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Jueves , 20.09.2018 / 12:30 Hoy

Lunático papel de piedra

Poesía en segundos


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Hay momentos que nos hacen dudar si la poesía es solo una experiencia imaginaria o si, por el contrario, es un hecho. Esta sensación la tenemos cuando percibimos, como dijo Borges, “el asombro que las cosas/ elementales dejan, las hermosas/ tardes, la luna, el fuego de una hoguera”. Pero también la advertimos al tropezar con las unidades —más menudas, menos sublimes— de los objetos inusitados que el hombre creó para sobrevivir. Por ejemplo, los cuchillos que trocaron de su violencia original al amable servicio de la mesa o la ya de por sí hechicera plata convertida en lámina de espejos.

El “papel de piedra” es una de esas creaciones de lo común y mínimo que pasa a nuestra vida y a nuestra conciencia con un carácter insólito y con un apelativo sorprendente. Nos despierta una emoción semejante el trebejo, de nombre filosófico, espéculo. El papel de piedra es una hoja blanquísima, hecha no de celulosa sino de un poco de yeso, mucho de polvo de caliza y mármol y otra parte de resina. Es resistente al agua, la grasa y, seguramente, a las polillas.

En La edad de papel (Artes de México/ DGP/ Secretaría de Cultura, México, 2016), Orlando González Esteva, con rápidas y finas analogías y acompañado de las hermosas fotografías de Abelardo Morrel, experimenta el delirio que este nuevo valor de uso —útil para toda clase de artículos y en especial libros— entraña. González Esteva se lanza al cambio de nuestra vida cotidiana y la llena de manera feroz de los mismos y, a la vez, nuevos, diferentes objetos manufacturados con el producto recién llegado. En la hipótesis de que este papel arramblará el ritmo de las jornadas y los horarios, el ensayo despliega los efectos inesperados de una existencia más leve y más recia en la pulpa de las hojas minerales, cerca y lejos de la blancura de la luna. Y así dilucida, con el papel de piedra en las manos, múltiples circunstancias y muestra no solo cómo las peripecias del trabajo y del hogar modifican las metáforas sino cómo la propia realidad vive a través de símiles, metonimias y sinécdoques y las concibe de manera constante. Por eso, al resumir el hallazgo, González Esteva escribe: “La invención del papel de piedra debería provocar asombro, si no por el papel mismo, sí por su nombre, que reconcilia lo más ligero con lo más pesado, lo más delicado con lo más burdo”.

No es extraño que el escritor cubano, radicado en Miami desde hace muchos años, posea esta capacidad de adivinar lo que es de suyo mediato y sintético. Hábil conocedor del soneto, orfebre nocturno del haikú, magnífico creador de redondillas en la transvanguardia y —como todo buen poeta— excelente prosista, ha explorado las ideas puras y, viceversa, el tesoro que puede germinar en lo práctico y trivial.

Orlando González Esteva nos revela cómo en la nueva edad del papel, con su erótica antinomia blando es duro, la poesía cubana continúa numérica y lunática en el mundo bisiesto de “dos patrias tengo yo: Cuba y la noche./ ¿O son una las dos?” de José Martí.
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