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Luchas madrileñas

Café Madrid

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Trashman estaba encantado de haberse ganado el desprecio del público. Subió al ring presumiendo el enorme cinturón plateado que lo avala como campeón de La Triple W (White Wolf Wrestling), una asociación cultural sin ánimo de lucro que desde hace casi una década se dedica a presentar espectáculos de lucha libre en Madrid, y emitió un rugido mientras hacía alarde de su musculatura. La gente no paraba de abuchearlo y entonces Trashman, que según su biografía oficial “se crio atado a la pata de un futbolín alimentándose de sobras de comida y charcos de cerveza”, frunció el ceño, agarró un micrófono y vociferó con arrogancia:

—¡No sé cómo no os arrodilláis ante el puto amo!

“¡Fuera, fuera!”, le respondieron al unísono y él se sentó en un improvisado trono de madera que estaba sobre el cuadrilátero. Trashman —la cabeza rapada, los brazos tatuados, el pantaloncillo de camuflaje militar— quiso dejar claro que es el rey de las luchas y, al que no le guste, “¡que se joda!” Pero de pronto apareció Lukas Scott y se lanzó sobre él con sus 92 kilos de peso. “¡Mátalo!”, le pidió sin tapujos la gente. Desbordado de cólera, Trashman logró levantarse y tumbar a su rival con un puñetazo y una patada. Luego corrió hacia una esquina del ring, trepó las cuerdas y voló. El público gritaba mientras Lukas Scott se quitaba y Trashman se caía sobre la lona dándose un golpe seco, suficiente para romper las costillas a cualquiera que no esté entrenado para esto.

Era una tarde de sábado y calor abrasador cuando en el patio central de La Tabacalera, una antigua fábrica convertida en Centro Cultural en el distrito Centro de Madrid, grupos de amigos y familias enteras ovacionaban a los luchadores como si fueran héroes necesarios. Habían ido a divertirse y entretenerse con un show que mezcla fuerza, destreza y melodrama y que, como un triunfo más de la cultura popular, dese hace unos días es Patrimonio Intangible de la Ciudad de México (yo mismo me encargué de decírselo a todo aquel que quiso escucharme). 

Aunque en España este deporte–espectáculo todavía no tiene la misma relevancia (y calidad), un grupo de apasionados por esta práctica se esfuerza por profesionalizarse. Rodrigo Zayas preside La Triple W y cuenta que hace diez años comenzó a reunirse con unos amigos en un gimnasio del barrio de Carabanchel con el objetivo de preparar un espectáculo de gladiadores. Entre todos compraron el ring, las cortinas, las luces, los carteles y comenzaron a hacer, siempre con entrada libre, un promedio de 10 exhibiciones al año. Cuando los trucos principales ya están bien ensayados, cada luchador elige su nombre de batalla y el atuendo que ha de sustentar su imagen: máscaras vistosas o cabelleras específicas, gafas o capuchas. Luego se reúnen todos los que participarán en el show para elaborar el guión que llevarán a cabo delante del público, solos o en parejas, basado en la dualidad del bien y del mal. Con margen de improvisación, sus acciones son cómicas y dramáticas. Efectivas, sobre todo, para captar la atención.

El otro sábado, en un extremo del cuadrilátero, Fernando Suárez y Juan García, dos amigos de 19 años que desde hace dos van a La Tabacalera para ver las luchas, gritaban y aplaudían cuando Gortrak El Vikingo salió de entre unas cortinas negras. Con 101 kilos de peso, 1.83 de altura, una larguísima cabellera y una cara de desquiciado, Gortrak presume de ser el más temido por sus colegas. “¡Este tío es la leche!”, dijo Fernando entre risas para confirmarlo. “Ya verás cómo acaba con todos”, añadió Juan. Pero ¡oh, sorpresa! Gortrak sometió al Niño Anónimo, el más joven de La Triple W, que en teoría era su compañero en ese combate de parejas. El Niño Anónimo acabó derrotado sobre la lona mientras Gortrak confirmaba su demencia y el público coreaba “¡a–bu–són, a–bu–són!” para despedirlo enseguida con silbidos e insultos.

El show terminó pasadas dos horas. Sudados y golpeados, los rudos y los técnicos eran objeto del deseo de mucha gente para tocarlos, abrazarlos y tomarse fotos con ellos. Rayo Verde era el más solicitado por los niños, pero los celos del rey Trashman eran tantos que, cuando los padres de los pequeños estaban a punto de hacer click con sus teléfonos, llegó y empujó a Rayo Verde para colarse en la foto. Y rugió con los ojos desorbitados, mientras todos a su alrededor lo miraban con desprecio.

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