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Viernes , 22.06.2018 / 07:20 Hoy

Los libros de Alberto Leduc

El SANTO OFICIO

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José Luis Martínez S.

Para Patricia Leduc

En el libro Cuentos. ¡Neurosis emperadora fin de siglo!, de Alberto Leduc, con edición, prólogo y selección de Teresa Ferrer Bernat, publicado por Factoría Ediciones, el cartujo encuentra una historia triste: la del destino de la biblioteca del autor de Fragatita, quien murió el 4 de octubre de 1908.

En entrevista con Ferrer Bernat, Renato Leduc, su hijo, lo recuerda. Habla de sus amigos, de su gusto por las caminatas interminables, de su interés por el espiritismo. “Mi padre no creía en eso —afirma—, pero le gustaba porque era amateur; se metía en todas las novedades”. Habla también de su biblioteca, con numerosos títulos en francés. Cuando murió, dice Renato: “mi madre se vio obligada a venderla a los señores Porrúa, que tenían una casa de empeño y bazar de libros”. Enviaron a un valuador, quien eligió los libros más valiosos, desdeñando muchos otros.

En El Mundo Ilustrado, el escritor Carlos González Peña contó la manera como fue desperdigándose el resto de la biblioteca de su amigo.

“La semana pasada —escribió— se pusieron a la venta los libros que formaron la biblioteca de Alberto Leduc. (…) ¡Pobre Leduc! Yo he visto sus libros amontonados unos sobre otros, polvorientos, (…) ofreciéndose, humildes, al regateo del aficionado a las letras, ellos, que en otro tiempo merecieron, sin duda de su dueño, esa amorosa solicitud y ternura que nos inspiran las cosas nuestras (…) Allí estaban en confusión, bañados por la claridad de la mañana primaveral. A duras penas en el revuelto montón se leían los títulos. Los había de Balzac, de Daudet, Huysmans codeábase con el abate Prevost, (…) el viejo Hugo descansaba sobre el novísimo Mallarmé. (…) No los amparaba ciertamente el nombre de un escritor ilustre. Habían pertenecido a un literato humilde, si se quiere oscuro, porque lo desconocía la masa inmensa del público, que solo conoce a aquellos que otros le imponen. Pero eso mismo era lo que a mi contemplación los hacía más dolientes. A la memoria venía, por ellos sugerido, el recuerdo del hombre que los poseyó, un espíritu bueno, humilde, que amó y cultivó las letras en silencio y con poca fortuna, y que más que productor inagotable y perfecto fue lector a quien nunca rindió el cansancio. (…) ¡Ah!, no sabéis quizá la suma de sacrificios, de abstinencias, de renuncias al común goce que representa para un escritor pobre y ávido de cultura, el reunir una pequeña biblioteca. Para él, los libros llegan a adquirir un alma: son los maestros que enseñan, las amantes que acarician, los amigos que divierten; todo un mundo nuevo y hermoso en el que el artista se refugia, huyendo de los afanes y desazones del vivir. (…) ¿Y adónde irán a parar ahora los libros del montecillo polvoriento que al comprador anónimo se ofrecían? ¡Quién sabe!”.

El monje piensa en tantas bibliotecas perdidas, desbaratadas por la necesidad o la incuria, y se pone a llorar.

Queridos cinco lectores, dispuesto a perseguir y exorcizar a los Rolling Stones, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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