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Martes , 25.09.2018 / 05:21 Hoy

[Los paisajes invisibles] La rebelión del vendedor de lavadoras

Fitzgerald escribió en el New York Herald del 4 de marzo de 1923, que la novela de Anderson, Muchos Matrimonios,  no solo era premonitoria desde el título, sino que era violentamente antisocial.

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Francis Scott Fitzgerald consideraba a Muchos matrimonios como la mayor novela de Sherwood Anderson (escritor que contaba con admiradores de la talla de Dreiser, Faulkner, Edmund Wilson y Carl Sandburg y, con el tiempo, Bukowski también iba a sumarse la lista de sus lectores), porque el refinamiento, la elegancia con que trató los espinosos temas del fracaso conyugal y la libertad sexual lo eximió de las absurdas etiquetas de pervertido e inmoral que le endilgaron sus puritanos detractores de los años veinte del siglo pasado: repentinamente, John Webster razona que su vida matrimonial es un fiasco total. Al borde de cumplir 40, el tiempo se decanta entre su fábrica de lavadoras y el hogar en la campiña que comparte con su esposa e hija. Webster puede sobrevivir a las deudas bancarias, a la nómina de sus empleados, al aburrimiento cotidiano e inclusive, a la resignada introversión, pero hay algo que definitivamente podría arruinarlo: la insatisfacción de un cuerpo que se resiste a anquilosarse en los monógamos y escasos encuentros íntimos, y entabla una relación con Natalie Swartz, su secretaria, huérfana de un hombre que dedicó toda su vida a regentar un bar de mala muerte e hija de una anciana bebedora y abusiva. En suma, Natalie no es, ni de lejos, una mujer modelo pero sí un buen prospecto de manceba.

Fitzgerald escribió en el New York Herald del 4 de marzo de 1923, que la novela de Anderson no solo era premonitoria desde el título (Muchos matrimonios, aparentemente un relato simple sobre un affaire entre jefe y secretaria, se refería a las miles de historias reales que acontecían en un mundo que se negaba a reconocer el fracaso de la institución "sagrada", el pilar de una sociedad conformista, sin libertad y sin imaginación, motivo por el que fue vetado en muchas librerías de Estados Unidos e Inglaterra), sino que era violentamente antisocial: "no justifica la postura del protagonista, pero da un giro sorprendentemente curioso sobre la relación entre hombre y mujer. Es la reacción de un hombre sensible y altamente civilizado ante el fenómeno de la lujuria, aunque se diferencia de Dreiser, Joyce y Wells, por ejemplo, cuyas obras ignoran tanto el concepto de realidad como un todo como la necesidad de desafiar y renegar de tal concepto. El héroe de Muchos matrimonios, debido a su fábrica de lavadoras, se acerca más que otros personajes a la existencia de un vacío absoluto" .

¿Pero en verdad John Webster era un ser despojado de sensibilidad, de romanticismo? Para ilustrar la revuelta ética e intelectual que volcó a su héroe en la desobediencia social, Sherwood Anderson recurrió a una idea simbólica: el cuerpo como hogar de lo que hay dentro de nosotros; la genitalidad, las sensaciones transfiguradas en morada de la que debíamos abrir todas sus puertas, de lo contrario se corre el riesgo de que esa casa, nuestra casa, termine por volverse cárcel y destruya deseos y placeres, la plenitud existencial.

La residencia como espacio verdaderamente íntimo: John Webster se obsesiona con irrumpir, con penetrar la casa de Natalie para purificar su propia vivienda desastrada por el tedio y aquel empeño, pese a las múltiples tragedias que detona, termina por convertirse en una tabla de salvación para ese desahuciado que, como todos los agonizantes, lo único que quiere es vivir un poco más o vivir realmente.

Con la revuelta del vendedor de lavadoras de Muchos matrimonios, Sherwood Anderson trastornó a los lectores de su tiempo y, a su modo, fue fiel a su personaje: se casó tres veces y volvió a abordar el tema en La risa negra y otros textos pero no, jamás obtuvo un reconocimiento por esa obra que concibió, lo dijo él mismo, a partir de los contrastes entre el espíritu y la carne.

ivanriosgascon.wordpress.com

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