Se llama ir directo al precipicio

A pesar de lo que probablemente sea la peor crisis española en la época posdictadura, el número de multimillonarios casi se ha duplicado.
Eric Schmidt, director de Google.
Eric Schmidt, director de Google. (Shannon Stapleton/Reuters)

México

La cúpula empresarial en España anunció hace poco una propuesta para reactivar la economía y reducir el desempleo —que continúa situado en niveles por encima de 20 por ciento— a un solo dígito en menos de tres años. Si al menos en teoría los empresarios tienen en su poder la capacidad de realizar esto, en un país que lleva más de cinco años de una crisis brutal, ¿por qué esperaron hasta ahora para ofrecer este programa? La respuesta es muy simple: por miedo. ¿Miedo a qué? Al avance de un partido percibido como antisistema y radical, Podemos, que ha captado el descontento de una importante parte de la población ante el estado de cosas promovido por el establishment político-empresarial. A pesar de lo que probablemente sea la peor crisis española en la época posdictadura, el número de multimillonarios casi se ha duplicado, lo que significa que mientras la enorme mayoría de la población padece el desempleo y sus consecuencias, la élite de la cúspide continúa amasando fortunas obscenas.

Por otro lado, recibo un correo electrónico sobre un seminario de outsourcing a celebrarse en Monterrey, motivado por el hecho de que, a muchas empresas, “las modificaciones hacendarias y de seguridad social les han hecho pensar sobre la ilegalidad de mantener estos esquemas diseñados para la reducción de los costos fiscales asociados a las nóminas”. Ni hablar de la vileza ética del outsourcing, ni mencionar que es una práctica mediante la cual se les roban a los empleados derechos básicos como la seguridad social, la paga por vacaciones, el aguinaldo, etcétera. Lo que importa es que ahora las empresas están en riesgo de ser sancionadas, por lo que habrá que diseñar estrategias de “planeación de riesgos fiscales” para, otra vez, buscar cómo darle la vuelta a la ley con tal de obtener más beneficios. Y es que el cinismo corporativo de nuestra época es tal que uno de sus máximos gurús, el director de Google, Eric Schmidt, en días recientes se enorgullecía de la eficiencia con la que su compañía ha diseñado complejos esquemas de elusión fiscal que le permiten pagar menos de 3 por ciento neto de sus beneficios, defendiéndose con una frase lapidaria: “Se llama capitalismo”.

Como ya intuyeron los empresarios españoles, la liga no es irrompible, y muy probablemente los niveles de desigualdad están ya provocando una violencia sistémica de la que vemos brotes todos los días en distintas partes del mundo. Ojalá que, aunque sea por miedo, los propios barones corporativos accedieran a regular un poco la brutalidad de sus prácticas, pues de seguir por esta vía parecería ser bastante manifiesta la violencia indiferenciada que producirá el desenlace.