La lotería del deseo

La modernidad logró conquistar precisamente el gran anhelo de emancipar al hombre de los dioses que legitimaban el ejercicio del poder.
Su papel es psicológico.
Su papel es psicológico. (Daniel Cruz)

México

En su novela El estrecho rincón, Somerset Maugham dice por boca del Dr. Saunders que los dioses se ríen de los seres humanos concediéndoles sus deseos, pues es a menudo así como ellos mismos fraguan su propia ruina. En términos sociopolíticos, la modernidad logró conquistar precisamente el gran anhelo de emancipar al hombre de los dioses que legitimaban el ejercicio del poder, para en teoría dar paso a una nueva era racional donde primarían ideales abstractos como la libertad, la igualdad y la fraternidad. Ahora que la religión ha vuelto a irrumpir de manera violenta y sanguinaria en el tablero político a escala mundial, parecería que esos dioses vengativos rieran nuevamente de la pretensión humana de relegarlos de una vez por todas al basurero de la historia.

Después de todo, como bien advirtió Jung, “la religión solo puede ser sustituida por la religión” y, extendiendo otro poco esta idea, el infierno solo puede ser sustituido por un tipo distinto de infierno. Cualquier mirada rápida a las diversas posibilidades de adentrarse en la antropología de la pobreza y la marginación muestra que no por el hecho de que los sistemas políticos se sostengan sobre categorías de legitimación seculares y racionales, los excluidos de dichos sistemas viven infiernos menos brutales que aquellos a los que los condenan los sistemas teocráticos. Sin embargo, si cada época posee sus propios y refinados mecanismos de tortura, uno de los principales de la actual es que, encima de todo, la culpa de su condición recae, a nivel ideológico y discursivo, en los propios condenados, pues son incapaces de aprovechar las bondades y oportunidades que el mercado y su generosa libertad ofrecen a todos aquellos destinados a gozarla. De ahí que en la narrativa contemporánea se coloque tanto énfasis en los casos de individuos exitosos que se sobrepusieron a las condiciones más adversas, pues con ello se produce un tramposo silogismo mediante el cual se afirma que si el resto de los marginados no lograron salir de la cloaca, en el fondo es por su culpa, pues ahí está el caso ejemplar de quien sí lo consiguió para demostrar la posibilidad de manera irrefutable. Poco importa un hecho tan evidente como el que incluso esa autoridad divina contemporánea, la estadística, muestre que ante las actuales estructuras tan solo un porcentaje ínfimo de personas consiguen escapar a la clase social en la que nacieron. Como vislumbró Orwell en 1984, el papel de la lotería es, ante todo, psicológico, pues si cada uno de nosotros se convence de que puede ganarla, el efecto acumulado del anhelo fungirá como poderoso dique contra el cuestionamiento de las estructuras reales que hacen que en primer lugar sea necesario soñar con ganarla.