Libros para invidentes: Lectores en busca del Aleph

En México urgen programas que apoyen en la lectura y el estudio a las personas con discapacidad visual; uno de los más destacados es Letras Habladas de la UACM.

México

La mayoría de los seres humanos hemos sucumbido alguna vez al deseo suplicante de cerrar los ojos con la esperanza de deshacer el mundo y que éste recomience al despertar.

Fue el rechazo de una realidad —la muerte de Beatriz Viterbo— la que llevó a Borges a encontrarse con El Aleph, ese punto en que todos los puntos ocupan el mismo espacio, sin superposición y sin transparencias, a través del cual pudo ver el mundo desde todos sus cristales. Lo hizo en un sótano de una vieja casa porteña en la calle Garay, donde iba cada año a reencontrarse con los retratos de esa mujer; el escritor situó allí el relato que lo tiene como personaje y narrador.

Cuando concibió las menos de 20 páginas de ese cuento que lo hizo dueño de todas las ficciones fantásticas por escribirse, Borges estaba en una de las fases finales de su ceguera progresiva; cinco años más tarde quedaría ciego por completo.

Esa infinita tarea de asir el mundo entre la oscuridad es la que llevan a cabo más de un millón 300 mil de personas en México, de acuerdo al censo de 2010. Según datos de 2012 de la Organización Mundial de la Salud (OMS), existen 285 millones de personas con discapacidad visual, de las que 39 millones son ciegas y 246 millones presentan visión baja. A su vez, el Centro Internacional para la Educación del Cuidado de los Ojos estimó que 670 millones de personas son ciegas funcionales o con discapacidad visual debido a un error refractivo no corregido (10 por ciento de la población mundial).

Las posibilidades de lectura para un ciego se han ampliado. Ya no solo está el sistema Braille. También las nuevas tecnologías adaptadas. En México, esos accesos existen, pero limitados. Como para la mayoría de los países de América, los obstáculos refieren a políticas de desarrollo social y decisiones a nivel de organismos internacionales sobre derechos de autor.

DAR CON UN LIBRO, TAREA TITÁNICA

Para un ciego, “hay más pasos para llegar a la lectura que para un lector común”, sostiene Fermín Ponce, responsable del programa Letras Habladas que funciona en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Licenciado en Historia de esa casa de estudios, Ponce es uno de los creadores del programa que tiene por objetivo propiciar el acceso igualitario de la lectura por parte de lectores ciegos, “la inclusión con equidad”.

Su tarea inicial, al surgir en 2007, fue la de producir audiolibros en formato mp3 y en programa Word con lector de pantalla. También traducían algunos capítulos de reciente edición al sistema Braille.

Esa era y es “la tarea titánica: acercar a un lector ciego aquellos libros que se están usando en las facultades, los del momento, no los que se usaron en los años cincuenta”. De 32 años, el responsable de Letras Habladas pone el asunto en contexto: un profesor, se espera, acerca a sus estudiantes bibliografía actualizada, lo que acaba de salir sobre su materia, y ese texto no existe en Braille, ni de ninguna otra forma. La tarea de trabajar el texto se vuelve más compleja cuando, una vez conseguida su adaptación a audiolibro o Braille, se debe cumplir con el objetivo de tenerlo estudiado de una semana a otra. “Imaginemos esa situación repetida en cada una de las materias de un semestre, todas las semanas”, propone Fermín.

En la actualidad, Letras Habladas asiste a alumnos y estudiantes que necesitan adaptar sus textos. También cuenta con personal que ayuda en lectura de comprensión, enseña Braille a personas videntes y brinda asesoría para acercamiento a la discapacidad.

Como los 15 estudiantes matriculados de la UACM, y los 115 usuarios externos que acuden a Letras Habladas, Fermín es invidente. La suma de dificultades que atravesó para moverse en un mundo visual lo llevó, junto a su amigo Juventino, a crear el programa. Primero funcionó como una ONG. Hoy, la UACM decidió que forme parte formal de su oferta académica. Además se imprimen exámenes en Braille.

ENTRENAR LOS SENTIDOS EN LA OSCURIDAD

A los ocho años, cuando Fermín dejó el sonido de los aves, el olor a tierra húmeda y el calor del sol sobre la hierba en las tardes del campo en Puebla, supo que su vida en la Ciudad de México iba a transcurrir no solo entre las sombras sino también en la soledad. Sus hermanas lo trajeron para internarlo en una casa hogar para niños invidentes. Durante la semana aprendía las bases para moverse en un mundo visual. Los fines de semana lo iban a buscar para estar en familia. En la casa hogar aprendió lo que su familia no podía darle, las herramientas para entrenar la memoria, los espacios, crear pistas mentales para encontrar objetos, aprender a leer y escribir Braille, escoger prendas y combinarlas, moverse en Metro.

La serenidad del relato de Fermín se enfatiza en sus manos delgadas de uñas cortas perfectamente limadas, que descansan sobre la mesa de la sala para invidentes de la Biblioteca de la Ciudad de México, donde transcurre la entrevista.

De qué modo consiguió acicalarlas como un manicurista. Cómo es que su suéter negro combina con su pantalón de mezclilla azul oscuro y su pashmina colorada.

“Soy invidente de nacimiento pero mi mundo es visual. Mis padres me hicieron inquieto. Tuve una vida muy campirana hasta los ocho. Montaba los árboles, perseguía borregos. Ese tiempo fue un referente de creación”, responde.

Luego en “La casa del amigo del estudiante invidente”, en el DF, aprendió “autonomía, independencia, pulcritud”. “Mucho de lo que soy lo debo a ese lugar”, dice.

Fermín nació con amaurosis congénita bilateral. Nunca vio. Pero aprendió el concepto del color gracias al 5 por ciento de visión que tuvo hasta los ocho, cuando algunos destellos y luces irrumpían en su mundo a oscuras.

A pesar de las carencias que reconoce, la sala para invidentes de la Biblioteca de México es un lugar querido a sus recuerdos. “Es importante porque hay algunas obras en Braille (no muchas, pero recientes), tiene audiolibros (unos 200) y porque transcurrí aquí el tiempo de la preparatoria. También me gusta por las infraestructuras y comodidades”, dice.

Huele a madera lustrada, hay colchonetas para echarse a escuchar libros y cuenta con líneas podotáctiles amarillas en el piso, que guían los bastones de los usuarios. Por esa calidez, Fermín lamenta que sea un sitio desactualizado.

“Ha caído en un proceso en el cual a veces el personal no sabe manejar nuevas tecnologías. Ahí afuera tenemos 30 mil, 50 mil títulos de literatura universal o especializada, pero es un acervo al que este lugar no te sabe encaminar”, explica.

Aun así, allí grabó sus casetes para seguir su prepa. Lo hacía con otros 20 usuarios que llegaban corriendo a eso de las tres “para ganarle a los demás ciegos” y conseguir una persona que en un turno de una hora y media les leyera los textos para grabarlos y luego estudiarlos.

“Mendigaba ese tiempo porque no había personal para abastecer tanta demanda. Necesitaba que alguien me leyera, porque los textos de la prepa o universidad son recientes y no están en Braille”, recuerda.

La otra opción es la sala para personas ciegas del Tiflológico de la UNAM. “Se alojan muchísimos títulos en Braille de obras clásicas de la literatura nacional. Pero no se renueva su catálogo hace 30 años, de ello estoy totalmente seguro”, dice.

Una consulta telefónica a esa sala lo confirma. “No tenemos material universitario traducido. No se realizan traducciones y hay algunos audiolibros que podemos copiar en casete”, dice el bibliotecario del turno de la mañana. Pero no está seguro de qué obras cumbre de la literatura latinoamericana pueden estar. Quizá exista algún ejemplar de Aura, de Carlos Fuentes, o Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez o Rayuela, de Julio Cortázar. Pero no está seguro.

EL ARRIBO DE LETRAS HABLADAS

“De esos chicos que veníamos corriendo para ganarle al otro compañero ciego, había un grupo con el que compartíamos vivencias, cosas del estudio y hasta el enamoramiento. Había mucho que esperar y ahí nos hacíamos amigos”, cuenta Fermín. En esa época conoció a Juventino, y se propusieron “hacer una diferencia”. Habían tenido contacto con Tiflolibros, la primera biblioteca online de acceso gratuito en habla hispana, con sede en Buenos Aires, y quisieron hacer algo parecido.

Con la primera computadora que pudo comprar, y gracias a las licencias piratas de tecnologías adaptadas que conseguía otro amigo, comenzaron a crear archivos de libros en mp3.

“¿Qué los impulsó a crear ese servicio para estudiantes y lectores? La dificultad para ingresar a la universidad”.

“Hice tres veces el examen en la UNAM. Igual que en la UAM o el Politécnico, son procesos de exámenes únicos con 120 preguntas que sabes de antemano que no harás. El lector que tienes al lado —la persona al azar que encontraron disponible— no sabe leerte porque no está familiarizado con una lectura de comprensión. Por eso Letras Habladas cuenta con gente al servicio de usuarios invidentes, capaces de leer, explicar y grabar para personas que necesitan del sentido del oído para capturar el conocimiento. Y así lograr que estén también insertos en un ‘mundo normovisual’. Yo mismo lo habito, mi universo es visual”.

Cuando lo dice, Fermín sobrevuela la emoción que es capaz de abrazarlo sin límites. Semejante a aquella del narrador de ElAleph, al revelar: “Vi el Aleph y en el Aleph la tierra (…) y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.

Tiflolibros, biblioteca online pionera

La primera biblioteca online, gratuita y disponible para todos los usuarios invidentes de habla hispana en la región surgió en Argentina, para facilitar la lectura de personas con discapacidad visual en todas sus fases. Porque para que un libro esté disponible en soporte digital antes debió ser adaptado, y antes debieron sortear los mecanismos para el acceso a un ejemplar en tinta.

En esa engorrosa tarea trabaja Pablo Lecuona, uno de los responsables de esa biblioteca con sede Buenos Aires. Su principal batalla es la de “avanzar a nivel internacional en un tratado sobre excepciones y limitaciones al derecho de autor, en favor de personas con discapacidad visual”.

En 2013, tras cuatro años de arduas negociaciones, gracias al trabajo de gobiernos de América Latina, se logró adoptar en la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual un tratado internacional, hoy conocido como el Tratado de Marruecos.

“El tratado obliga a los países que lo ratifiquen a incorporar en sus legislaciones nacionales una excepción mínima común que permita a una institución o persona hacer una versión accesible de una obra, sin tener que pedir permiso a los titulares de los derechos y sin tener que pagar por ello, siempre y cuando esa copia sea para uso exclusivo de los ‘beneficiarios’ y su distribución se realice de forma no lucrativa”, explica Lecuona.

El tratado “permite el intercambio transfronterizo de obras producidas bajo esa excepción, que un libro que se hace accesible en un país pueda llegar a otro, o que una persona con discapacidad de un país pueda acceder de forma directa a una biblioteca de otro”.

Para que entre en vigor “hace falta que 20 países lo ratifiquen”; ya lo hicieron 13 países hasta ahora, seis de los cuales son de América Latina: Argentina, Brasil, El Salvador, México, Paraguay y Uruguay. También Mali, Emiratos Árabes Unidos, Corea del Sur, Mongolia, India, Singapur y Australia.

Hay otros países cerca de ratificarlo, pues Perú, Honduras y Panamá han aprobado ya la ratificación en sus congresos y solo resta que el ejecutivo promulgue la ley y deposite el instrumento de ratificación ante la OMPI en Ginebra.

“Las resistencias más grandes han venido siempre de Estados Unidos y la Unión Europea”, señala Lecuona, quien en 2009 representó en Ginebra a la Unión Latinoamericana de Ciegos.

Tiflolibros tiene usuarios en 49 países de los cinco continentes, que incluyen Argelia, Egipto, India, Israel y Nueva Zelanda, más de siete mil usuarios individuales y acceso por parte de 319 instituciones, entre escuelas especiales, bibliotecas, organizaciones de ciegos, servicios de accesibilidad en universidades. La mayor cantidad proviene de Argentina, Chile, Colombia, México, España y Perú.

En 2015 obtuvo el Premio Vidanta de la Fundación de ese grupo empresario mexicano, junto con la OEA y la Secretaría General Iberoamericana.

Existe un proyecto similar en Estados Unidos, Bookshare, pero con el pago de una cuota anual de 50 dólares. Tiene algunas restricciones de catálogo, pues de acuerdo a los derechos de autor, los libros que pueden ser leídos en algunos países no están permitidos para otros, dice Lecuona.