“La literatura nace del gran caos”: Piñón

La escritora brasileña, “preparada para la despedida”, expresa que “la vida tiene que ser un legado: uno tiene que dejar pedazos de pan como huella”.
Las letras no deben tener compromiso “ni con el bien ni con el mal”, expresa.
Las letras no deben tener compromiso “ni con el bien ni con el mal”, expresa. (Sergio Hernández Silva)

Querétaro

La escritora brasileña Nélida Piñón cumplió 80 años de edad hace unos meses, lo que la ha llevado a pensar en temas que, en el pasado, no tenía tan presentes, como la muerte. Sin embargo, es una mujer agradecida por haber tenido “una vida fecunda, fascinante y muy rara para una mujer y para una brasileña”, cuenta en entrevista con MILENIO.

“He sido siempre una mujer que no ha perdido de vista la realidad cruel, la historia humana, pero quiero colaborar con la vida. En todos estos años he servido a la literatura, al amor, a la amistad, y me preparo para la despedida. No quiero, pero hay que hacerlo. La vida tiene que ser un legado: uno tiene que dejar pedazos de pan como huella. Yo estoy dejando huellas.

“Pienso en la muerte, mucho; no me gusta la idea, pero lo hago, al punto de pensar quién quiero que esté a mi lado. Como soy muy práctica, ya tengo todo organizado, hasta la protección de mis perritos. Ellos tienen la vida resuelta, más que yo”.

Ganadora del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2005, autora de títulos como Libro de horas, La república de los sueños y Aprendiz de Homero, Piñón asegura que durante su vida todo se puso de acuerdo para que pudiera servir a la literatura y, en especial, para no desistir: “Solo eso ya es un milagro”.

“La vida puso a mi alcance a una familia generosa, que me ofreció condiciones para estudiar, para convertirme en una mujer para quien la cultura es una manera de respirar y que se ha dado cuenta muy temprano de que la cultura, cuanto más uno sabe, más nos sirve para erotizar el mundo, de alguna manera.

“Y también he sido capaz de amar a la gente. Me encanta, pero siempre pensé que quería conocerla pero con mi dignidad: no soy sierva de nada. Las personas famosas se dieron cuenta de que aquella brasileña tenía mucha dignidad, tenía en cuenta el honor. Siempre pienso que sin honor no soy nadie”, dice la escritora brasileña, protagonista de varias conversaciones del Hay Festival Querétaro.

Estar en el mundo

Presidenta de la Academia Brasileña de las Letras, Nélida Piñón reconoce que le debe todo a la literatura. Aun cuando sabe que los autores suelen ser muy solitarios, la escritura le permitió construir su lugar en el mundo, con el objetivo muy claro de que lo más importante es dejar huella.

La autora brasileña está convencida de la necesidad de que los escritores ofrezcan una mirada sobre el mundo, sobre todo de las injusticias que se pueden encontrar en el camino. “En todos estos años he servido a la literatura, al amor, a la amistad. Hoy no se habla más de ésta y se ha convertido en una palabra menor: algo que te ubica en el mundo, la defensa de valores. Pero también es fortalecer los derechos humanos”.

Sobre el papel de la escritura, Piñón expresa: “La literatura no tiene compromiso ni con el bien ni con el mal, no puede tomar partido ni puede ser politizada; es un milagro que persigue, para poner dentro de la historia, la parte más profunda del ser humano, lo que éste nos revela y nos deja ver”.

Desde su perspectiva, en la literatura está la historia de las sociedades, la visible y la invisible, por ello es que no debe tomar partido; solo la mala literatura elige estar de un lado o de otro. Lo que le corresponde al escritor, un individuo que casi no sabe quién es, es dar espacio a los personajes para que ellos digan a qué vinieron.

“El lector sí que toma partido dentro de la novela; pero él debe tener la libertad de decidir, y el escritor le ofrece todo el caos humano para que él escoja. La literatura nace del gran caos, que el autor organiza estéticamente, pero viene de todo: no se puede expurgar en la literatura, y quien lo hace se empobrece como creador”.

Piñón recuerda que desde su infancia se planteó la necesidad de conocer el mundo, que debía vivir fuera de la casa: “Había una vida extraordinaria fuera, lo que me vino como una percepción y, en particular, por la lectura, que le dio rumbo a mi vida no solo para ampliarla, sino para enriquecerla, para fomentar mis actos humanos”.

Con 80 años de vida y diversos problemas visuales y auditivos, la escritora no deja de sonreír ni cuando habla de la muerte. Dice disfrutar cada minuto, al fin para lo que venga ya tiene todo preparado.