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Viernes , 22.06.2018 / 17:15 Hoy

Lo que queda de nosotros

El 19 de septiembre se ha impuesto de nuevo como una fecha de dolorosos recuerdos y significados. Estas crónicas registran sus emociones, su pulso y su don para la resurrección

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Milenio Digital


El terremoto que nos restregó el pasado

J. M. Servín

El martes 19 de septiembre de 2017 recordé al joven que fui la mañana de hace 32 años, en la misma fecha, que salía a la calle despavorido y desconcertado por un extraño vaivén bajo sus pies que a quienes encontraba a su paso los hacía gritar de terror. Terremoto de 8.1 de Richter oscilatorio.

A la 1:14 PM del pasado martes reaccioné de la misma manera pero esta vez jalaba de sus correas a mis dos perros para bajar cuatro largos pisos antes de alcanzar la calle. 7.1 Richter trepidatorio.

Los rechinidos de las estructuras de mi edificio parecían un regaño a quienes corrimos para salvar la vida. Algunos de mis vecinos, casi de la misma edad que el Castañón González edificado en 1940, se mantuvieron en sus domicilios. Confían a ciegas en su elegante fortaleza habitacional de cemento, granito y hierro forjado asentada en una zona de alto impacto telúrico.

La avenida Bucareli se llenó de gente sobresaltada y lívida que miraba a los postes de luz y el cableado aéreo a la espera de que dejaran de contonearse como en una danza macabra donde el Reloj Chino era el bailarín principal.

Por la mañana se había llevado a cabo una ceremonia oficial luctuosa y luego un simulacro con alarmas anti sismo para que los habitantes de esta ciudad no olvidemos nunca una de las fechas más trágicas en la historia de la capital del país. Aprendimos que el dolor de los demás solo se puede paliar con solidaridad y esfuerzo en equipo para no dejarnos vencer por la adversidad.

Otra inclemente sacudida de la tierra hizo brotar los sentimientos más nobles y solidarios de una sociedad. Es muy extraño, pero uno se siente vivo cuando enfrenta la muerte. Me conmovió profundamente ver en la calle tanta gente desconocida abrazándose y consolándose entre sí, muchas de ellas preguntándome cómo me sentía mientras acariciaban a mis perros, a niños azorados y nerviosos pero sin perder la sonrisa tomados de la mano de sus padres, al ver a un compacto grupo de teporochos dar las buenas tardes a todos mientras cruzaban la avenida rumbo a la vinatería de la esquina. De pronto me pregunté por qué nadie tenía un ataque de nervios, por qué no

había edificios colapsados frente a mis ojos. Ni siquiera fachadas cuarteadas. Circulaban en dirección a Reforma decenas de personas en fila india que parecían migrantes de un infierno a otro. Los guiaba la incertidumbre y las ganas de vivir a prueba de realidades como la mexicana. Apenas y me había dado cuenta que el sonido de las sirenas de los cuerpos de rescate y vigilancia de la ciudad se habían convertido en el fondo musical de un largometraje que superaba en producción, escenarios y emociones a Godzilla.

De regreso a mi domicilio me encontré a los vecinos más longevos, uno de ellos me dijo desde la puerta abierta de su departamento un piso abajo del mío:

—Aquí hemos pasado tres terremotos. No tiene caso salir a la calle.

Había luz, gas, agua corriente e internet. Mi celular enviaba y recibía mensajes. Nada indicaba que momentos antes el edificio se había bamboleado como si practicara el hula hula. Se habían caído un espejo, una maceta de su podio, un librerito y las puertas de una vitrina en el comedor se abrieron de par en par y dejaron salir un zumbido de la cristalería como de película de terror paranormal. Las lámparas de techo giraban sobre su eje como volantines.

Pero no hay normalidad donde se oye constantemente el aullar de las sirenas de ambulancias, patrullas y bomberos. El tráfico se congestionó en la avenida durante un par de horas. Subí a la azotea a echar un vistazo. Al suroeste se levantaban discretas columnas de humo. La ancha hilera de vehículos hacia el norte parecía un monstruo reptante que bufaba a claxonazos.

Al poco rato prendí la televisión. Los noticieros hacían de la tragedia un reality show. Los reporteros narraban torpemente, escaso vocabulario y sensacionalismo las obviedades que veíamos millones de mexicanos en pantallas de alta definición. El timbre del interfono comenzó a sonar. Llegaron familiares, amigos y conocidos a los que el terremoto había sorprendido en el Centro. Durante horas nos consolamos y brindamos por la vida y la buena suerte.

Poco antes de la media noche salí por cigarros y me topé con calles desoladas, silenciosas y con comercios cerrados, excepto por el Seven.

A la mañana siguiente recorrí la colonia Juárez y salvo por cintillos amarillos de prevención rodeando algunos edificios con fachadas en mal estado, la atmósfera era

de día festivo. Compré un par de periódicos como recuerdo del susto más grande de mi vida. Del día que lloré de miedo, tristeza y alegría, del día que me sentí insignificante y necesitado como nunca de abrazarme de un ser amado y no soltarlo jamás. Del día que me valió madre vivir siempre apretado de dinero, con más pesadillas que sueños. Estaba vivo, sano y salvo. Orgulloso de una ciudad guerrera e indomable.

Por la tarde caminé por un amplio sector de mi barrio. Ciudadela, Balderas, Arcos de Belén, Eje Central, y una franja de calles en un cuadro que comprende la zona oeste del Centro Histórico. López, Victoria, Ayuntamiento, La Alameda. La actividad era la de un día cualquiera, bulliciosa y presta a satisfacer la alta demanda alimenticia, etílica y de productos chinos del pueblo bajo. Me sorprendió que edificios vetustos y en el abandono total no estuvieran dañados.

De regreso a casa le pregunté a un grupo de teporochos acampados en las orillas de la Ciudadela si habían sentido el temblor:

—Nomás el de la cruda —respondió el más acabado, de buen humor.

La ciudad a veces nos traga, pero también nos hace suyos. Aquí no se rinde nadie.



Puño arriba

Susana Iglesias

Las piedras, bloques de concreto, pedazos de muro, pasan de mano en mano, ninguna se cae, los hombros tiemblan, los rostros cenizos y cansados no descansan. No tienen tiempo para despejar el polvo que cubre pestañas, párpados. Los civiles, igual que el 19 de septiembre de 1985, llegaron antes que las autoridades, antes que los marinos, que los militares y perros de rescate, antes que una máquina, llegaron antes que cualquiera de nosotros; ¿desde cuándo hacemos caso de los consejos? “No salgan, mejor quédense en casa, resguárdense, no estorbemos”. A 32 años no aprendemos nada, la ciudad está rota, no se rinde. Destruida, jamás derrotada. Mirar las noticias no te salvará, resguardarte tampoco, marcarte a salvo en tu red social es tan estúpido. La ciudad es una perra sarnosa, heridas que huelen mal reviven de su piel escamosa cuando se rasca. Una mañana, harta de infecciones mal cuidadas, sacude sus costras, de paso las pulgas, se rasca, sangra, está sucia y malherida, nadie quiere estar en el lomo trepidante de esa perra. Que me perdonen por la comparación, el olor a cuerpos muertos y gas no puedo sacármelo de la nariz. La destrucción: otra grieta más en el corazón de piedra de una ciudad que jamás duerme. Por la mañana tomé el metro Salto del Agua, pensé algo mientras veía a una mujer con la cara sin ningún rasgo de emoción, somos peor que las hormigas, nos desplazamos de forma autómata por los túneles, al menos ellas trabajan juntas, no esperan a fin de mes. La misma sensación de años atrás mientras cruzaba el Eje Central, los pasos a ninguna parte, a nadie le importaba, el pensamiento no desapareció en todo el recorrido. Bajé en Tacubaya. En la salida de Avenida Jalisco de la línea rosa, tomé un taxi de la muerte, sin ánimo de gastar en uno particular que me puede secuestrar, llevar a un motel, violarme, quitarme la vida; no gracias. Somos peor que hormigas, el día me provocaba alegría. “No es tan malo estar muerto”, le dije al chofer mientras se quejaba del tránsito, en realidad estaba despejado.

Nos reímos. Y ahora estoy aquí entre máquinas y el denso picante olor del diesel que es necesario quemar para echarlas a andar. Por la mañana agarré un buen sitio al lado del conductor en un taxi para dar una clase, ¿no es más peligroso estar entre extraños?, créanme, la sensación es distinta a lo que nos enseñaron en la escuela. Es de día, tan solo la ilusión de que no pasará nada. Todos tenemos cara de hastío, sueño. Me despertó un ruido a las 4:12 de la mañana. Un gato en celo de mi edificio, algún vecino malparido lo dejó vagar. Todo estaba bien antes de la 1:14 de la tarde del 19 de septiembre, en el trabajo marcamos el simulacro, me reí de la voz que sonaba por las bocinas: “puede reanudar su tlabajo”. Bromeamos del acento de la grabación. Antes de la tragedia debe existir un buen momento, esa cara de haber ganado el mundo no le gusta a nadie, salvo a la señora de limpieza que saludé en el pasillo, una persona dedicada al oficio, aprecia a los que le rodean. El regreso, infierno. Caminé desde Montes Urales hasta la colonia Centro. Miles caminando, no hay transporte, ¿metro gratis con probable réplica? Jamás. Para llegar a casa debo pasar por Bolívar, no será jamás la misma calle. Observo. Se han organizado. Manos de todo tipo, delicadas, nerviosas, otras demuestran fiereza física. Allá están las vallas humanas retando la velocidad de las fábricas, pasan los bultos de ropa, medicamentos, cobijas, víveres, agua, palas, picos, cascos, guantes, botas, toallas, botiquines, algodón. Las fuentes oficiales hablan de catorce personas atrapadas, ¿la probable realidad?, personas rescatadas hablan de más de 120 veinte personas bajo los escombros del número 168 de la calle de Bolívar. El edificio con fachada de cristales color humo se derrumbó en tres segundos o menos. Las vecinas que están en un improvisado puesto ofreciendo comida, café y agua, aseguran que ya sacaron a la esposa del dueño de una de las empresas del inmueble, José Lee, chino. Las vecinas señalan a otras de las supuestas dueñas, ¿el rostro?, sin emociones.

En el 168, operaba una empresa china, mexicana, coreana y la cuarta de un empresario de origen israelí. No detuvieron labores, no hicieron el simulacro. Mencionan que el portero es un héroe, rescató a muchas de ellas. Un puño en alto: silencio. Todos, hasta los misántropos, esperamos un milagro, una señal. Las brigadas piden respeto, “bajen las cámaras, podrían ser sus familiares, por favor no tomen fotos, bajen sus teléfonos”. No falta el que intenta capturar el paso de la camilla. Aplausos, lágrimas, un prolongado “México, México” estalla en la calle de Chimalpopoca, la ambulancia se abre paso, alguien palmea mi espalda, en una situación cotidiana me apartaría bruscamente o tiraría un golpe a la mandíbula, extiende una botella de agua, sonrío. Es 19 de septiembre de 2017, una mujer es rescatada con vida. Alguien levanta otra vez el puño, ¿vivo o muerto?, imposible saber, los rostros reflejan angustia, esperanza.



La tristeza infinita del silencio

Bibiana Camacho

Moví un poco el cuerpo peludo del minino para liberar el teclado y continuar con mi labor. Sentí el primer brinco, al mismo tiempo que alguien dijo con voz apagada, apenas audible: “Está temblando”. Tomé el teléfono celular, abracé al gato y salí a toda prisa. Mis compañeros y yo no tuvimos oportunidad de dirigirnos a la zona de seguridad, como sí lo logramos a las 11 de la mañana, durante el simulacro. La alarma empezó a sonar cuando el movimiento del piso desafiaba nuestro equilibrio. Las garras de Fachoso, así se llama el gato, se aferraron a mi pecho, un compañero me tomó del brazo; sin darme cuenta formaba parte de un improvisado grupo de gente abrazada que intentaba mantener la estabilidad, con los rostros lívidos y el terror en la mirada. No podía quitar la vista del suelo, convencida de que en cualquier momento se abriría una grieta por la que irremediablemente desapareceríamos no solo nosotros, sino la ciudad entera. Poco antes de que finalizara el temblor que parecía eterno, percibí un silencio abominable, inquietante. Fachoso se revolvió en mi pecho para luego saltar y alejarse a toda prisa.

A partir de ese momento el caos fue absoluto, las líneas de teléfono se saturaron, no había modo de saber cómo se encontraba la gente que quiero, dónde, en qué estado. Pensé que si no se oía nada, eso significaba que la situación no sería grave, pero apenas surgió esta idea en mi cabeza escuché la primera sirena de ambulancia, la primera de muchas, que por desgracia no han cesado.

En mi camino desde Izazaga en el Centro Histórico hacia la colonia Tránsito me topé con calles y avenidas llenas de gente a pie; parecía un éxodo apocalíptico. Algunos edificios, con los cristales rotos y los muros agrietados, permanecían erguidos, pero tambaleantes, en un escenario que anunciaba la fatalidad.

Por mi mente desfilaron los hogares de la gente que quiero y con la que aún no lograba comunicarme, en mis fantasías catastrofistas, exacerbadas por la intensidad del movimiento telúrico, todo lo que imaginaba estaba en ruinas, desolado, polvoso.

A simple vista, el edificio y mi departamento no presentaban desperfectos visibles. No había luz. Dejé mis cosas, me cambié de ropa y de inmediato me precipité hacia Bucareli. En el camino logré saber que mis padres y hermano estaban bien, pero por más que lo intenté no pude hablar con ellos. Poco a poco, mientras caminaba a toda velocidad, me enteré de que varios amigos estaban aterrorizados pero a salvo, también supe que mis fantasías catastrofistas eran ridículas ante la inmensidad de la destrucción.

Horas más tarde, regresé a mi casa. Anochecía y una profunda tristeza anidó en mi estómago. Recordé la devastación provocada por el terremoto de 1985, pensé que los celulares y redes sociales serían muy útiles, luego recordé que al desastre siempre lo acompaña el caos y miles de desastres personales, que en realidad lo hacen más grande. Después pensé que la gente estaría mejor organizada gracias a la experiencia de hacía 32 años; y de inmediato me sentí estúpida, ni siquiera nos tomábamos en serio los simulacros. Traté de tranquilizarme repitiendo que si el Centro no estaba devastado, como la vez anterior, entonces la cosa no era tan grave; pero de inmediato recordé las fotos y los videos que había visto y entendí que la catástrofe no se puede medir ni abarcar y por lo tanto resulta incontrolable.

Caminé por República del Salvador, donde alrededor de algunos edificios acordonados había vidrios y fragmentos de construcción regados por el piso. Oxxos, Seven, tienditas, la farmacia París, la pastelería Madrid, cantinas y algunos puestos callejeros de comida estaban abiertos y con gente. Había tan pocas personas circulando, que los vagabundos resultaban más notorios, como si fueran los amos y señores del silencio. En San Pablo, mujeres recargadas en las aceras estaban a la espera de clientes. En la calle de Xocongo, los edificios que albergan oficinas de gobierno estaban acordonados y con visibles grietas y derrumbes parciales. Al atravesar Lorenzo Boturini, me encontré con gente deambulando con niños y mascotas; algunos vecinos sacaron sillas, cobijas, comida, refrescos y hasta caguamas. La noche fue larga, procuré dormir, pero a cada rato me despertaba un sobresalto, un temblor interno incontrolable.

A la mañana siguiente me dirigí a Chimalpopoca y Simón Bolívar, llevé víveres y medicinas. Por fortuna había bastante gente ayudando, porque el estómago se me encogió. Di media vuelta y me alejé; lo más estremecedor, en ese momento, fue el silencio, que acrecentó mi tristeza y desconcierto.

Ya por la tarde, por fin pude ver a mis padres. En el barrio, la colonia Ramos Millán, al oriente de la ciudad, no ocurrió nada. Al igual que hace 32 años, las casas estaban en pie, sin daños visibles, los vecinos estaban tranquilos. Grupitos de personas, reunidos en las esquinas e impregnados de olor a mota, hablaban del temblor con la tranquilidad de quien no ha escuchado el silencio estremecedor del desastre.



El antídoto de los jóvenes contra la enfermedad de los políticos

Víctor Manuel Mendiola

Cientos, tal vez miles, de muchachas y muchachos ayudaron a rescatar a un gran número de personas atrapadas en los escombros de los edificios derruidos por el terremoto de la 1:30 de la tarde del 19 de septiembre pasado. Como una fuerza que siempre hubiese estado preparada y alerta surgieron de todas partes jóvenes de las más diversas clases sociales para ayudar en el rescate. La ayuda oficial se vio de pronto sobrepasada, enriquecida sin saber cómo, por una conciencia única e imparable. Los derrumbes de Cacahuamilpa esquina con Avenida Hipódromo y de Nuevo Laredo esquina con la misma avenida, como en otros muchos lugares más de la ciudad y por poner dos ejemplos que vi con mis propios ojos, contaron con ejércitos de hombres y mujeres de entre 15 y 30 y tantos años entregados a la remoción de cascajo en las construcciones caídas o en acopio de víveres o herramientas de trabajo. Ante lo obvio —levantar los desechos de los derrumbes para salvar a las personas atrapadas—, sobrevino lo simple pero no obvio: la improvisación de filas enormes de mozas y mozos para acarrear, de mano en mano, ladrillos, piedras, pequeños bloques de cemento y al final toneladas de residuos y liberar a los sepultados por el terremoto. ¿Cómo una sociedad tan ofendida por el abuso organizado de los políticos, por las cadenas de complicidad de los malos empresarios y por las pandillas del crimen puede erguirse tan libremente y con tanta espontaneidad? ¿De qué modo lo verdadero se sobrepone a lo falso? ¿Por qué los más novatos se vuelven los más veteranos? ¿Quién puede explicarlo? El hecho es que sucede y ha sucedido varias veces en la nueva sociedad contemporánea de México y de otros lugares del mundo. Mirar, admirar, este movimiento nos permite pensar que lo más importante no está olvidado, que no necesariamente estamos en manos de los políticos, con muchas palabras en la boca y actos escondidos, ni de los especuladores, siempre tan seguros de sus finanzas y de sus sumas redondeadas. Jóvenes de todas las clases, mujeres y hombres, empleados o jefes, trabajadores o profesionales, han salido a decirnos que lo que importa es la vida del otro, la ayuda, la solidaridad con los demás. Hoy a la 1:30 de la mañana del 21 de este septiembre cruel los escucho otra noche más con su hermoso murmullo de trabajo y me doy cuenta que las buenas intenciones y la esperanza son indestructibles.



Volví a caminar entre escombros

José Manuel Valiñas

Lo que más me impacta es el silencio. El de cientos de personas que responden ante los puños alzados. De pronto, el escándalo se reduce a nada.

Desde el primer momento en que la sociedad se organizó para ayudar a las víctimas del sismo, la gente entendió que subir la mano con el puño significa que cese el ruido, para tratar de escuchar a alguien dentro de los escombros. Y todos obedecen. Como si desde la calle también pudieran ellos escuchar algún eco, alguna voz que pide ayuda.

Ya no importa si ese silencio es porque efectivamente tratan de escuchar a sobrevivientes o porque se están comunicando los rescatistas entre sí. O si es solo para dar un aviso de los lugares en los que se necesita más ayuda. No importa ya tampoco si el arribo de cientos de personas a cada punto es un tanto caótico: la gente está ahí y trata de hacer algo. Como en aquel otro 19 de septiembre, de hace 32 años, cuando miles de jóvenes que hoy deben tener 50 se organizaron para reunir los apoyos. Hoy están aquí muchos de esos veteranos de 1985, hombro con hombro con los chicos que aún no habían nacido, los ahora miembros de la generación millennial, a quienes se ha tachado de soberbios y pusilánimes, pero que hoy han dado una lección a todos.

No puedo dejar de pensar que apenas hace cuatro días, el 19 de septiembre de 2017, amanecí leyendo la historia de aquel “niño terremoto”, Jesús Francisco Flores, quien nació tres días después de que su madre muriera, en 1985, en la Plaza de San Camilito, en Garibaldi. Volví entonces a recordar el día en que caminé entre escombros, cuando fui testigo de aquel otro horror, cuando caminé por el centro de la ciudad, desde la zona de La Lagunilla hasta José María Izazaga, donde trabajaba mi padre, para tratar de reunirme con él en medio de decenas de edificios colapsados y en una zona que parecía el escenario de una guerra cruel.

En un mundo en el que no existían los teléfonos móviles, tenía que hacer ese periplo para reunirme con mi padre. Finalmente vi el edificio en que trabajaba, cerca del barrio de La Merced, y lo vi en pie. Aunque no me pude acercar, pues ya habían acordonado la zona, con eso me bastó.

Pasé antes por Pino Suárez y San Antonio Abad, en donde apenas un par de horas antes había caído un edificio de forma horizontal, encima de los autos que se desplazaban por esa vía. Vi la angustia de la gente que lloraba ante la impotencia. De regreso, caminando toda esa zona, llegué a otro edificio emblemático: el Nuevo León, en Tlatelolco, y me ofrecí como voluntario. Me vacunaron contra el tétanos y aguardé mi llamado. Lo que tenía enfrente era una mole gigantesca, completamente desplomada.

Hoy, tres décadas más tarde, con un tino que quizá Borges describiría como una magnífica ironía de Dios, exactamente en la misma fecha la Ciudad de México fue de nuevo azotada por un movimiento telúrico. Y la muerte volvió a campear.

El silencio es lo que más me ha impactado ahora. Pero nada como el que encuentro en la calle de Medellín, esquina con San Luis Potosí. Ahí están las máquinas excavadoras y los camiones materialistas, apagados. Están los miembros de la Marina y el Ejército, expectantes. Y las decenas, si no cientos de rescatistas improvisados, miembros de la sociedad civil, todos con sus cascos, esperando. Hay incluso reporteros de medios extranjeros, con sus cámaras y equipos de iluminación. Uno es Telemundo y otro parece ser Reuters. Pero nadie hace ruido. Hay una tensa calma que hace que el nerviosismo se pueda tocar. Frente a mí veo un edificio de oficinas derrumbado. Adentro hay alguien todavía con vida… porque todo el mundo guarda, respetuosa, dolorosamente, el silencio apropiado para que los topos lo puedan escuchar.

Me pongo el casco también, listo para lo que se necesite, y me entero que quien está adentro se llama Erik Gaona Garnica. Platico con un rescatista, Alejandro Albarrán, quien me dice que después del sismo llegó de inmediato al lugar, pues su hermana trabaja en el número adjunto. Aún estaba de pie ese edificio que hoy vemos derruido, porque tardó 50 minutos más en caerse, de modo que la gente, entre ellos Erick, salió con el movimiento pero regresó después de él, confiada en que había pasado lo peor.

Veo que los topos entran y salen por una hendidura. También un perro, de un binomio canino. Me informa el coordinador de la operación, Alexandro Landín, que ya casi han agotado todas las tecnologías para saber si Erick sigue con vida. En eso, los camiones materialistas entran y las excavadoras encienden motores.

Pienso que es un signo infausto. Me invade la pesadumbre al escuchar el sonido de esas máquinas, sonido ensordecedor que rompe brutal, violentamente, aquel silencio respetuoso y esperanzador.

Deseo que una persona más se salve. Una más. Una a la vez. Y sé que ese deseo lo compartimos todos los que estamos ahí parados, expectantes, estupefactos…

Después me enteraré que Erick falleció. Me digo a mí mismo que quizá todo esto debe ser algo más que una magnífica ironía de Dios: que debe haber algo que no alcanzamos a asimilar. Recuerdo aquel proverbio judío que dice que quien salva una vida salva al mundo entero. Vuelvo la vista para ver otra vez los rostros de esos rescatistas improvisados que permanecen de pie con sus cascos y chalecos, en un silencio solemne. Algunos son tan jóvenes que no llegan a 18 años, pero están listos para darlo todo, con el afán de salvar a un desconocido. Pienso en los demás lugares en los que hay personas atrapadas, en penumbra, con toneladas de concreto encima, pero que siguen con vida. Como aquel niño de 1985 que vivió entre escombros en el vientre de su madre mientras ella moría en una habitación derrumbada. Me convenzo, y sé que ellos también están convencidos, que con una persona más que saquemos viva se salvará el mundo entero.

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