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Sábado , 20.10.2018 / 23:21 Hoy

Lo que nos queda de la visita

En su visita a México el Papa tenía su propia agenda y visión de la Iglesia, en cambio se inclinó por invitar a la conversión, con lo que quedó un sentimiento de frustración y angustia.

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La pregunta tan lógica y esperable, como constante, repetida, incesante es: ¿qué nos queda después de la visita del papa Francisco a México? Las expectativas eran en efecto variadas, desde los que querían una luz en el camino tortuoso de nuestro país, un mensaje de ánimo para nuestros corazones, hasta los que exigían que se señalara con la espada flamígera del arcángel Miguel los males del país y a sus responsables, pasando por los que esperaban una palabra de reconocimiento mediante posturas específicas de la Iglesia respecto a problemas lacerantes como los feminicidios, los 43 desaparecidos de Ayotzinapa o la pederastia clerical. Pero el papa tenía su propia agenda, su propia visión de la Iglesia y de su papel en el mundo, la cual no era de manera necesaria totalmente compatible con las anteriores. Y se inclinó por invitar a la conversión. Pero no de los victimarios, de los políticos corruptos, de los asesinos, de los criminales y de los narcotraficantes, sino de todos juntos, víctimas y victimarios, con lo que quedó un sentimiento, quizás injusto, pero explicable, de frustración y angustia.

La agenda del Papa: la conversión

Lo primero que dijo el pontífice, después de los agradecimientos de rigor, era que venía "como misionero de misericordia y paz, pero también como hijo que quiere rendir homenaje a su madre, la Virgen de Guadalupe", lo cual cumplió. En realidad, el gran planteamiento de Francisco fue el de la necesaria conversión de las personas y de la sociedad para evitar nuestra autodestrucción. Nínive es el símil de nuestra sociedad y nos advirtió que nos quedan 40 días (aunque este lenguaje bíblico no tiene que tomarse a la letra) para ser destruidos. El papa es el nuevo Jonás a quien Dios envió a estas tierras mexicanas (la nueva Nínive) para ayudarnos a comprender "que con esa manera de tratarse, regularse, organizarse, lo único que están generando es muerte y destrucción, sufrimiento y opresión." "Hazles ver —insiste el papa— que no hay vida para nadie, ni para el rey ni para el súbdito, ni para los campos ni para el ganado. Ve y anuncia que se han acostumbrado de tal manera a la degradación que han perdido la sensibilidad ante el dolor. Ve y diles que la injusticia se ha instalado en su mirada". Apocalíptico es la palabra. Dentro de esa lógica se instala el súperregaño a los obispos: les dijo que son poco transparentes, corruptos, nicodémicos, intrigantes, carrieristas, grillos, maledicentes, fariseos, soberbios, lejanos, clericalistas, fríos, indiferentes, triunfalistas y autorreferenciales. También entra en esta línea la acusación de explotadores, hambreadores (salarios insuficientes), "esclavistas", corruptos, salvajes e inequitativos a los empresarios, o por lo menos a aquellos que, al igual que los obispos, quisieran ponerse el saco. De la misma manera, aunque con más delicadeza, a sus propios sacerdotes, religiosas, religiosos, consagrados y seminaristas les pidió no caer en la tentación de la resignación paralizante y atemorizante, que les hace atrincherarse en sus sacristías y aparentes seguridades.

Me queda claro ahora que, para Francisco, lo del Diablo y la Virgen de Guadalupe no es una alegoría. México es Nínive y se encamina hacia su destrucción, a menos que se acoja a la Virgen de Guadalupe y se convierta, no al catolicismo porque según él ya somos todos guadalupanos, sino en su interior, en su corazón. México necesita, como se lo dijo a los reos en el cereso de Ciudad Juárez, "un sistema de 'salud social' que procure generar una cultura que actúe y busque prevenir aquellas situaciones, aquellos caminos que terminan lastimando y deteriorando el tejido social". Agregó, fuera de su texto preparado, que "cada uno sabe de qué pedir perdón" y que era necesario ese ejercicio "para poder perdonar a la sociedad que no supo ayudarnos". Por eso, en su última homilía binacional, el papa pidió a Dios el don de la conversión para acabar con la muerte y la explotación, y dijo que era tiempo de salvación y de misericordia. Todos los católicos estarán de acuerdo. Pocos harán algo, incluidos los obispos.

A los políticos, ni con el pétalo de una homilía

En todo esto llama la atención que nunca mencionó a los políticos. Los males están allí y todos somos culpables. Así que lo del narcotráfico, lo de la violencia, lo de las muertas de Juárez, lo de los 43, lo de los desaparecidos, según él no tienen que ver con la colusión del crimen con el poder político y los grupos fácticos. Quizás por eso prefirió no mencionarlos por su nombre. La culpa es del pueblo ciento por ciento guadalupano. Extraño razonamiento. No le faltaron oportunidades. Pudo haber dicho algo más firme que su llamado vago y cordialísimo a los dirigentes de la vida social, cultural y política en Palacio Nacional, donde les dijo que les correspondía de modo especial "trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino... ayudándoles a un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables", a partir de "una urgente formación de la responsabilidad personal de cada uno". Y claro, de paso les dijo a todos los políticos allí reunidos que "el gobierno mexicano puede contar con la colaboración de la Iglesia católica". No se le ocurrió pensar que buena parte de la clase política, incluida mucha de la que después le besó el anilló y comulgó, está en la base de la corrupción. En suma, que en México todos somos responsables de estar como Nínive, pero a los políticos no se les toca ni con el pétalo de una homilía. A la sede pontificia, atrapada en su doble juego de organización religiosa e institución política, le ganó la diplomacia.

La 'argentinización' del país

El papa Francisco también se dejó querer por esa clase política, por esos faraones, con sus carros y caballos, que luego denunciaría. Los dejó aplaudir hasta que se cansaron y empezó a ser penoso. Los dejó besarle el anillo papal, símbolo de su poder, y mezclar sus creencias personales con su función pública. Los dejó tocarlo y tomarse la foto. Los dejó gastar el dinero público. Los dejó invisibilizar a buena parte de los ciudadanos del país, es decir, hacer como si no existieran. Los dejó que le faltaran el respeto a las creencias de cada uno de ellos, asumiendo y dejando asumir que todos los mexicanos son guadalupanos. Los dejó convertirlos en ciudadanos de segunda porque no son católicos. La argentinización de México retomó su rumbo. Un país donde la Iglesia es una institución privilegiada, donde obispos, sacerdotes y seminaristas reciben dinero público, donde los cardenales tienen pasaporte diplomático, donde hay capellanes militares, por supuesto nada más católicos, donde cada vez que un gobernante toma posesión el obispo celebra un Te Deum de consagración y donde la Iglesia, a fuerza de colaborar en lo que puede, está metida en todo. Eso nos queda, después de su visita. A ver cuándo lo volvemos a invitar, para recibirlo con el entusiasmo que nos caracteriza.

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