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Domingo , 22.07.2018 / 13:51 Hoy

Los grandes dones de Ignacio Padilla*

Conocí a Ignacio Padilla en Veracruz, en el año de 1992, fecha que ya se siente bastante lejana a estas alturas

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Ana García Bergua

Conocí a Ignacio Padilla en Veracruz, en el año de 1992, fecha que ya se siente bastante lejana a estas alturas. Formábamos parte de la tercera generación que recibía la beca para Jóvenes Creadores que el Fonca sigue otorgando en nuestros días, venturosamente, y representan para quienes la gozan no solo de un apoyo para dar los primeros pasos en cualquiera de las artes, sino también un espacio para conocer a sus pares, a sus hermanos de pinceles o de letras, entre otras cosas. En ese encuentro, en el que cada grupo de los que pertenecíamos a las distintas disciplinas “tallereábamos” nuestras obras con tutores exigentes —ese año nuestra guía era Silvia Molina, atenta, detallista, cuestionadora, y entre nuestros compañeros se encontraban los admirados Rosa Beltrán y Roberto Ransom—, escuché al muy joven Nacho Padilla leer el borrador de su primera novela, La catedral de los ahogados, y me maravilló la naturalidad con que su escritura asumía la tradición del relato fantástico y de aventuras —teñido, como lo estaban muchas de nuestras primeras obras, por la influencia inevitable de García Márquez y el realismo mágico— y su capacidad para llevarla adelante sin miedo ni complejos, como quien se asume continuador de una larga historia común y sabe que no le resta más que ocupar su lugar.

Ha pasado ya bastante agua bajo el puente, como dicen, y a lo largo de este tiempo el aliento y la ambición narrativa que me impresionó en aquellos años más o menos juveniles ha creado una obra sólida y original en la narrativa mexicana, sustentada en las mejores razones que desde hace siglos, desde la Iliada y el Quijote y Melville y Stevenson y Borges y García Márquez, tenemos los seres humanos para escribir y leer novelas: descubrir, aventurarnos por mundos fantásticos y ajenos, maravillarnos por las pequeñas y enormes realidades, por el mundo de lo imaginario y el prodigio de poderlo contar. Montado en esta corriente que a mi modo de ver es, de la prosa, la más pura, la más noble y la más difícil de todas, Ignacio Padilla no solo ha escrito muchos libros, entre novelas, cuentos y ensayos que indagan en la fantasía, la política, el alma humana y los objetos cotidianos —he de decir que soy admiradora de sus ensayos reunidos en La vida íntima de los encendedores. Es necesario decir, por la profusión de ellos, que ha ganado muchos premios, también ha ocupado tremendos cargos llenos de honores, y además, junto con sus amigos Volpi, Palou, Urroz, Herrasti y Chávez Castañeda, formó un grupo que en sí mismo es otra obra literaria, una serie de libros que como cajas chinas van formando un gran libro que se puede llamar el Crack. El Crack, como su nombre daría a pensar, no solo ha hecho bastante ruido en el medio literario de México, sino que todavía da pie a airadas discusiones, lo cual, independientemente de razones y sinrazones, es siempre síntoma de gran salud, una novela o una historia que, pienso yo, no se ha terminado de escribir. Y sé que, de ese grupo, Ignacio Padilla es el más querido y admirado por su afán puro e inagotable de hacer, ante todo, literatura. Su figura no es la del intelectual sumergido en las preguntas de su tiempo, sino en la de quien sabe que, a fin de cuentas, las respuestas se encuentran en el hombre mismo y su larga historia. Más un Alfonso Reyes que un Paz.

Yo, como cuando lo conocí, sigo admirada de ver a Nacho hacer tantas cosas, ese empeño caudaloso que por supuesto celebro con gran alegría junto con todos ustedes esta noche, y continúo preguntándome a estas alturas de dónde ha sacado la energía para lograrlas todas tan bien, a lo que por épocas me respondo que quizá Nacho tiene muchos dobles —aunque por supuesto que no son nazis como los personajes de su celebrada novela Amphitryon—, o bien que es sherpa o dragón, que ha logrado ingresar a la gruta del Toscano y conoce los círculos del infierno dantesco, de los que siempre regresará con noticias, o que en cualquier café en el que nos encontremos distraídos fumando un cigarro, Nacho se encontrará, fantasmal, preguntándose por los ya mencionados encendedores o por androides, gatos y quimeras. De todas sus incursiones tanto en lo enorme y lo fantástico como en lo más pequeño y cotidiano extrae una fuerza como la del Borges más ciego y fantástico, gracias a la cual nos concede el privilegio de su imaginación.

De vez en cuando, como hoy, Nacho y yo coincidimos en el tiempo y el espacio de la vida o la escritura y entonces él me obsequia con generosidad alguno de sus libros. El último, que disfruté enormemente, fue uno que desde el mismo título anuncia su filiación protofantástica y la afición del autor por las quimeras: Las fauces del abismo. Pero no trata de dragones ni de fieras, sino de animales pequeños tras cuyas fauces habita el misterio, desde las tortugas kaní cuyo caparazón marcado con una cruz se encontraría en el origen del brillo deslumbrante de los espejos venecianos, hasta los terribles lúmenes que devoran la luz, pasando por el qnvar, la araña que priva a los hombres de la memoria, o la refutación a la fealdad de los animales americanos alimentada por el filósofo Villiers. En estas narraciones, Ignacio Padilla da rienda suelta a sus grandes dotes de estilista, pues su prosa, gustosa del disfraz antiguo, cervantino, europeo, mexicano u oriental, domina una gran variedad de registros, de modo que una parte de lo que maravilla al lector son las historias fantásticas detrás de estos seres, y la otra es la riqueza con que están contadas, como ocurre, por lo demás, con sus otros libros que, ya lo dije, son múltiples e inagotables, entre narrativa y ensayo.

Creo que después de este libro de cuentos, Nacho ya publicó otro y otro, pues así es de prolífico; me pregunto de cuál caverna o mar surgirán nuevas narraciones y cuántas generaciones de lectores, niños y adultos, pues es también maestro consumado de narrativa infantil, agotarán su disfrute. Yo, por lo pronto, me congratulo de poderlo leer y acompañar como en este momento, junto con todos ustedes.

Gracias, querido Nacho, por todos tus libros.

*Texto leído en el ciclo “Protagonistas de la Literatura Mexicana” dedicado a Ignacio Padilla el 2 de agosto de 2016 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Lo publico como un homenaje al querido amigo y al gran escritor que perdió la vida de manera trágica, dejándonos tantos buenos libros y el privilegio de haber podido disfrutar su bonhomía y generosidad.

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