• Regístrate
Estás leyendo: Los viajes de alcoba de Raymond Roussel
Comparte esta noticia
Miércoles , 20.06.2018 / 21:27 Hoy

Los viajes de alcoba de Raymond Roussel

Este excéntrico, obsesivo y casi ignorado autor francés, fue contemporáneo y vecino de Proust, referente del surrealismo y precursor del ‘nouveau roman’

1 / 4
Publicidad
Publicidad

Jordi Soler

Puede ser que Raymond Roussel sea el escritor más influyente, menos leído, de todos los tiempos.

Cuando era niño, su madre, que lo quería con una fruición patológica, reunía a toda la servidumbre en uno de los salones de la casa para que el pequeño Raymond tuviera público cada vez que le daba por leer, en voz alta y bien templada, algún volumen de Los viajes extraordinarios, de Julio Verne. Había tardes de mucha inspiración en las que, para desesperación de la servidumbre, terminando el libro de Verne, Raymond volvía a empezar la lectura desde el principio.

Ya mayor, cuando a fuerza de lecturas compulsivas había hecho suyos a Verne y a Pierre Loti, los dos únicos autores que le interesaban, pedía a su chofer que lo paseara en el coche durante horas para que nadie lo molestara mientras leía. Probablemente ahí empezaron sus viajes sin paisaje, esos viajes sin salir de su alcoba a los que llegaremos más adelante.

Para que sus allegados no fisgonearan las páginas que escribía, se encerraba en una habitación con las ventanas cubiertas por unos gruesos cortinajes porque temía, según le confesó a su psicólogo, que si dejaba “esos papeles tirados por ahí despedirían rayos de luz hasta China y la muchedumbre desesperada se abalanzaría sobre mi casa”.

Raymond Roussel, en su tiempo un autor casi ignorado, se convirtió al final de su vida y en contra de su voluntad en uno de los grandes referentes del grupo surrealista y también, más adelante, en el precursor espiritual de ese movimiento literario llamado nouveau roman.

A pesar de su tremenda influencia y del enorme prestigio que adquirió después de muerto, su obra se lee muy poco; en español solo circulan sus tres libros principales: Impresiones de África (1910), Locus solus (1914) y su obra póstuma: Cómo escribí algunas de mis obras (1935), en donde revela su inquietante método para escribir, bautizado por él mismo como procédé.

Raymond Roussel nació en París en 1877, en una casa rica llena de lujo y servidumbre, situada en el número 25 del Boulevard Malesherbes, muy cerca de la familia Proust, que vivía en el número 9 de la misma calle. Roussel y Proust, además de vecinos, eran contemporáneos; los dos eran ricos, escritores y homosexuales. El padre de Roussel era corredor de bolsa y especulador inmobiliario; su madre, una dama de la alta sociedad parisina que vivía preocupada por su hijo; no solo le procuraba una audiencia para sus lecturas compulsivas en voz alta, también lo sometía a un examen médico diario para prevenir la enfermedad que se había llevado a su hermano en la juventud y, cuando el escritor se iba de viaje, ella lo acompañaba e incluía entre el séquito que los atendía durante sus desplazamientos al médico para que le practicara su examen rutinario.

[OBJECT]

Cuando Roussel se hizo mayor, su madre, para evitar que se especulara sobre su homosexualidad, le contrataba amantes que lo acompañaban en sus compromisos sociales y en sus viajes. Su primera amante pagada lo dejó pronto, cuando Roussel tenía 20 años y trabajaba en un espeso libro de poemas que iba recitando permanentemente. Unos meses más tarde, su amante pidió a la señora Roussel una indemnización de 100 mil francos por el daño psicológico que le habían infligido los versos en voz alta de su hijo.

Pierre Janet, el célebre psicólogo que lo atendía, habla del escritor en uno de sus libros y nos dice que Roussel sufría “una modalidad desplazada de manía religiosa”. Ilustra esta patología con las cosas que le decía el escritor: “Hay niños prodigio que se dan a conocer a los ocho años; yo lo hice a los 19. Era un igual de Dante y de Shakespeare”. O esta otra: “Esta gloria se desata de sopetón. Fluyen rayos de luz de la pluma de uno, del papel de uno, de todo el ser de uno”.

Cada vez que uno de sus libros fracasaba, es decir, cada vez que publicaba un libro, sufría una enfermedad cutánea que le llenaba todo el cuerpo de un sarpullido rojo, pero siempre volvía a intentarlo; no solo sus libros fracasaban, también sus obras de teatro eran destrozadas por la crítica y abucheadas por el público. Sin embargo, él estaba convencido de su genialidad y una vez le confió al doctor Janet: “Alcanzaré cimas inmensas y estoy destinado a la gloria cegadora. Tal vez me lleve mucho tiempo, pero gozaré de una gloria mayor que la de Victor Hugo o la de Napoleón”.

Su obra está escrita con el método procédé. Este método parecía el de un alquimista; a través de un elaborado proceso combinatorio iba contando una historia, invariablemente muy excéntrica, llena de mezclas fonéticas insólitas. “Esta experimentación es para mí una tortura”, confiesa en su libro Cómo escribí algunas de mis obras. Según Jean Cocteau, Roussel estaba, como escritor, en “el extremo más alejado de lo práctico”, sentencia que podía también aplicarse a su persona.

Para explicar el procédé no queda más remedio que poner un ejemplo, pero tomando en cuenta que sus obras están escritas en francés y que inevitablemente pierden al ser traducidas, y asumiendo que a un escritor no se le conoce más que leyendo sus libros y que tratar de explicar un estilo literario es un poco absurdo. Dicho lo anterior vamos al ejemplo: Eut reçu pour hochet la couronne de Rome (Recibió por sonaja la corona de Roma), esta frase, una vez pasada por el procédé se convierte en esta otra, que es una suerte de anagrama con un eco del mismo color: Ursule brochet lac Huronne drome. hippodrome. (Úrsula lucio lago hurona dromo. hipódromo). Y así, una combinación tras otra, digamos, hasta el infinito.

Sus primeras obras, escritas entre 1900 y 1903, fueron La Seine, una pieza teatral de siete mil versos, y Les Noces, un larguísimo poema con más de 20 mil versos; las dos escritas con su método particular.

Raymond Roussel sostenía que comer alteraba el espíritu y, para evitar ese desasosiego, ayunaba durante días enteros o, según la época, hacía una sola comida al día que incluía lo que comería una persona en el desayuno, la comida y la cena. Los túneles le causaban terror y nunca manejaba ni se dejaba llevar de noche por una carretera por miedo a meterse en uno sin darse cuenta. Era un hombre de costumbres inamovibles y una de sus divisas, que repitió varias veces a lo largo de su vida era: “Todo lo nuevo me perturba”.

En 1911, a los 37 años, Roussel fue llamado a filas y se presentó puntualmente en el cuartel con un equipaje verdaderamente excéntrico para ir a la guerra: su bastón y un par de guantes.

[OBJECT]

Uno de los capítulos más interesantes de su biografía es el de esos extraños viajes que hizo por todo el mundo, acompañado por Charlotte Dufréne, la amante pagada que más tiempo le duró, y también por su madre, que llevaba en su equipaje un ataúd por si la sorprendía la muerte, y por el médico que los monitoreaba continuamente, más dos o tres sirvientes. Roussel hizo viajes fabulosos pero en realidad conoció muy poco de los sitios que visitaba; cuando el escritor Michel Leiris, uno de sus biógrafos, le preguntó por los crepúsculos tropicales que él suponía habría visto durante alguno de sus viajes, Roussel le respondió que no había podido apreciarlos porque estaba ocupado escribiendo, encerrado en su camarote del barco. Aquellos viajes larguísimos en los que prácticamente no abandonaba su alcoba comenzaron a mermar su inmensa fortuna, y también contribuyó a su ruina la edición de sus libros (que pagaba él mismo a un editor que lo estafaba), así como la puesta en escena de sus obras que lo hacían perder cantidades inmensas de dinero. Viajó por India, Australia, Nueva Zelanda, las islas del Pacífico, China, Japón, América, África, Palestina, Líbano, Irán e Irak, pero al final de su vida desarrolló una fobia por el equipaje que lo llevó a construirse una roulotte, enorme camioneta de nueve metros de largo por dos y medio de ancho que tenía cuarto de estar, alcoba, estudio, baño y un dormitorio para tres empleados, dos choferes y un valet. También tenía calefacción, cocina, calentador de agua, caja fuerte y radio. Dentro de aquella famosa roulotte, que acudieron a conocer Mussolini y el Papa Pio XII cuando pasó por Roma, Roussel hizo sus últimos viajes, encerrado en su estudio, con las cortinas corridas para que el paisaje no lo distrajera de sus relecturas de Verne y de Loti.

En esa época comenzó a tomar barbitúricos para recuperar la euforia de la juventud y se aficionó a un tugurio en la rue Pigalle, frecuentado por drogadictos y homosexuales, mientras inventaba “la formule Raymond Roussel”, una compleja serie de movimientos en el tablero de ajedrez para hacer jaque mate con el caballo y el alfil. En el último capítulo de su vida se instaló en Palermo con su amante Dúfrene, el chofer y Orlando, su ayuda de cámara, y se dedicó al ajedrez y a consumir barbitúricos: Soneryl, Neurinase y Veriane, según puede leerse en sus apuntes que incautó la policía italiana.

Hastiado de todo ofreció dinero a Orlando y a su amante para que le cortaran las venas, y como no aceptaron, él mismo lo intentó sin éxito, pues solo consiguió dejarse unos aparatosos tajos en las muñecas y el cuello.

Días más tarde murió en su habitación de hotel de una sobredosis de barbitúricos. “Insisto con vehemencia para que se me haga una profunda incisión en la vena de mi muñeca, y no correr el riesgo de que me entierren vivo”, dejó escrito en una nota.

Raymond Roussel está enterrado en el cementerio Père Lachaise, en París, cerca de la tumba de Oscar Wilde, en una amplia catacumba con 32 nichos que compró para compartir con los restos de los miembros de su familia. No puede pasarse por alto que el número de nichos, 32, es la mitad del número de casillas que tiene el tablero de ajedrez. La familia se negó a enterrar a sus muertos en la tumba de aquel escritor que los avergonzaba, de manera que Roussel sigue, hasta hoy, solo en su catacumba.

Murió el 14 de julio de 1933, a los 56 años, y dejó, para sus admiradores del futuro, esta sentencia profética: “Me explicaré después de muerto”.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.