Póquer de escritores que sí saben de boxeo

Desde hace dos años, este periódico mensual dedicado al pugilato ha dado un giro a la prensa de la especialidad al ofrecer textos y análisis con una novedosa perspectiva multidisciplinaria, labor ...

Ciudad de México

Para pegar fuerte, hay que mandar el corazón antes que la mano.

Eso y no otra cosa es lo que ha hecho la gente de La Dulce Ciencia Ediciones antes de poner a circular, mediante poderosa combinación de cuatro golpes, su primera tanda de títulos acerca de la historia, el arte y las figuras del más cruel de los deportes: el boxeo.

Con el apoyo del Conaculta y del INBA, este esfuerzo recupera sendas biografías de Bert Colima y Rodolfo Chango Casanova, al tiempo que rescata del olvido el primer manual científico del boxeo mexicano y recopila las crónicas de algunos de los combates más emotivos de los últimos años —tetralogía Márquez-Pacquiao incluida—, desde el regreso de las funciones a la televisión abierta en 2007.

Queda así cumplida la promesa que en octubre de 2013 hiciera la contraportada de la revista Esquina Boxeo (también producto de esta editorial), donde de dos años a la fecha Rodrigo Castillo y compañía publican mes a mes entrevistas, crónicas, artículos, columnas, ensayos y fragmentos de libros a propósito del pugilato y quienes lo viven —y le dan vida—, tirando y recibiendo puñetazos.


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Cuando se anuncia su pelea contra Young George, a la taquilla las reservaciones llegan en tal número que los organizadores deciden que la función sea al aire libre, a fin de dar cabida a los casi 10 mil interesados en asistir.

Es el 11 de octubre de 1920. Y de ese tamaño es ya la fama de Epifanio Romero, el joven mexicano-estadunidense que cambiara su nombre por el de “Bert Colima”: Bert, porque solía andar por la calle silbando como pajarito —y la gente comenzó a llamarlo “bird” (pájaro), que en inglés se pronuncia casi como Bert— y Colima, porque de ahí era su abuela.

Mediante consulta a álbumes de recortes de la familia y ejemplares de la época de los diarios La Opinión y Los Angeles Times, así como de Excélsior y El Universal, Servando Ortoll reconstruye en Bert Colima: Relámpago de Whittier, la leyenda de uno de los primeros favoritos del ring entre los mexicanos radicados en California.

Y también entre los mexicanos de este lado de la frontera, quienes luego de seguir por años su carrera a través de las crónicas de los periódicos, abarrotan el Toreo de la Condesa el 11 de agosto de 1929 —el cálculo rebasa los 20 mil aficionados—, para verlo vencer al español Hilario Martínez.

No por nada Colima era considerado —en palabras de Rodolfo B. García, de La Opinión— “el rey de la taquilla y el campeón de la popularidad”: su arrastre contribuyó notablemente a que el boxeo saliera de las arenas a los parques de béisbol, allá, y a las plazas de toros, acá.


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En 1932, Bert Colima vuelve a México para enfrentar a Francisco Firpo Segura, como parte del cartel inaugural de la Temporada de Oro, en la Arena Nacional. Es evidente que se trata solo de un remedo del boxeador que incluso Jack Dempsey —“Voy a ver a Colima, porque cada que lo veo pelear aprendo algo nuevo”— llegó a admirar.

Pero eso no parece importar a Alejandro Aguilar Reyes —Fray Nano— ni a Jimmy Fitten, organizadores de la función, quienes buscan aprovechar al siempre taquillero Colima la noche de ese 9 de abril, que marcaría el punto de no retorno en el relevo generacional de ídolos del boxeo mexicano.

En pelea preliminar, el debutante Rodolfo Casanova noquea a Paco Villa. Y de ahí pal real: en los siguientes seis meses, despacha a Julián Villegas, Pelón Guerra, Carlos Ibarra, Gato Pérez, Eduardo Avilés, Chato Laredo, Jackie Killeen, Guillermo Saucedo, Manuel Villa, Gonzalo Rubio y Sally Luévano.

Con apenas 18 años y 12 pleitos como profesional, Casanovita se gana el derecho de enfrentar a Diosdado Posadas, alias Speedy Dado, primer rankeado en la división de los gallo, solo por debajo del campeón Al Panamá Brown.

La noche del 23 de octubre, en el Toreo de la Condesa, 25 mil almas en estado de frenesí dan cuenta de la hazaña: el muchachito de la calle Libertad manda a dormir a Dado en el cuarto, no sin antes hacerlo pedazos.

En el retrato que de Casanova hace Héctor de Mauleón en El tiempo repentino, Carlos Montes, testigo presencial de la vida boxística de México en los años treinta, se lamenta: “no hay libros sobre su vida y las crónicas de sus peleas andan perdidas en los periódicos”.

Rodolfo Casanova y la temporada de oro del boxeo mexicano, el libro de Mauricio Salvador, palia esa laguna editorial con una estampa que, más allá del lugar común que lo tilda por siempre de “campeón sin corona”, reivindica al Neverito de la Lagunilla.


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Atrás quedan siete asaltos en los que parecía llevar ventaja sobre su contrincante. Con la quijada fuera de lugar y la boca llena de sangre, Salvador Esperón de la Flor ya no sale para el octavo. Es el 17 de octubre de 1905 y el triunfo de Fernando Colín representa la imposición del fajador sobre el esteta, de la voluntad sobre la técnica.

A partir de entonces —señala también Mauricio Salvador en “El boxeo científico: Salvador Esperón, Fernando Colín y los inicios del boxeo mexicano” (Esquina Boxeo 9, julio de 2013), “la fiereza mexicana se convertiría en método de sobrevivencia, luego en estilo y, finalmente, en tradición”.

Dos años después —y sin haber concedido revancha—, Colín se retira como campeón. Esperón de la Flor, por el contrario, continúa en el mundo del boxeo en exhibiciones, como entrenador y como réferi.

No será sino hasta 1945, a los 66 años, cuando se decida a publicar El boxeo científico, un método donde, además de concentrar toda su experiencia, establece su propia declaración de principios en torno al pugilato. En buena medida, movido por la soberbia con que aseguraba que “por lo común, los boxeadores son incapaces de escribir y los escritores no saben de boxeo”.

Cerebral, disciplinado, elegante, Salvador Esperón de la Flor era un absoluto convencido de que el boxeo es, por sentido moral y por conveniencia, eminentemente defensivo. De que para ser boxeador no es preciso ser fuerte ni se requiere un valor homérico; basta con poseer habilidad y conocimiento. Y de que con destreza e inteligencia, todo peligro está descontado de antemano y la defensa se transforma en juego.

Quizá por todo esto, El boxeo científico —concluye Mauricio Salvador— “queda como una de esas piezas singulares que nunca lograron encajar en la historia del boxeo mexicano, ni como influencia en su momento ni como literatura del deporte”.

Como en su momento, el mismísimo Dinamita Márquez —cerebral, disciplinado, elegante— tampoco terminara de encajar en la tradición de la fiereza mexicana arriba del cuadrilátero.


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Antes de hacer explotar el puño de toda una nación contra el rostro de Manny Pacquiao, Juan Manuel Márquez ha perfilado ya su entrada a la historia del boxeo como un grande de todos los tiempos. Y lo ha hecho —según Luis Miguel Estrada— nadando a contracorriente por partida doble: con un estilo de pelea menos “mexicano” que el de cualquier otro mexicano, y embolsándose seguidores a manos llenas… por sus derrotas más que por sus victorias.

Drama de antología en cuatro actos, la reconstrucción de la epopeya protagonizada por Márquez y Pacquiao que Estrada ofrece en Crónicas a contragolpe, es un honesto homenaje a los hombres que le orillaron a escribir el libro. Porque como en toda buena historia, el Dinamita necesitó de un peleador que se volviera su némesis, su contraparte necesaria, ese rival perdurable en el que se convertiría el Pac-Man y sin el que, luego de 42 rounds, jamás habría podido terminar de consagrarse como héroe trágico.

Pero es también el ejemplo de por qué el autor, cuya principal preocupación es la literatura, se asoma —a partir de peleas que vio por televisión; peleadores que solo conoció en pantalla y cuyas vidas desmenuzó en internet, y la voz de aquellos con quienes comparte su afición— a todo aquello que la dulce ciencia del aporreo evoca: “Si vemos en el boxeo la calidad de una batalla épica, es porque entendemos algo del valor de las batallas diarias en esta sublimación pública y recurrente de la lucha”.


TÍTULOS PUBLICADOS

La Dulce Ciencia Ediciones, en coedición con el Conaculta y el INBA ha publicado ya cuatro títulos:

—Servando Ortoll. Bert Colima: Relámpago de Whittier (2013).

—Mauricio Salvador. Rodolfo Casanova y la temporada de oro del boxeo mexicano (2013).

—Salvador Esperón de la Flor. El boxeo científico (2013).

—Luis Miguel Estrada. Crónicas a contragolpe (2013).

Con fotografías en portada de Harry E. Winkler, José Charrito Espinosa, Abraham Bonilla y Adrián Chaillou, y diseño de colección y diagramación de Juanjo Huitrón y Ana Alba, los títulos se pueden encontrar —el logotipo de La Dulce Ciencia Ediciones, de Javier Alcaraz, es inconfundible— en 90 puntos de venta en todo el país. Informes: esquina.boxeo@gmail.com