"Solo los solitarios saben que lloro"

Nosotros, tus hijos, éramos fantasmas rondando la sala para espiarte sin que te dieras cuenta. Tenías un cuaderno, escribías, cuando terminabas, llevabas las hojas a las flamas de la estufa.
Hace tiempo en un autobús, dejaron olvidado el libro de: "La muerte feliz", estaba en uno de los asientos.
Hace tiempo en un autobús, dejaron olvidado el libro de: "La muerte feliz", estaba en uno de los asientos. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

Hace tiempo en un autobús, dejaron olvidado el libro de: La muerte feliz, estaba en uno de los asientos. Lo tomé, alcancé a ver la espalda de un hombre, gabardina grisácea, se levantó de aquel asiento para bajar cerca del desierto. La espalda de ese hombre decía tanto, hombros rígidos y sombríos perdiéndose en el humo; sí, la vida es una herida invisible. Camus, más argelino que francés, en ese detalle radica su misterio. La Central de Autobuses del Norte, agitado coctel de autos, maletas, personas, conversaciones. Las mesitas de metal despintadas sirven para tomar algo antes de subirse al camión. Aprendí a sentarme en las mesas sin tratar de pertenecer ni siquiera a mi familia. Salgo buscando un poco de agua, a un costado de la Central del Norte veo una tienda, el amable promotor me dice que es mejor llevar dos botellas de dos litros que dos de litro, por dos pesos te llevas más. Un viaje largo, aspirinas, cacahuates, papel, cuatro litros de agua. El viajero es un animal necio, decide estar vivo, decide mirar otro paisaje. Una cumbia estalla, la voz de alguien preguntando que si eso es el amor. Huele a podrido, agua podrida aceitosa y estancada, a eso huelen los puestos de los alrededores, adornada con jabón barato, tal vez el hombre que talla no encontró fuerza para sacar la mugre del piso después de 12 horas o más de trabajo. Por 14 pesos puedo comprar un pequeño pan hojaldrado, me servirá para el camino. Quiero ver el desierto, no sé por qué, ahí no hay nadie. Regreso a la Central, las bancas frente a las paredes de cristal en las que esperas el autobús… atmósferas imposibles de entender. Una señora habla por teléfono, esposo de aspecto manso, cuida la maleta, otra mujer grita a su padre, espéreme ahí, un anciano con surcos en el rostro, cavidades que jamás podrán ser restauradas, porque ningún tiempo regresa, ni la peor noche puede volver a nosotros, jamás. Pienso en la madre de Camus, analfabeta, sorda. Veo en el hombre que trapea incansablemente a Sísifo, una especie de héroe trapeando el piso en la Central de Autobuses, el lodo de los zapatos, el agua estancada y podrida, el polvo, la mierda, restos de comida, tal vez algunas tardes trapea también sangre, la vida es una herida que sangra, marcada en el piso, en la suela de los zapatos de todas las personas que se atrevan a vivir otro día.

El hombre trabaja sin contemplar a nadie, parece que nos desprecia a todos, como Sísifo. Un dios vulgar: un hombre de traje le pide que limpie debajo de las bancas, con indiferencia se detiene sin mirarlo, no obedece. Pausa, retorno. La espera es: retorno cuesta abajo. Retrocede un momento, después avanza, el tormento no conoce fin, un niño estúpido tira un helado cerca del hombre de traje, la madre, mira sin pedirle que lo levante, se ríe, parece tan estúpida. El niño y la madre, se alejan. Sísifo retrocede. Avanza una vez más al vacío, la cuesta, limpia la masa viscosa.

No tengo pasta dental, no voy a comprar una. Faltan varias horas ¿por qué llegué temprano?, siempre llego tarde a todo, entra dentro de mi el arpón de la angustia, ¿y si me matan en las carreteras?, ¿y si nos levantan?, ¿y si no vuelvo a ver a mi padre?, maldita sea, mi padre ha muerto, un hombre sin padre, huérfano, un pendejo sin pasta dental para un viaje largo. El dolor es absurdo porque existe. La muerte es un estado de la vida, la herida que nos desgarra. No puedo escuchar las conversaciones, todas son tristes, todas están llenas de desesperanza o alegría, todo termina igual, da lo mismo que existan días en que todo parece en calma, al final alguien vendrá a rajarte las tripas, con cuchillos disfrazados de palabras o actos.

Mi padre muerto. Lo real y la enfermedad: síntoma grave de la existencia, duele, quiero escribir cosas felices, la vida duele, es una de las tres heridas de las que mi padre hablaba. Te servías unas copas en las sala. Nadie interrumpía. No llamabas a tus amigos. Solo, inmensamente solo en la sala de la casa, con tus copas. Una y otra vez una canción cuando estabas triste o muy contento. Nosotros, tus hijos, éramos fantasmas rondando la sala para espiarte sin que te dieras cuenta cuando empezaba a sonar Roy Orbison. Tenías un cuaderno, escribías, cuando terminabas, llevabas las hojas a las flamas de la estufa. Una vez te detuve, apartaste mis manos de un golpe. Tenía ocho años, todavía duele. Hace mucho, no recuerdo el año, sí el día, era viernes, hablé con mi padre muerto, después lo metieron al fuego del que jamás regresó su cuerpo; después esperaba noticias del trío y el norteño que tocaría en el funeral, esperaba. La noche anterior me fui de parranda con personas con las que no hablaré nunca. Eso es la vida, un discurso continuo de personas extrañas o que no volverás a ver, una fiesta vacía, una celebración falsa. Arrastraré como Sísifo una maleta y mi sombra. A ciertas horas puedo descender hasta tu recuerdo.

No soporto las conversaciones ajenas. No quiero escucharlos, mi padre ha muerto, cállense. Alguien cuenta que lo acaban de asaltar, no sufras, caridad es: entregarle todo a un hombre violento que te amenaza con una pistola. Nadie ríe, perdimos hasta la risa. Todos somos extraños en nosotros mismos, idiotas. Todos somos extraños. Existen verdades, no existe la verdad. El lenguaje es lo único que nos puede unir a los otros, es lo único que nos hace creer que no somos extraños, tal vez esa es la única función del lenguaje; un discurso continuo que produce ilusión. La vida es una ola que estalla en la roca. La orgullosa y elevada ola que viajó desde lejos, unida por una fuerza natural, se rompe, estalla, no regresa a la cresta primigenia, se funde en el mar, no regresa al vértice que la produjo. No regresa al mismo sitio, algunas olas pueden romper nuestra espina dorsal, somos la roca en la que estalla furiosa. La humanidad es la roca de Sísifo. No somos como el lenguaje, un discurso continuo de palabras que tienen significado. El silencio muestra sus llagas. Si te caes de la cresta de la ola, tragarás agua salada. Oscilación, propagación, dos movimientos de la ola, en una costa, en la roca, la arena o la espina dorsal de alguien. El oleaje, no es un proceso homogéneo, no es un estado estacionario de las olas; ninguna ola tiene el mismo periodo, textura, altura, longitud de onda o dirección, en cada instante o sitio geográfico cada una es peculiar, varían en espacio y tiempo. Todos ustedes son olas, yo no soy nada, ni la roca, ni nadie, no soy nada, aspiré a ser nada hace más de 20 años, lo logré. Disfruten ser olas. Lo real es la presencia de las ausencias. Mi padre murió, es real. La ausencia es la fuga constante, no planeada, la fisura en la que nuestro ser escurre. Palabras y lenguaje: delimitan. Las palabras delimitan la existencia de cualquier persona o sentimiento, ¿no es absurdo? ¿qué harás con el absurdo?, dime. Ese es el gran sufrimiento del hombre. A veces me pregunto si alguna ola estaba destinada para mi. Soy igual a las personas que me rodean, para consolarme pienso: no soy igual, no. La vida necesita momentos lúcidos, violentos, arrebatados, dolorosos para existir, la muerte: no. La vida es un testimonio trastornado. Crees ver tu ola, te impulsas, tratas de recibirla. Tragas agua salada, escupes, los pulmones estallan, estás solo, muy solo, más que ellos, los que están sentados junto a ti esperando un autobús. Si estuviera seguro de volver a verte en mi muerte, moriría, sin pensarlo. La roca que esperaba en la playa tu ola, sigue rodando.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).