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Lunes , 20.08.2018 / 16:42 Hoy

Los hechizos de Felipe Ehrenberg

La autora traza un perfil y narra algunas de sus experiencias al lado de quien fue su esposo desde octubre de 1987 


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Felipe nació el 23 de junio de 1943 en el barrio de Tlacopac, en San Ángel.

En 2008 inauguró Manchuria en el Museo de Arte Moderno (MAM), su primera y única retrospectiva que, como escribió en su momento Mónica Mayer, era apenas un índice de las retrospectivas de Felipe que deberían hacerse. De hecho, la muestra no fue planeada para el MAM sino que surgió del interés de la curadora Sol Henaro, directora La Celda Contemporánea del Claustro de Sor Juana, por promover a los artistas setenteros entre las nuevas generaciones, solo que poco antes le avisaron a Fernando Llanos, que de alguna manera formaba parte o agarró la batuta de la curaduría, que habría que cancelar la muestra. Un año entero de trabajo se quedó sin local de exposición, pues las autoridades del Claustro decidieron abrir una cafetería, o algo así, hasta que Fernando se cruzó con Oswaldo Sánchez, que la recuperó entusiasmado para el MAM y la dejó crecer en toda la complejidad de un artista a contracorriente.

Ya lo escribió Villoro, a propósito de Los hechizos de la liviandad: “Ehrenberg no especula ni espera que la suerte le depare una obra maestra; no busca el ars combinatoria ni la mezcla incidental. Después de engañar a las aduanas, pasa la báscula: cada elemento es rigurosamente sopesado por la imaginación pictórica. Solo eso permite que la tempera al huevo de los renacentistas se lleve bien con los chisguetes del action painting, el hiperrealismo, las tiras animadas, las ventanas ilusorias de Magritte o los esténciles de los pintores de paredes”.

En Manchuria, Felipe exhibió su talento para el dibujo, el grabado y hasta la pintura. Pero eso no es lo que sorprende. Ahí estaban objetos y documentos, grabaciones, películas y videos. Mónica Mayer me vuelve a llevar al recinto cuando dice que al ver sus dibujos de los años cincuenta, en los que el trazo escueto no niega sus raíces nacionales, entiende su inquebrantable gusto por la complicidad entre el ojo y la mano y que por eso, aunque fue pionero de las artes no–objetuales, jamás abandonó la pintura.

Felipe tenía varios proyectos en proceso. Uno de los que encontré en su libreta de trabajo me mordió, furioso, y me mató de la risa. Siempre decía que cuando se escribiera de arte como se escribe de deportes, la cultura iba a ser leída con pasión (con esa voz que tanto amé y que me impidió ver, hasta el día en que una amiga me preguntó, “¿te casas con el que tiene en la mano el tatuaje de huesitos?” Temblé, no lo había notado, y eso que mi mamá me repitió desde niña que solo los criminales y marineros se tatuaban, ay Dios. Pero su tatuaje era un homenaje a Posada y fue exhibido en horario completo en el Museo de Bellas Artes, sobre un taburete, mientras leía para pasar el tiempo con la mano libre). Pero volviendo al tema, Felipe contaba que en Tlacotalpan, para anunciar la inauguración de una exposición suya, un carrito de la alcaldía recorría el pueblo con un altavoz desde el que se escuchaba: “Hoy inaugura el artista Felipe e, el, ebengu, erubergrrr, la muestra tal…”. Y la voz aburridísima del merolico de repente se transformaba para anunciar al único, al artista universal, al genio del hipnotismo Taurus do Brasiiiiiuuuul (ni Ángel Fernández lo hubiera hecho mejor).

Por la noche, para la inauguración, ahí estaba el alcalde acompañado de su esposa, distraída y retorciéndose por las prisas, más tres funcionarios castigados. El alcalde le preguntó: “¿Inauguramos?” y Felipe le respondió que sí. Con una rapidez indigna de cualquier funcionario que sueña con cortar listones, el alcalde abrió la muestra y desapareció con su gente. Felipe, solo, decidió irse a ver a Taurus. Tlacotalpan entero rugía y Felipe vio la función de pie. Al terminar, claro, compró el disco del hipnotizador.

Tal vez por eso, Néstor García Canclini escribió aquel texto en que le preguntaba a Felipe: “¿Qué haces dentro de una galería?, debías mostrar tu trabajo en un taller mecánico o en un camión, en los supermercados o en las grandes tiendas” (recuerdo cuando hizo una de las vitrinas de El Palacio de Hierro, sin el menor pudor). Néstor se pregunta cómo fue posible disolver el sentido práctico y ceremonial de la artesanía tarasca y convertirla en objetos suntuosos, por lo que las reconstrucciones irreverentes de la identidad nacional que hizo Felipe debían mezclarse en esos templos donde nos venden distinción, compensaciones en lata y ahora hasta las raíces que deben nutrir nuestra memoria.

Pues te respondo, mi querido Néstor. Yo creo que esta iba para ti, en la parte superior de la hoja, en su libreta de urgencias:


¡Lavadoras, microondas, etc!!!

PREGÓN

¡Acuarelas, pinturas, dibujos, marcos, etc!!!


Tal vez el próximo 27 de junio, cuando cumpliría 74 años y la Cineteca Nacional exhiba sus películas y los documentales que se hicieron sobre él, monte el puesto que cargamos desde Tepito, pues nunca quiso venderlo, y solo entonces me anime a ofrecer acuarelas o pinturas.

Ana Paula Nascimento, de la Pinacoteca del Estado de Sao Paulo, que montó Manchuria en 2010, escribió que por sus prácticas de vida y de un arte vinculado al arte conceptual y al uso de técnicas artísticas alternativas, Felipe ultrapasaba las fronteras de lo tradicional y muchas veces presentaba trabajos difíciles de clasificar.

Solo hay que recordar que en su época de Fluxus inscribió en la Bienal de Viena una obra hecha con material no artístico. En la ficha anotó la técnica: neográfica. Recibió una carta de rechazo. Se preparaba para apelar cuando recibió una segunda carta donde le pedían disculpas, aceptando la pieza como la primera neográfica exhibida.

Y, bueno, debía hablar de su trabajo titánico hacia principios de 1979, cuando logró formar un colectivo de unos 26 integrantes, no todos artistas, que se llamó Talleres de Comunicación H2O. Produjeron más de mil murales en escuelas, casas de cultura, cárceles, normales rurales, como la de Ayotzinapa. Y de la aventura con su amigo y mentor Max Kerlow y el papel amate y, por supuesto, el Arte postal (por ahí anda circulando un texto de Alberto Híjar, imposible de amoroso y fuerte y categórico sobre el trabajo colectivo). Hablar también del Frente Mexicano de Trabajadores de la Cultura y del Salón I Independiente y su estudiante acribillado y de las 40 tarjetas postales que le envió al propio Alberto Híjar desde Londres para el segundo Salón, para que llegaran a tiempo como prueba de que la censura no es invencible (palabras de Alberto todas éstas) y fueron dispuestas para formar una mujer ofreciendo su pecho y un balón de futbol México 70. Por cierto, Felipe siempre creyó en compartir y nunca dejó de abrir las puertas a quien quisiera investigar en sus archivos; por eso, tal vez, antes de irnos a Brasil alguien se llevó esas postales. Hace poco supimos que estaban a la venta en Estados Unidos pero cuando intentamos rastrear a los rateros, ellos sacaron la página en que la subasta estaba caliente y el precio por la obra aumentaba. No fue lo único de lo que lo despojaron.

Felipe deja tres muestras listas, realizadas durante la enfermedad, de las que después escribiré. Por ahora quiero terminar con unas líneas, garabateadas hace milenios en una servilleta:

¿Muerte?

Qué viva eres, Muerte, que siempre te apareces

cuando más te nos mereces...

te tengo en la puntita de mis lápices

te tengo todo el tiempo.

Por eso

yo solo te repito: cuando me preguntan que cómo estoy,

que mi sombrero estará muerto

pero yo estoy vivo

¿Muerte?

F. E./ Sin fecha.

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