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Lo que el viento a Juárez

Toscanadas


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Recién Vargas Llosa publicó en El País un artículo ipso facto famoso en el cual asegura que el feminismo es el más resuelto enemigo de la literatura. El texto es exagerado, pues el Nobel latinoamericano llega a decir que “al paso que van las cosas, no es imposible que la literatura, lo que mejor me ha defendido en esta vida contra el pesimismo, pudiera desaparecer”.

Lo primero que notamos es que esta vez la literatura no lo está salvando del pesimismo; lo segundo es el excesivo fatalismo de su frase.

La literatura no va a desaparecer. Ya se sobrepuso durante siglos a ataques más poderosos que el que hoy presenta una facción minoritaria, pero muy sonora, del feminismo. “¿Leoncitos a mí?”, dice la literatura cada vez que alguien quiere agredirla. Además, en un mundo libre los llamados a la censura son contraproducentes, pues crean mayor interés en las obras que se intenta sepultar.

En muchos casos el eslabón flaco está en la cobardía de algunos soldados a los que les confiamos la defensa de un baluarte: esos directores de museo que descuelgan obras, los editores que suspenden publicaciones o cambian portadas o agregan prólogos ablandadores, los jefes de cultura que cancelan conciertos, los organizadores de ferias del libro que retiran invitaciones a ciertos escritores incómodos, los jueces de concursos literarios que descartan buenas obras por considerarlas machistas.

Vulgar presentismo. Gente que prefiere navegar sin turbulencia en vez de toquetear la historia. Esa historia nos demuestra cuán bajo fue encarcelar a Oscar Wilde; pero si Oscar Wilde viviera hoy, los presentistas estarían buscando el modo de embotellarlo.

Al final, las artes y la literatura no se verán seriamente afectadas, pues si un creador responde al nuevo puritanismo, entonces no era un artista. Si un editor rechaza una obra por razones morales, el tiempo se encargará de ponerlo en el nicho de la vergüenza. Hollywood no produce arte, por eso ahí sí es aceptable borrar a los que se portan mal e incluso a los que apenas son acusados de portarse mal.

Pero en un mundo inteligente y sensible, Balthus seguirá siendo un gran pintor, las grabaciones de Enrique Bátiz sonarán tan bien como siempre y muchos lectores de Lolita seguiremos simpatizando con Humbert Humbert sin que eso nos convierta en pederastas tal como simpatizar con Raskólnikov no nos vuelve asesinos.

Ninguna corriente feminista o machista o política o religiosa o económica es enemiga mortal del arte verdadero porque éste vive de la crítica positiva y negativa y se fortalece con ambas. La prueba es que ha sido atacado durante miles de años y sigue ahí, tan campante. En el proceso se han destruido obras para siempre y muchos creadores han sido eliminados; pero se trata de bastiones y guerreros que caen en una guerra perpetua en la que siempre ha perdido el bando agresor; y acaso la derrota del bando defensor se daría si ya no lo agreden.

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