La crítica: Hijos

El norte mexicano continúa fértil para la concepción de nuevas obras narrativas.
Antonio Ramos Revillas, 'Los últimos hijos', Almadía, México, 2015, 259 pp.
Antonio Ramos Revillas, 'Los últimos hijos', Almadía, México, 2015, 259 pp. (Especial)

De Zacatecas para arriba, podríamos ubicar, el norte mexicano continúa fértil para la concepción de nuevas obras narrativas.

Antes fueron Rascón, Fuentes Mares, Montemayor, Gardea, Sada, Campbell, Solares; después Mendoza, Crosthwaite, Amparán, Parra, Valdés, Velázquez, Yépez, Herbert y más. Ahora los nacidos a finales de los setenta, e incluso después, como Antonio Ramos Revillas (Nuevo León, 1977), quien pone en librerías una segunda novela —los siempre presentes apuros de una nueva apuesta— donde, apoyado por la turbadora historia que nos cuenta, se ubica en el censo literario de nuestros días con sobrada originalidad, hondura y firmeza.

No es Los últimos hijos una novela de violencia criminal y narcotráfico (si bien advierta con exactitud la existencia del código reinante en los territorios cuando dice: "Lo malo es que últimamente hay dos árboles a los que hay que arrimarse para sobrevivir estos días. O están con los de la letra o con los otros"). Tampoco la evocación idílica de un tiempo y un espacio desaparecidos, lo que no la excusa de unos contenidos desgarradores y traumáticos, ahora radicados en la reacción humana a los señalamientos del destino.

Diría, apoyado en la narración que de los hechos hace Alberto, personaje central junto a su esposa Irene, que esta nueva entrega de Ramos Revillas resume lo que "nos había dicho nuestro psicólogo": la única forma de ahuyentar al demonio es nombrarlo.

Serán el demonio y el infierno que engendran y habitan Alberto e Irene los terrenos por los que avanza Los últimos hijos, "quien huye deja un rastro", hasta colocarlos en el sitio último de "la desolación perpetua". Dolor, intuirá el futuro lector, surgido por la muerte del hijo único: "Toda pérdida tiene un eco que se enraíza". Duelo que puede resumirse en la inexistencia, en todas las lenguas, de un nombre para distinguir a los padres que pierden a sus hijos.

En desesperada huida a un rincón del vasto norte, "aquí solo hay espinas", Alberto e Irene intentarán vencer sus fantasmas, vengar ofensas y mantener complicidades. Desterrar ese antiquísimo dolor humano que provoca la pérdida y la ausencia de los hijos ("que los padres entierren a sus hijos, que los sepulten para que en paz vayan, en el fuego de un globo cantonés, en la flor que cae sobre la tierra y es aplastada por las paletadas, en una oración dicha torpemente a causa de las lágrimas, con un dibujo incierto"), y que hace justo 50 años Fernando del Paso dibujó en José Trigo: "...vio con sus ojos secos los ojos húmedos de la mujer que reflejaban el cuerpo del niño, tieso, frío, muerto, lo velaron con cuatro cirios, chisporrotear, cerotear, las mujeres rezaron, las moscas revolotearon hasta que se durmieron en la pared cochinas barrigonas moscachondas...".