018 / 06:52 Hoy

Mala noche, sí

Merde!

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Una chaparrita de ojo verde atraviesa la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Todos la miran. No es de grandes piernas pero sí de enorme rostro: uno sonríe con y por ella. La gracia la llevó a la cumbre de la fama y a que todos le llamáramos la Vero, como si fuera nuestra amiga de siempre.

Tú no. Tú la mirabas de lejos y la observabas en sus clases, atenta, educada, estudiante entregada. Iba un ciclo delante de ti y quería ser especialista en Relaciones Internacionales. Su tesis, de 1979, decía: “ciertas minorías repudian la televisión en sí misma, mientras que otras la desacreditan; sin embargo, muchos millones de personas la consideran lo suficientemente interesante, comunicativa, instructiva e informativa como para situarse cada día frente a sus televisores sin que nadie los obligue a ello” (Gerardo Estrada fue el sinodal de esa tesis con la que se recibió en su carrera, que nunca ejerció).

Por hermosa y simpática, la televisión la catapultó. Su figura sigue viva, con 50 años de permanencia, a pesar de que la televisión —Televisa— ya casi no la contrata. Quisiste ir a verla en el musical ese de Betty Comden y Adolph Green, Aplauso. Los musicales sin producción, donde el vestuario, la música y la escenografía hacen el espectáculo, resultan un fiasco. Eso pasó con Producciones Fábregas: apostaron por ella pero no por la obra. Apostaron por el público que va a aplaudirla —de pie— pero no por el género del teatro que exige rigor y orquesta de nivel. Los bailarines hacen correcto su trabajo pero la pobreza de la producción deja que desear.

Verónica Castro brilla porque sus ojos fulminan, porque logra comunicar su enorme carisma lleno de simpatía, porque aunque no canta dice con sorna las cosas y por eso todo mundo le aplaude a la intérprete de la telenovela Rosa salvaje, a la conductora de televisión de Mala noche, no, a la que dirigió el primer programa de Big Brother. Un obra para una estrella, pero con una producción de cuarta. O cobró demasiado y no alcanzó para más, o los productores son codos y apostaron por ella sin pensar en el mínimo del arte musical.

No hay dirección, hay coordinación. No hay director de orquesta, hay apuntador de canciones (en parte por el escaso número de instrumentos). Hay coreografía, sí, hay bailarines, sí, pero el elenco brilla con dificultad en medio de una escenografía acartonada, de escasa brillantez y poca monta. Se nota más el cartón que el sueño de inventar un escenario.

Pero la Vero sale librada, a pesar y en contra de ella. Es efectivamente una alegría verla radiante, su estrella en plena madurez. Su contraparte, Natalia Sosa —la trepadora, la de las nuevas generaciones, la de triunfo a las malas más que a las buenas—, no canta ni actúa mal a su lado. Es la competencia de la actriz contra el carisma de la diva. Pero el teatro es más que dos. No hay forma. Mala noche de teatro, sí.

Te quedas con Verónica Castro, la estudiante de la UNAM, y su sonrisa.

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