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Sábado , 22.09.2018 / 18:04 Hoy

Lucy

Toscanadas.

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El 4 de diciembre de 1967, los periódicos del mundo reportaron a ocho columnas que se había realizado el primer trasplante de corazón humano. Éste se llevó a cabo en Sudáfrica, no porque ahí se tuviesen los mejores especialistas del mundo, sino porque el gobierno de ese país no puso trabas morales para acabar de matar a una persona que irreversiblemente iba a morir en el corto plazo. El equipo médico solo se exigió el requisito de que el primer donante fuera una persona de raza blanca, pues con las tensiones raciales existentes, no fueran a decir que habían matado a un negro para darle su corazón a Louis Washkansky, un inmigrante lituano. En ese momento, Christiaan Barnard se convirtió en el sudafricano más célebre, por encima de Nelson Mandela, que entonces se pudría en prisión.

Apenas el 21 de ese mismo diciembre, los medios informaron que había fallecido el paciente del doctor Barnard. Para pena de Washkansky, había muerto de neumonía, pues le habían anulado su sistema inmunológico para que no rechazara el corazón. Para honor de la ciencia, no murió de un paro cardiaco. Y para mezcla de política y medicina, Barnard nunca recibió el Premio Nobel.

Lo cierto es que tres años antes se había realizado un trasplante de corazón en Estados Unidos. Pero debido a los pruritos morales de sus legisladores, los médicos tuvieron que utilizar uno de chimpancé. Pese a que ambos primates compartimos 98 por ciento del ADN, el receptor pudo vivir apenas hora y media.

Cosa curiosa, hoy se tiene reglamentado el proceso de donación de órganos entre humanos; en cambio resultaría ilegal matar a un simio para sacarle el corazón y meterlo en un hombre. Un paciente podría demandar a un hospital si se entera de que entró con corazón humano y salió con uno de orangután o bonobo o gorila, nuestros otros parientes más cercanos.

Con los cerebros ocurre algo distinto, pues todos nacemos con el mismo contenido cerebral que tuvieron nuestros antepasados homínidos y pocos hacen lo posible por volverse hijos de la evolución. Lo que al ser humano le costó tres millones de años, ahora lo podemos acumular en pocas décadas. Sin embargo la gran mayoría se queda en el estado de la famosa Lucy, o sea, meros Australopithecus afarensis. Estos suelen ver con recelo al Homo sapiens; en cambio se vuelven locos, gritan y brincotean entusiasmados ante el Homo habilis que suele andar en grupos de once.

Por fortuna no hace falta un cirujano para extirpar el jugoso cerebro de un Homo sapiens y ponerlo en el páramo cerebral del Australopithecus. Esto se realiza mediante un dispositivo casi mágico y digno de la mejor ciencia. Se llama libro. Los buenos efectos de este trasplante suelen durar mucho más que las tres semanas de Washkansky. Aunque al final, es verdad, uno acaba por morirse del corazón, de neumonía o de cualquier otra cosa y no deja sino un esqueleto mucho menos fascinante que el de Lucy.

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