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Martes , 23.10.2018 / 07:35 Hoy

Los guardias de la mente

Alguna vez John Fowles declaró que en lugar de descender del mono, el hombre parecía venir de la oveja, por la tendencia a conducirse como rebaño.

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Alguna vez John Fowles declaró que en lugar de descender del mono, el hombre parecía venir de la oveja, por la tendencia a conducirse como rebaño, a comportarse de cierta manera que creeríamos lleva a ser estimados por los demás. A propósito de esto, he visto pocos ejemplos tan claros de la tendencia de meterse en un papel determinado, y llevarlo hasta sus últimas consecuencias, como el que muestra la película The Stanford Social Experiment, basada en un experimento real conducido en 1971 por el doctor Philip Zimbardo en la Universidad de Stanford. El experimento consistió en reclutar a estudiantes que por una paga aceptaban participar, dividirlos en presos y guardias, y recrear en un edificio de la universidad una prisión durante dos semanas. Lo único que tenían prohibido los guardias era golpear a los prisioneros, pero el experimento desembocó en escalofriantes prácticas de abuso de poder, sumamente sádicas (y quizá un tanto masoquistas también, por parte de los presos), hasta que Zimbardo intervino para ponerle fin, horrorizado por una escena donde los guardias obligaban a los presos a fingir que estaban copulando entre sí. Una de las conclusiones fue que el paradigma de poder relativo en el que la gente esté colocada determinará a su vez el papel que adopte y, en términos generales, el tipo de ideas en torno a las cuales estructurará su existencia.

Esto es muy claro si consideramos en la actualidad a categorías como la clase política, la empresarial, o las burocracias financieras internacionales, donde veríamos en cada caso una tendencia hacia verse, actuar y pensar de manera bastante homogénea, como si la posición implicara un rapto de la mente que impide en la enorme mayoría de los casos desviarse de la norma o de un sistema de creencias rígido, a menudo considerado como una fe revelada a la que hay que servir. Esto a su vez produce una realidad estructurada a partir de normas como la corrupción, la competencia despiadada, el egoísmo y demás, que marcan pautas de comportamiento para que las distintas categorías se nutran de nuevos cuadros que se comportarán nuevamente según el rol asignado, casi como si siguieran un guion que no hace falta leer para poder representar.

Como señaló John Berger en Modos de ver, también la envidia desempeña un papel crucial en nuestras sociedades, pues estructura el deseo y asigna a cada cual su sitio, siempre depositando en el individuo en última instancia la culpa por una insatisfacción sistémica, que termina por convertirse en uno de los grandes motores del actuar en sociedad: “El glamur no puede existir sin que la envidia social, individual, sea una emoción común y difundida. La sociedad industrial que se movió hacia la democracia y después se detuvo a la mitad del camino es la sociedad ideal para generar dicha emoción”. De este modo, a gran escala no hace falta que nos dividan entre guardias y prisioneros, pues lo que el filósofo Byung-Chul Han ha llamado la “autoexplotación”, tan propia del neoliberalismo, hace que llevemos alojado en la mente de manera casi continua al policía personal.

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