Lupe: la peor de todas

Reseña
Dos veces única
Dos veces única

Las hijas de Diego Rivera y Guadalupe Marín fueron estragadas por sus padres y por la política de cooptación en un México donde todos nos hicimos priistas sin pasar por la escuela de la democracia. Él, con su prestigio y fama, las marcó para siempre. Ella les mostró el camino del arribismo y las formas de hacer fortuna en un país donde importa el pedigrí, intelectual o aristocrático, donde ni siquiera importa la inteligencia sino la astucia de una mujer y su belleza. Esa es la lectura que deja la novela Dos veces única, de Elena Poniatowska.

Lupe no es una protagonista como los personajes que Poniatowska delineó en Las siete cabritas (Nahui Ollin, María Izquierdo, Pita Amor, Frida Kahlo, Nellie Campobello, Rosario Castellanos y Elena Garro, entre la risa y el llanto, entre la lucidez y la locura, entre el arte y la destrucción, textos que reflejan la soledad y la incomprensión de estas creadoras, a pesar incluso de sí mismas). Lupe Marín es un caso aparte: ignorante, alejada de la educación, nada creativa —salvo en la gastronomía—, con su guapura e ingenio verbal le bastó para lograr sus objetivos en tierra de machos… y el veneno que le fascinaba para descalabrar a quien se pusiera en su camino, incluidas sus hermanas y madre. Una cabrona en toda la extensión y peor sentido de la palabra.

Hay perversión en esta novela de Elena Poniatowska. No se siente el amor, persiste la ambición por llegar, el deseo de escalar, la satisfacción de joder a cualquiera que se acerque a ella. Lupe Marín es la peor de todas las mujeres que han hecho historia en la cultura mexicana.

De la cocina a la calle, de sus pláticas con la empleada doméstica Magdalena Castillo a las de Josefina Bórquez (la Jesusa Palancares de su novela Hasta no verte Jesús mío), Poniatowska engulló el habla popular. Así lo cuenta ella: “Durante mi adolescencia pasé muchas horas en el cuarto de azotea. Subía ‘a platicar’ y nada me emocionaba tanto como las historias que allí escuchaba. Tiburcia, Enedina, Concha y Carmen se envolvían en sus recuerdos y en la ilusión del novio, la salida del domingo. Las veía desenmarañar su largo pelo con su escarmenador después de haberlo lavado y enjuagado en el lavadero. ¡Qué bonito rechinaba su pelo, qué bonito! Tuve una nana cuando ya no estaba en edad de nana y su devoción fue infinita. Se llama Magdalena Castillo y nos dio su vida a mi hermana y a mí. No nos lleva ni siete años, diecisiete ‘entrados’ a dieciocho. No nos llevaba ni siete años y nos dio su vida. No se casó, no se casó, no se casó por no dejarnos. No se casó. Nunca. Nunca nada. Nunca se fue. Sus años más importantes, entre los veinte y los treinta y cinco, nos los dio. Nos dijo ‘Tómenlos’, para que con ellos hiciéramos papelitos de colores, tiritas de papel de china, lo que se nos diera la gana, le bailáramos el jarabe tapatío, la zapateáramos encima bien y bonito. Y de hecho, lo hicimos. Le hundimos nuestros taconcitos de catrinas cebadas a lo largo de todo el cuerpo. Le acabamos las trenzas ahora adelgazadas, la despachamos a su casa a la hora de nuestra luna de miel, la nuestra, ¿eh? Y le dijimos que regresara a cuidar a nuestros hijos. Aún estaba fuerte. Aún podía. Y volvió. Y todavía viene y trae manzanas y se acongoja por nuestras penas. Y nos besa y nos encomienda a Dios.

“Del cuarto de azotea recibí dádivas. Siempre me dejaron oírlas platicar. Solo una vez, una, ordenó lanzándome una mirada negra:

“—Bájese niña, ¿qué no le basta con lo que tiene allá abajo?

“Años más tarde, Jesusa (Josefina) habría de lanzarme la misma mirada de cólera al relatarme su vida, al responder mi urgencia” (Luz y luna, las lunitas, Editorial Era, 1994).

Tuvo la escritora la fortuna y el tiempo para entrevistar a Lupe Marín ya vieja y con ganas de pasar a la historia como personaje literario; de que la familia Rivera Marín le contara los odios y frustraciones que la madre y abuela dio a toda su descendencia; de los más de 20 entrevistados para ficcionar esta novela —la recreación de un país, la atmósfera intelectual, la metáfora que es la vida— en la que nadie se expresa bien de ella. La ausencia de madre de Antonio Cuesta —hijo del poeta Jorge Cuesta, segundo marido de Lupe Marín—, un dolor clavado en la narrativa de Dos veces única.

El anticomunismo de Lupe Rivera Marín impide que los compañeros de ruta de su padre pongan la bandera comunista en el féretro. Ella, tres veces diputada en épocas negras del peor priismo, amiga de Alfonso Corona del Rosal, quien junto con Luis Echeverría (novio de juventud) pide la participación del ejército para acallar a los estudiantes en 1968. Ella, autora de una novela, El círculo de los dioses, en la que jura que existen los extraterrestres. Ella, que odia a Frida Kahlo por encima de toda conciencia sobre el papel que la pintora ha logrado en el mundo, ya sin Rivera. Otro sentir, casi sin hacer ruido, es el de Ruth Rivera, aunque la nieta terminó trabajando con el peor de los policías de José López Portillo: Arturo Durazo.

Lupe Marín irrita por sus comentarios. La leyenda se quiebra. No vemos a una mujer inteligente sino rapaz, poderosamente intuitiva y hábil para el habla popular, que pepena frases de clásicos para esconder su desconocimiento de la literatura y el arte. Bastaba rascar tantito para saber que leía poco y mal, que escribía maledicencias contra sus maridos y los poetas del grupo Contemporáneos, y a la que Salvador Novo le dedica un poema en La Diegada: “A una pequeña actriz tan diminuta/ que es de los liliputos favorita/ ¿es exageración llamarle puta?/ Por mucho que se diga y se discuta/ ella es tan servicial, que cuando cita/ las vergas que recibe de visita/ ornamenta con una cagarruta”.

La ofensa no es gratis. Lupe Marín escribió un libro con afán difamatorio, La única. José Juan Tablada escribió en Excélsior lo que sus amigos no decían en voz alta:

“Sus páginas son como trapos con pringue o máculas secretas, exhalando ingratísimos olores […]. Es, en síntesis, un chiquihuite de ropa sucia por su contenido y por su forma burda y mal tramada. Esposa primero de un gran pintor y después de un letrado, la autora pudo darse un barniz de cultura, pero tan leve, que il craque sous l’ongle —poniéndose a su nivel— podríamos decir que en materias culturales ‘vacila de olete’ ”.

No podemos decir que Elena Poniatowska haya escrito este libro con intenciones de denuncia. Literarias, desde luego. Gran personaje. Uno no puede soltar el libro en el que descubrimos lo poco que Lupe Marín entendió de pintura y literatura, aunque la osadía de sobrevivir la llevó a la cumbre hasta hacerla una leyenda que en la novela se desmorona. Que termine admirando a Martha Chapa lo dice todo. Que no entienda los autorretratos que le hizo Juan Soriano, más. Que no vaya a ver al manicomio a Jorge Cuesta —de las páginas más brillantes en la novela—, inhumano. Resulta incomprensible que no haya aprendido más que el falso refinamiento que le dejaron sus experiencias en París y vivir con dos creadores.

“¿Dónde quedó el amor?”, se preguntaba Elena Poniatowska después de terminar esta novela tan diferente al mosaico mexicano que ha realizado (Tinísima, Querido Diego, te abraza Quiela y Leonora; lo mismo con Las siete cabritas). Dos veces única desnuda un mundo anti–intelectual donde es patente la ambición por la herencia de Rivera, una familia en la cual los hijos y descendientes de Rivera tienen el peso del nombre, que acaso dibuja —sin querer o intencionalmente— la imagen y destino de los hijos de famosos que podrían tener otros apellidos y ser los mismos sobrevivientes de sus padres. Esta novela es definitivamente gozosa porque el personaje, tan real, se convirtió en literatura por la pluma de una escritora de la estirpe de Nellie Campobello, Rosario Castellanos y Elena Garro.