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Lunes , 10.12.2018 / 15:14 Hoy

Los peligros de ser tenor ligero

Vibraciones.

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Cuidado con las acrobacias

Hace calor en una cafetería cerrada. Édgar Villalva tiene alrededor del cuello una bufanda de colores ocre. La precaución no es exagerada; su trabajo es uno de los más peligrosos del mundo: tenor ligero. Y la voz del tenor ligero es elástica, demasiado suave, perfecta para hacer acrobacias: tirarse en caída libre desde el sobreagudo, ejecutar giros por los aires, caminar sobre una cuerda floja de cara al precipicio y con un gracioso salto regresar a la base.

Inicios

Édgar Villalva estudió en el Conservatorio de las Rosas, que bajo la dirección de Miguel Bernal Jiménez (1910–1956) se convirtió, a mediados del siglo pasado, en un centro de enseñanza musical (principalmente sacra) cuyo alto nivel académico adquirió fama mundial a través de su coro infantil: los Niños Cantores de Morelia.

Así comenzó Édgar su formación musical: como niño cantor obligado a dar vida con su voz blanca a querubines y arcángeles en misas, madrigales, réquiems, oratorios, salmos, motetes, villancicos y marchas procesionales. Con la edad, conforme su voz adquirió colores, sintió un canto más íntimo, de características propias, completamente suyas. Entonces deseó abandonar las abstracciones y encarnar personajes que le implicaran expresar emociones humanas.

Su destino era llegar al rossiniano demonio erótico y libertino que es el conde Ory.

El golpe de aire

La voz del tenor ligero tiene colores chillones y aspecto de pájaro. Es, por lo tanto, ideal para el canto circense, ése que le exige al cantante estirarse hasta las últimas fronteras vocales de lo humanamente posible. Representa el exhibicionismo de lo sobrenatural pero al mismo tiempo despliega la poética de la fragilidad del hombre: durante una mala noche, basta un golpe de viento para tirar la voz del tenor ligero y desaparecerla.

Su canto existe siempre al borde del peligro.

Invitación rossiniana

Tras graduarse con honores del Conservatorio de las Rosas (2010), Édgar Villalba se especializó en canto operístico con Teresa Rodríguez, Roberto de Simone, Pedro Lavirgen y Francisco Araiza. En el Taller Lírico Pro Ópera (2011) coincidió con su amigo director de orquesta (y contratenor) Iván López Reynoso, quien se encontraba preparando El conde Ory (1828), última comedia que escribió Gioachino Rossini (1792–1868), e invitó a Édgar para interpretar el rol protagónico (que desde entonces ha cantado sin interrupción en varios estados del país)

Tan joven como el conde

—¿El conde Ory es el sueño de un tenor ligero?

—Mi sueño sí lo es.

—¿Por descarado y libertino?

—Por complejo.

—¿En su erotismo?

—Y también en sus ideas.

—¿Cuáles son sus ideas?

—La libertad y la belleza.

—¿Entendidas como secuestrar un convento para violar jovencísimas monjas?

—No, él va a ese convento porque está obsesionado con la condesa Adéle.

—¿Ory cree en el amor verdadero?

—Creo que en esa obsesión hay trazas de amor verdadero. Y con esa convicción canta.

—¿Es un canto suicida?

—Desde un punto de vista técnico, si no estás listo para los sobreagudos, puedes arruinarte las cuerdas vocales.

—¿Y desde un punto de vista emocional?

—Es llevar tu voz al extremo para cantar una declaración de amor.

—¿Qué sentido tienen las acrobacias vocales dentro de la trama?

—Enamorar, seducir, cautivar…

—¿Ser tenor ligero es una bendición o una condena?

—¡Una bendición, por supuesto!

Los críticos

El sobreagudo es el sonido más subjetivo. Resulta de una voz prodigiosa jugando en las alturas, con aros de fuego, al acróbata. Y su dificultad suicida lo convierte en un mero adorno accesorio a la música, y por lo tanto su expresión es íntima. Es un sonido sin base que flota. Criticarlo es tan absurdo como dispararle a un fantasma. Pero históricamente los críticos de ópera (hombres a los que distingue su sordera) se ensañan con el tenor ligero; lo atacan con palabras envenenadas, una tras otra, y no están conformes hasta que lo matan.

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