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Luces y sombras de la música disco

Este fenómeno reveló a figuras como Gloria Gaynor, Village People y Bee Gees, y alentó la glotonería por la cocaína y el sexo casual.

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Condenada en su época por sus detractores y ensalzada hasta la estratósfera por sus seguidores, la disco fue un complejo fenómeno cultural. En palabras de Peter Shapiro, “fue una música y un ambiente de prodigiosa corporalidad que abrazó un cuerpo antes prohibido y lo empujó hasta los límites más absolutos”.

En La historia secreta del disco. Sexualidad e integración racial en la pista de baile (Caja Negra Editora), Shapiro traza un amplio panorama de las luces y sombras de un movimiento que, aunque llegó al mainstream, fue transgresor: “Cualesquiera que hayan sido sus barnices de elegancia y sofisticación, nació, como un gusano, de los restos putrefactos de la gran manzana”, escribe.

El autor refiere que la escena disco, “con su consumo descontrolado de cocaína y su glotonería por el sexo casual, su devoción por una indulgencia barroca en épocas de inflación galopante, sus envejecidas celebridades del pasado tratando desesperadamente de no desvanecerse (o por lo menos de hacerlo con elegancia) y su sentido de vivir la noche a toda velocidad hoy porque nadie sabe dónde estará mañana, a menudo nos recuerda intensamente la degeneración de la Alemania de Weimar”.

Nueva York fue el escenario para el surgimiento de las discotecas más célebres y desafiantes. Ahí se dio un estilo de convivencia que el periodista explica como “resultado de la fusión de impulsos contradictorios: exclusión e inclusión, glamour y decadencia, pertenecer y marginarse, compromiso y retraimiento, entrega leal y frivolidad”.

Una de las primeras discotecas célebres fue Continental Baths, que Shapiro llama “claustro coital”, donde la gente deambulaba solo con una toalla, casi nunca alrededor de la cintura. La comunidad gay salía no solo del clóset, sino de baños sauna, salones de belleza y salas de masaje.

El movimiento tuvo su soundtrack: “Fueron las intempestivas líneas de bajo y los ritmos palpitantes de la música disco los que acabaron por llevar este dinamismo sexual de la trastienda a la pista de baile y a las calles, en donde se convirtió finalmente en estilo, acción comunal y protesta”.

El análisis de grupos y figuras como Donna Summer, Van McCoy, The Trammps, Cerrone, Chic, Village People, Bee Gees, Patti LaBelle, Salsoul Orchestra y Hues Corporation, invitan a reescuchar esta música sin prejuicios. También lleva a meditar sobre el trabajo creativo de músicos de estudio, productores, dj’s, sonidistas, arreglistas, coristas y otros héroes a veces anónimos.

¿Y Studio 54? Ahí renació “I Will Survive” en voz de Gloria Gaynor, y se convirtió en himno feminista y luego del orgullo gay. La discoteca estuvo a punto de fracasar, hasta que Bianca Jagger llegó montada en un caballo blanco guiado por un hombre cuyo atuendo era un smoking de pintura corporal. Que apareciera en los diarios fue la mejor publicidad.

La evasión fiscal acabó con la vida del lugar donde celebridades convivían con gente común. Escribe Shapiro: “Studio 54 siempre será recordado por la cocaína, el VIP y Liza (Minelli), Andy (Warhol) y Halston (Roy Halston Frowick, diseñador de modas), pero no todo era exceso y decadencia. A veces, la música sí importaba”.

La redada de Stonewall, una piedra de toque

Las redadas en las discotecas eran usuales, aunque casi siempre todo terminaba con un “arreglo” con las autoridades. Pero en junio de 1969 una acción se salió de cauce en el exterior del club Stonewall, relata Peter Shapiro. La Policía dejó sentir su autoridad con el peso de sus toletes sobre una multitud en la que abundaban gais, drag queens, transexuales y jóvenes sin techo. Los disturbios se extendieron hasta las cuatro de la mañana y el saldo fue de cuatro policías heridos y 13 detenidos.

Eso se convirtió en la mecha de un despertar político. A los pocos meses se crearon organizaciones como la Alianza de Activistas Gays, que proclamaba: “Fuera del clóset y en las calles”.

Dice Shapiro: “Como el apéndice cultural del movimiento del orgullo gay, el disco fue la encarnación del ethos ‘el-placer-es-política’ de esta nueva generación de la cultura gay que estaba harta de las redadas policiales, las leyes draconianas y la oscuridad del clóset”.

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