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Miércoles , 21.11.2018 / 15:00 Hoy

Los villanos inmaculados

Cada obra deberá venir acompañada de un certificado que avale la probidad de quien la creó, para que a su vez no nos sintamos partícipes de la degradación moral implicada en adentrarse en ella.

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Es indudable que estamos viviendo una nueva época de puritanismo moral, manifestado principalmente a través de las redes sociales, convertidas en una caja de resonancia para demostrar quién se indigna de manera más profunda ante la menor provocación. Y no me refiero al movimiento feminista en contra del acoso sexual y la violación, pues ello no tiene nada de puritano en tanto se inscribe en una lógica de ejercicio de violencia, comúnmente perpetrada por hombres colocados en una posición de poder relativo sobre las mujeres que la padecen. Sin embargo, contamos ya con ejemplos de libros clásicos que son prohibidos en escuelas estadunidenses, como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, o Huckleberry Finn, de Mark Twain, porque ofenden la sensibilidad de estudiantes que, literalmente, protestan por estar expuestos a ideas que contradicen sus valores. Hubo también un movimiento para prohibir que se exhibiera un cuadro de Balthus en el Museo Metropolitano de Nueva York, pues la forma sugerente en la que retrata a una chica muy joven ofendió sensibilidades. Y no solamente cada vez se relaciona más la probidad moral de los creadores con lo adecuado de contemplar o no su obra, sino que la propia crítica crecientemente busca de manera detectivesca rasgos en las obras de ficción, que en realidad serían confesiones de crímenes pasados del autor. Desde esta perspectiva de exégesis moral de los artistas o el contenido de las obras, probablemente ni uno solo de los rockeros legendarios o su música superaría la prueba que nos permitiría continuar escuchándolos, por no hablar de los amantes del hip hop, el rap o el reguetón, que merecerían cuando menos ser condenados a cadena perpetua.

Al paso que vamos, cada obra deberá venir acompañada de un certificado que avale la probidad de quien la creó, para que a su vez no nos sintamos partícipes de la degradación moral implicada en adentrarse en ella. En caso contrario, nos asemejaremos a los lectores de los libros prohibidos por la Inquisición, que se arriesgaban a arder en las llamas del fuego eterno con tal de disfrutar alguna obra que, a causa de su ambigüedad moral o de retratar los lados más oscuros de la naturaleza humana, resultaba irresistible. Pero en realidad la cosa no termina ahí, pues si parte de la razón por la que se censuran obras en la actualidad es que algunos de sus personajes expresan ideas contrarias a los valores en torno a los cuales hay cierto consenso, habrá que empezar a plantearse en escribir sobre villanos que se alimenten sanamente, y no fumen, beban o se droguen, ni mucho menos expresen ideas ofensivas en ningún sentido del término, o ya de una vez a los que tampoco se les ocurra intentar hacer el mal. Solo entonces sentiremos que, en vez de que el arte incomode y nos confronte con nuestros aspectos más contradictorios, sea de una vez por todas como el espejo de la bruja de Blancanieves, para que siempre nos devuelva esa imagen idealizada de nosotros mismos, sin la cual aparentemente ya no podemos vivir.

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