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Martes , 25.09.2018 / 04:25 Hoy

Mal hombre

Toscanadas


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En uno de tantos hoteles cuyas habitaciones no tienen luz para leer, pero sí una enorme pantalla en la pared, me vi arrastrado a encender el televisor, y muy pronto recordé por qué detesto ese aparato. Luego de saltarme todos los canales alemanes, paré en la tele española porque había un documental sobre Camilo José Cela. Supuse que podría ser interesante, mas pronto me dio erisipela al ver lo que una mentalidad rascuache hace con un Premio Nobel.

El hilo lo llevaba la nieta del escritor, incapaz de tejer una frase sin tropiezo y, aunque ya es bastante adulta, soltaba un discurso preadolescente: “Me hubiera gustado tener un abuelo que estuviera allí, que me contara cuentos, que me acompañara al cole. Me dio rabia evidentemente, rabia contra él, por haberse ido y por haber hecho tanto daño a tanta gente, no solo a mí o a mi abuela o a mi padre”.

Como si el documental no pudiese hacer una segunda toma cuando se tuerce la palabrería, la nieta decía cosas como: “Al día de hoy me da pena, lo que pasa es que me da pena no haber vivido algo que sé que no habría podido vivir porque me da pena no haber visto la realidad del día a día…” o perlas metafísicas como: “El nombre al final va a condicionar la vida de la persona que nace y esa persona no ha hecho nada para merecer eso”, o cosas que más valdría no pronunciar: “Yo la figura de Cela que conocía era un poco la figura de… de… pos Nobel, ¿no? De las tonterías”.

Esa nieta sabe tan poco de la condición humana que se da el lujo de juzgar a su sabio abuelo: “Mi abuelo se traicionó a sí mismo y traicionó al resto. Lo más triste, lo que me parece peor es que tú seas consciente de que te has equivocado y que por orgullo no seas capaz de rectificar. Yo creo que mi abuelo era una persona muy insegura. Y creo que esto le costó asumir el paso del tiempo y le costó asumir que se hacía mayor y creo que tuvo una manera de llevarlo poco inteligente y poco elegante y poco sincera”.

La manera “poco elegante” de asumir el paso del tiempo fue dejando a su mujer para casarse a los setentaicinco años con una periodista de treintaicuatro. Bon appétit. Tal convirtió a Camilo José Cela en un truhán y la verdadera heroína viene a ser la abuela Charo. Porque la sabiduría no importa, la genialidad artística tampoco, el aporte a la lengua y a la literatura dan lo mismo, lo primordial en la vida es ser una persona cariñosa y abnegada. Si bien supongo que este desorientado feminismo ningún favor le hace a las mujeres.

“Pues sí que cuando se murió y vi a mi abuela mal, muy mal”, dice la nieta, “yo en ese momento pensé… es que… maldito cabrón, es que hasta muriéndote haces daño”.

Pero la TVE está en su papel de televisora, enlodando a los genios y presentando chismorreos a las masas iletradas. Mucha gente que desconoce a Cela sabrá ahora que no hace falta leerlo, pues es un mal hombre y tan ruin es su alma que no tiene nombre. Al final, luego de tanta moralina resulta que Cela nunca fue tan mal abuelo como mala nieta es la nieta.

El documental titulado La danza de Formentor es lamentable, está para el olvido, pero lo menciono porque ilustra el espíritu de nuestros tiempos en que la ropa sucia se lava en cadena nacional, en que cualquier bobalicón pasa a sentirse autoridad porque se para frente a una cámara y habla simplezas con la osadía de un profeta al monstruo comebasura que se halla al otro lado de la pantalla.

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