La literatura, su gran pasión

Prácticamente recibió todos los galardones en lengua castellana.
Mantuvo una gran amistad con Carlos Monsiváis y  Sergio Pitol.
Mantuvo una gran amistad con Carlos Monsiváis y  Sergio Pitol. (Omar Meneses )

México

Poeta, narrador, ensayista y traductor, José Emilio cultivó a lo largo de los años una personalidad que siempre lo mantuvo cerca de los lectores, sin importar su edad: podía ser un adolescente que llevaba entre sus manos Las batallas en el desierto, que a contemporáneos suyos con el poemario Los elementos de la noche.

Durante sus años de estudio en la Universidad Nacional Autónoma de México, José Emilio comenzó sus actividades literarias en revistas estudiantiles; hacia 1957 dirigió el suplemento de la revista Estaciones, junto con Carlos Monsiváis, para después asumir diferentes responsabilidades en la Revista de la Universidad de México y en México en la Cultura, suplemento de Novedades, y fue jefe de redacción de La Cultura en México, suplemento de Siempre!.

Hombre de múltiples intereses y apasionado como pocos, durante aquellos años también hizo en Radio Universidad el programa Entre libros, al lado de Rosario Castellanos y Juan Vicente Melo; fue redactor del noticiero cultural cinematográfico Cine Verdad, además de profesor en la Casa del Lago e investigador en el Centro de Estudios Históricos del INAH y colaborar en los guiones de El castillo de la pureza y El Santo Oficio, de Arturo Ripstein.

En la década de los 60 del siglo pasado aparecieron sus primeros libros: Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, El viento distante o Morirás lejos, pero asimismo fue una época de colaboración en antologías, como La poesía mexicana del siglo XIX o Poesía en movimiento, que desarrolló junto con Octavio Paz, Alí Chumacero y Homero Aridjis.

Catedrático en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la Universidad de Maryland, en la Universidad de Essex y en algunas otras de EU, Canadá, y Reino Unido; miembro de El Colegio Nacional y honorario de la Academia Mexicana de la Lengua, Pacheco tuvo en la traducción uno de sus intereses y pasiones fundamentales a escala personal, en especial versiones de Cómo es, de Samuel Beckett; Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams; Vidas imaginarias, de Marcel Schwob; De profundis, de Oscar Wilde, pero sobre todo Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot, que no dejó de revisar a lo largo de los años, al grado que la consideraba una traducción inacabada.

La mayoría de sus títulos poéticos están recogidos en el libro Tarde o temprano (Poemas 1958-2000), donde se reúnen sus primeros seis libros de poemas: Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces, a los que han seguido Los trabajos del mar, Miro la tierra, Ciudad de la memoria y un volumen de versiones poéticas, Aproximaciones. Es autor de dos novelas, Morirás lejos y Las batallas en el desierto, y de tres libros de cuentos: La sangre de Medusa, El viento distante y El principio del placer.

José Emilio Pacheco mantuvo una amistad desde sus primeros años con Carlos Monsiváis y  Sergio Pitol, por lo que solía recordar sus caminatas por una Ciudad de México alejada en el tiempo, no tanto en la memoria.

“Estamos ante una sociedad totalmente distinta, pero tampoco hay que hacer un mito de una ciudad maravillosa y tranquila, siempre era difícil. Me acuerdo que en ese momento era absolutamente imposible encontrar taxis.

“Trabajaba en el suplemento de Siempre!, salía a las 11 o 12 de la noche —el taxi solo lo tomabas de noche, nosotros somos de transporte público— y no había, me iba a pie a ver si lo encontraba en el camino y llegaba a la casa. Cruzaba el Parque España y no me pasaba nada, ahora no me atrevo a internarme por ahí ni a las seis de la tarde”.

A lo largo de su vida prácticamente recibió todos los galardones en lengua castellana, sobre todo en poesía: los premios Cervantes, Reina Sofía, José Donoso, Octavio Paz, Pablo Neruda, Ramón López Velarde, el Internacional Alfonso Reyes, el José Asunción Silva, el Xavier Villaurrutia, el García Lorca y el Premio Alfonso Reyes del Colegio de México.

Pese a todo ello, un hombre que nunca estuvo satisfecho: lo que no era falsa modestia, “no es falsa modestia, es que corrijo los libros una vez publicados. Lo que me atormenta en este momento —en el que al tiempo de sentirme agobiado, me siento agradecido— es la idea de que nunca volveré a tener nada igual, que aquí terminan muchas cosas para mí. ¿Y qué me pasará? ¿Tendré fuerza para una última etapa y escribir algo de lo que he querido escribir o ya no, y aquí se acabó todo?”
 Luego de recibir, en 2010, el Premio Cervantes, el escritor dejó una serie de objetos en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, con la idea de que se abran 100 años después, donde pronunció palabras que reflejan su modestia, aunque no una verdad: “Los dejo para que quien abra esto en cien años sepa quién fui, porque no creo que nadie recuerde mi obra”.