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Miércoles , 12.12.2018 / 11:26 Hoy

Los verdugos de Balthus

Los paisajes invisibles


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Entre otros elementos, la pintura eterniza lo humano que refulge en el instante: un gesto, una postura, esa levedad que transpira el cuerpo al sublimarse para una mirada atenta (del pintor) pero a la vez indiferente a su desdoblamiento en la tela y los pinceles, impasible a pesar de la inminencia de su inmortalidad. Entre muchos otros elementos, la pintura despoja al cuerpo de su esencia, hace a un lado la cáscara epidérmica para exhumar el alma y dejarnos ver un paisaje parecido a lo que somos, y éste puede ser poético, revulsivo, ordinario o infinito. La pintura es espejo bifronte. Lo mismo que la fotografía, el cine y la literatura porque lo humano es su material y lo intelectivo su materia y es en este punto donde el arte colisiona con la exacerbación moral, la paranoia, el prejuicio, el ciego deseo por librar batallas personales disfrazadas de cruzada por el bien común.

A dieciséis años de su muerte, Balthus ha reunido en pocos días la incómoda suma de 9 mil acusadores, verdugos, linchadores, querellantes o inquisidores, que firmaron una petición para que el Museo Metropolitano de Nueva York retire o “contextualice” (sabrá dios, y ellos, lo que plantean con ese verbo) la pintura Therese soñando, fechada en 1938, y que muestra a una joven descansando en una silla, el pie derecho en el piso, el izquierdo en el asiento. Un gato lengüetea un plato y su lomo casi roza la falda de Therese. Ella se agarra la coronilla, luce relajada con los ojos cerrados y el semblante inclinado a la derecha. Su espalda descansa en un cojín de tono verde. El resto del escenario es pared desnuda con rayas verticales, una mesa con un bote, un jarrón, un florero y un lienzo revuelto que podría ser una bata o una sábana o quizá solo un trapo viejo. Otra silla lanza su sombra en las patas de la mesa. La Therese de Balthus proyecta paz, sosiego, el placer de un descanso merecido pero no. Según Mia Merrill, la instigadora de la petición para expulsar o “contextualizar” el cuadro, hay algo “perturbador” e infame en esta obra: Therese muestra su braga blanca con desparpajo y con ello incita al voyeurismo, a la pederastia. Merrill y sus seguidores respaldan sus argumentos aludiendo a estos horrorosos tiempos de Harvey Wienstein, Kevin Spacey y la horda de monstruos acosadores de Hollywood: “Dado el reciente clima sobre el acoso sexual y las acusaciones que se hacen más públicas cada día, al exhibir este trabajo a las masas sin proveer ningún tipo de clarificación, el Met está, tal vez sin intención, respaldando el voyeurismo y la cosificación de los niños”, escribe Merrill en su carta.

Lo alarmante de ese párrafo es la línea: al exhibir este trabajo a las masas sin proveer ningún tipo de clarificación”. ¿Clariqué? El fanático de las atrocidades suele menospreciar al espectador o al lector como sujeto, como un solo individuo con cerebro propio y herramientas cognitivas, y lo echa en el feo costal de la masa informe, anónima e ignorante; el gran fabricante de víctimas escupe a la inteligencia ajena y clama por pedagogías a la medida de sus fobias y terrores y, paradójicamente, a veces también a la medida de sus propias tentaciones; el peor de los traficantes de miseria siempre exige ambulancias para la masa (o sea usted, yo y todo el mundo), pues solo somos desvalidos intelectuales y sacos de grasa saturada de impulsos instintuales.

Por fortuna, el Met se negó rotundamente a las grotescas (y groseras) pretensiones de Merrill y sus acólitos, 9 mil cancerberos de la masa que seguramente maldicen la obra de Velázquez, Rubens, Ingres o Degas, que si tuvieran ante sus ojos El origen del mundo, de Gustave Courbet, clamarían por que el museo despida al curador y contrate a un exorcista.

@IvanRiosGascon

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