"Soy parte de la generación de Steven Spielberg": Irene Selser

A la escritora y editora de la sección Fronteras de MILENIO se le apareció una criatura del cretáceo, pero en una taza de café.
Irene Selser
Irene Selser (Omar Menses)

Cuando miró, el dinosaurio estaba allí. Como al personaje de Monterroso, a Irene Selser, escritora y editora de la sección Fronteras de MILENIO, se le apareció una criatura del cretáceo, pero en una taza de café. Era un hadrosaurio, formado por los restos del grano de café que —azar o imaginación de por medio— la impulsó a escribir un libro para niños.

Así nació Lucas, un hadrosaurio pico de pato, con la piel semejante a la de un león (ocre y amarilla), cuya comida favorita son las calabazas y que un buen día apareció en la cama de Tommy, un pequeño fanático de las redes sociales y, por supuesto, de los dinosaurios.

El encuentro entre Tommy y el herbívoro es parte del libro Lucas, el dinosaurio feliz publicado por Libros para Imaginar, y cuya segunda reimpresión se realizó para la colección Libros del Rincón, distribuída por la Secretaría de Educación Pública entre los alumnos de educación básica, en este caso para los de cuarto grado.

¿A qué hora del deadline que sufre a diario como editora de la sección Fronteras se le apareció un dinosaurio?

Van a cumplirse 14 años de que edito la sección internacional. Comencé solo dos meses antes del atentado a las Torres Gemelas; luego vinieron Afganistán, Iraq y ahora Siria. Latinoamérica, y claro, México, no se salvan del horror. Necesitaba hacer algo que me alejara del terror que ve a diario un editor de una sección internacional, y surgió el proyecto de hacer un libro para niños. Un día, mientras tomaba café miré al fondo de la taza y estaba ahí un hadrosaurio al que bauticé como Lucas; en ese momento supe que tenía que ser su historia la que narrara en mi primera publicación de literatura infantil.

¿Cuál fue el principal reto de dirigirse al público infantil?

Más que el lenguaje, en mi calidad de periodista y editora en un periódico, el principal reto es el tiempo —pienso que si lo tuviera podría escribir mucho más. Siendo sincera, tenía un poco de desazón al saber si el libro había gustado o no al público infantil. Como periodista, escribo para alguien, no creo en eso de la escritura como una botella arrojada al mar: hay un lector y hay que tomarlo en cuenta.

Escribe para que la lean...

Si por alguna situación cayera presa, no me pondría a escribir algo mío; estoy segura que pediría una mesita y algo con que escribir para ayudar a las presas a redactar cartas a su familia o contar la historia de su vida. Si algo me ha dado el periodismo es a entender la escritura como un ejercicio compartido. Necesito al otro del otro lado para saber si le gustó lo que escribí. Pero el que Lucas, el dinosaurio feliz haya sido adquirido por la SEP, me ofrece una pista de que el libro gustó y entonces puedo seguir con la segunda parte.

¿De qué irá este Lucas reloadead?

La primer parte trata sobre el descubrimiento de Lucas y cómo entabla una gran amistad con Tommy, quien consulta a través de Facebook con su grupo de amigos fanáticos de los dinos, cómo hacerle para que su madre acepte al dinosaurio en la casa. En la segunda parte, Lucas va a cumplir con su promesa de irse a Alaska, donde, además de buscar a su papá, que se fue de mojado a Canadá para buscar recursos para sobrevivir, va a confrontarse con la Shell porque no está de acuerdo con que Obama haya permitido a la petrolera ir a perforar esos territorios.

Los temas políticos le son inherentes, ¿cómo no perder la imaginación entre el nuevo orden mundial, las células terroristas o los desplazados de la guerra?

Porque leo desde muy pequeña. Mi padre, Gregorio Selser, un periodista e historiador exiliado en México tras la dictadura argentina, nos enseñó a mis hermanas y a mí el amor por los libros, el amor por las palabras como parte de uno mismo, como parte de lo que nos define. Y en casa, si algo estaba prohibido, eso era tener faltas de ortografía. Falta en México inculcarles a los pequeños el amor por la lectura, que no sea una obligación.

El viejo problema de la falta de una política que incentive la lectura...

Yo soy de origen argentino. Llegué por primera vez a México en 1976, porque si mi padre no salía de Argentina la dictadura lo mataba. Desde entonces la gran discusión en México es cómo hacer para que la gente se acerque a la lectura, cómo mejorar los niveles de educación y, claro, cómo hacer para que el futbol mexicano no siga defraudando a la afición. El gobierno ahora regala tabletas, ¡por Dios!, que primero les enseñen a los niños el amor por la lectura.

Entre la dictadura y el exilio su infancia no fue nada común...

No fue común porque mi padre fue muy especial: un gran periodista, un gran intelectual, al que le debo andar manoteando en una biblioteca de más de 14 mil libros. En los anaqueles de esa biblioteca descubrí Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, a Salgari, Gabriela Mistral, César Vallejo, José Martí y, por supuesto, El Principito, de Saint-Exupéry. El golpe militar y la dictadura nos partió la vida en dos definitivamente, separó a la familia, mi hermana mayor se quedó allá, pero yo no lo lamento, como decía Facundo Cabral, "no soy de aquí, ni soy de allá, soy de allá y soy de aquí".

¿En esos anaqueles encontró la fascinación por los dinosaurios?

De niños todos tenemos fascinación por los dinosaurios, pero yo la conservo. Fui la primera en ir con mis hijas a ver Jurasic World y quisiera tener un velociraptor de mascota (risas). Cuando vimos la película, hay una escena en la que mi hija mayor apostó conmigo 100 a que el velociraptor iba a traicionar a su dueño, yo le dije que no sería así. Cuando salimos del cine le pregunté por qué creía que el velociraptor no iba a defender a quien lo crió, me contestó que porque ella era de la generación de Game of Thrones en la que nadie se salva, y le dije que yo pertenezco a la generación que cree en valores, en la lealtad y la amistad; soy parte de la generación de Steven Spielberg.