ENTREVISTA | POR HÉCTOR GONZÁLEZ/GONZALEZJORDAN@GMAIL.COM

Ana Clavel Escritora

“La literatura es un espacio privilegiado para ritualizar el deseo”

Ana Clavel
Ana Clavel (Laberinto )

México

¿En qué momento descubrió que el deseo era uno de sus temas centrales?

Con Las Violetas son flores del deseo me quedó claro que estaba formulando una poética del deseo. La gente me advertía de una cuestión erótica en mi literatura, pero yo no sentía que fuera por ahí. Pensemos en Aura, no es una novela erótica, aunque tiene escenas candentes y sacrílegas. Incluso, sobre mi trabajo se empezaron a manejar ideas relacionadas con cuestiones de género, debido a que mi novela Un cuerpo náufrago habla sobre una mujer que se pierde en un cuerpo de hombre. Tampoco iba por ahí. Si eres mujer y escribes de pronto te ponen la etiqueta de feminista y autora de novela erótica. Pero son categorías faciloides, entre Ana García Bergua, Rosa Beltrán, Cristina Rivera Garza y yo, hay universos totalmente diferentes.

Sin duda, su terreno es más sensorial, al menos en términos de narrativa...

Para mí es muy importante, quizá como una impronta surrealista, que las formulaciones provengan de un terreno más inconsciente u onírico, sobre todo en el tema de los deseos. De lo contrario trabajas en novelas de tesis y es ahí donde se les caen a los autores porque el texto no respira ni fluye. Si quieres argumentar un conjunto de ideas mejor haz una tesis, eso no es literatura.

¿Trabajar el deseo implica trascender el erotismo?

Claro, lo que nos convierte en seres humanos perfectibles es el deseo. En una de mis clases de la carrera de Letras Hispánicas, revisamos La tarea del héroe de Fernando Savater, ahí se hablaba de que el hombre es lo que no es porque está en movimiento continuo. Nuestra capacidad para desear nos impele a salir de nosotros, a cometer los máximos crímenes o alcanzar las mayores glorias. Y eso se traslada a la literatura. Cuando escribes tienes la capacidad de suponerte en las vísceras o género de otro personaje. En mi caso lo entiendo como una búsqueda por hurgar en los intersticios o espacios no explorados, que de pronto pueden ser los deseos desconocidos por nosotros mismos. La literatura es uno de los espacios privilegiados para ritualizar el deseo; para explorarlo a gusto porque hay algunos deseos que más vale no materializarlos. Como sociedad, necesitamos recuperar la capacidad de fantasear y ritualizar el deseo, así como discernir y buscar la concreción de los que sí son posibles.

En su novela más reciente, Las ninfas a veces sonríen, traslada esta ritualización al personaje de Ada y lo traduce en experiencias corporales.

La propuesta del libro tiene que ver con la idea de expropiar el territorio del cuerpo como un paraíso propio y cercano, el más auténtico. Es una idea que viene desde Nietzsche. Lo expreso de una manera metafórica porque es una forma de pensar con los sentidos. Hoy en día vemos cómo se nos endilgan deseos relacionados a cuestiones económicas o mercantiles, y no privilegiamos los propios.

Habla de una necesidad por volver a sacralizar los deseos. ¿Cómo recuperar esta capacidad?

El desarrollo de las sociedades mercantilistas se apropió de nuestro potencial explotable. Dios perdió importancia en nuestro sistema de ideas, por eso la capacidad humana de venerar se trasladó a un ídolo de futbol o una estrella porno. El cambio de signos tiene que ver justamente con el signo de pesos. El arte y la literatura nos permiten encontrarnos con la voz interior, pero es tanto el ruido que de pronto perdemos el contacto con la parte que nos llena, a pesar de que al menos la tercera parte de nuestra vida la pasamos en el mundo de los sueños. En lo personal, me alimento mucho de mi actividad onírica, he llegado a resolver conflictos de la escritura en la cama.

Las Violetas son flores del deseo y Las ninfas a veces sonríen son novelas contrastantes pero a la vez complementarias. La primera es más perversa y se sostiene sobre la voz de hombre; la segunda es más ingenua y se apoya en una protagonista joven.

Habría sido muy fácil escribir una historia en respuesta a Las Violetas, desde el registro de una voz oscura, terrible, desde la parte del deseo como condena. Pero para mí como escritora me resulta importante probarme en otros terrenos. La única impronta que une a mis novelas, es trabajar la poética del deseo. Es muy importante sentir la libertad creadora y que no se anquilose mi herramienta discursiva ni de imaginación. Es decir, no me planteé hacer lo opuesto pero sí evité caer en las mismas fórmulas.

Ha trabajado el tema del deseo tanto en narrativa como en ensayo. ¿Sus historias abrevan de algún marco teórico particular?

Son actividades paralelas. Al meterme en el mundo contextual de mis libros investigo tanto que termino con mucha información, lo cual da pie a entretejer posibilidades para trabajarlo a nivel de un enramaje intelectual que se toca en el interés por seducir a través del pensamiento. Cuando hice la maestría, desarrollé un ensayo sobre la erótica del pensar, en ese momento comprendí que toda mi escritura busca la seducción como objetivo primordial. En El placer del texto, Roland Barthes plantea la siguiente frase: "el texto que usted escribe debe probarme que me desea". En esa frase está cifrada buena parte de la poética del deseo de mi escritura.

Pero en nombre de esa poética del deseo se han escrito bastantes cosas inocuas.

"Las ninfas a veces sonríen" se presentará el sábado 7 de diciembre, a las 12 horas, en la FIL de Guadalajara.

De acuerdo, pero eso tiene que ver con la exigencia del escritor. En mi caso, nunca lo he trabajado de una manera deliberada. No sabría explicarlo, pero el trabajo se arma desde un nudo profundo y auténtico. Hay quien tiene la idea de que ser escritor es algo muy prestigioso, y van por delante con un ego exacerbado. A mí la escritura se me dio como una gracia, tenía catorce años y estaba acostada en mi cama cuando me empezó a susurrar una voz y me vi obligada a levantarme para escribir. Le nombro el llamado de las sombras, es decir, se trata de dejar que los deseos fluyan.

Durante su discurso de aceptación del Premio Elena Poniatowska, se refirió a México como un país donde cada vez cabe menos la metáfora y reivindicó el poder de la cultura.

Sí, el texto obedecía a una idea de cómo ser mujer en México sin morir en el intento. La situación de violencia nos ha llevado a hombres y mujeres a unos niveles de sobrevivencia física y emocional. La realidad se ha vuelto tan acechante y avasalladora que hemos perdido espacios para el desarrollo de la imaginación y libertad creativa. Estamos inmersos en unos discursos tan terribles que perdimos la capacidad de nombrar a través de la metáfora. Vivimos una realidad desarticulada y desmembrada, que nos tiene en un sentido de supervivencia primitivo. Y en este sentido, la cultura y los libros son vehículos que alimentan nuestro espíritu... Es lo que nos está faltando.