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Miércoles , 20.06.2018 / 23:11 Hoy

Los infalibles suecos

Toscanadas


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David Toscana

El tema del Premio Nobel de Literatura suele ser motivo de conversación entre la gente de letras, pues tenemos la vaga idea de que debe corresponderle a lo más elevado del mundo de las palabras. Pero la Academia Sueca suele pensar de otro modo. Verdad es que muchos de los grandes han ganado el premio de marras, pero el lote de los no premiados suele ser más interesante. Que Sully Prudhomme, Theodor Mommsen, Bjørnstjerne Bjørnson, Frédéric Mistral, José Echegaray, Henryk Sienkiewicz, Giosuè Carducci, Rudolf Christoph Eucken, Selma Lagerlöf y Paul von Heyse, recibieran el premio mientras Leon Tolstói cumplía 73, 74, 75, 76, 77, 78, 79, 80, 81 y acabara por morirse a los 82 años, habla de cierta ceguera académica. Y mejor ni menciono los veintitrés premios que se dieron en tanto James Joyce publicaba obras que revolucionaban las letras del mundo, pero bastan tres nombres de autores más que olvidados por la historia: Verner von Heidenstam, Carl Spitteler o Henrik Pontoppidan.

Si tomo en cuenta apenas los últimos diez premios, puedo suponer que dentro de cincuenta años alguien escribirá un texto parecido a éste y se preguntará qué diablos están haciendo en la lista Orhan Pamuk, Doris Lessing, Le Clézio, Herta Müller, Mo Yan, Patrick Modiano, Svetlana Aleksiévich y, por supuesto, Bob Dylan. Y entonces listarán algunos nombres que debieron estar ahí, pero no estuvieron.

Lo curioso es que la Academia Sueca tiene una autoridad impositiva sobre la crítica y en tiempo presente le terminan aplaudiendo cualquier decisión que tome. Así, por ejemplo, se celebró el premio a Pamuk pese a que se trata de un escritor con pasiones adolescentes, estética regular y que trata su propia tierra como un guía de turistas.

En las muchas conversaciones con vino y cerveza y tequila que he tenido con mis compañeros escritores, jamás ninguno me dijo que Bob Dylan fuese su gallo; y sin embargo ahora los veo aplaudir la decisión. Yo no puedo ser tan tibio: si mi poeta preferido es Adonis y mi novelista preferido es Kadaré, entonces solo puedo aplaudir la elección de uno de los dos.

Y ni se diga de los propios candidatos al premio: ellos son rehenes espirituales de los académicos suecos. Muchos de ellos tienen ganas de escupirles, de despotricar, pero en cambio alaban sus decisiones o apechugan en silencio y envejecen tres años en el paso de uno.

La gran literatura es el mundo de la belleza y las pasiones. Supongo que eso se entiende mejor en el mediterráneo que en los países nórdicos; además, ser académico no garantiza que se tenga sensibilidad. La lectura en las academias suele ser desapasionada y se le trata de mondar la subjetividad a todo texto. Conozco muchos académicos que estudian y estudian e investigan y escriben ensayos sin tener la más remota idea de por qué la gran literatura es grande o, mejor dicho, sin nunca haber sentido en el alma el peso o la caricia o la puñalada de esta literatura. Por eso hay académicos que, en vez de celebrar lo mejor de la literatura, buscaron sacarse una selfie con su héroe de la adolescencia.

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