ENTREVISTA | POR EMILIANO BALERINI CASAL

Jacqueline Campbell coordinó el libro "Tic Tac", que reúne prosa, poesía, cartas, dibujos y crónicas de una veintena de reos de un penal en Saltillo, quienes junto a sus maestros enfrentaron el asedio de los custodios para escribirlo.

Polonio: la pluma colectiva de internos

La Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos en México denuncia hostigamiento contra Jaqueline Campbell.
“Nos tomó dos años hacer el libro”, comentó la organizadora. (Omar Meneses)

Ciudad de México

Tic Tac es un libro independiente coordinado por Jacqueline Campbell y elaborado en el Centro Penitenciario de Saltillo. La publicación surgió como parte del taller de narrativa y periodismo El ojo derecho de Polonio, integrado por 20 internos que purgan distintas condenas.

En la edición se aprecian lo mismo cartas a las madres de los presos, que dibujos, crónicas, reportajes e historias de vida, relatos todos de la frustración, el dolor, el temor y los sentimientos padecidos por las prisioneros en esa cárcel.

"No quería que los muchachos se 'terapearan' al escribir, sino que escribieran bien..."

El nombre del taller, El ojo derecho de Polonio, responde a que las autoridades estatales no estuvieron de acuerdo con las distintas propuestas hechas por los internos, pues remitían a la idea de estar encerrados: Entre rejas y La historia sin fin.

"El personaje Polonio aparece en la novela El Apando, de José Revueltas. A El Carajo, otro personaje de la novela, le falta un ojo. El ojo derecho de Polonio, que se asomaba por un resquicio de la celda, es el único que nos permite ver más allá, incluso que nos ayuda a apreciar la libertad", cuenta Campbell en entrevista con Dominical MILENO.

La coordinadora del libro relata además algunos de los secretos que la llevaron a acercarse a los presos y las experiencias que ellos vivieron al entrar en contacto con la literatura y el periodismo. Tic Tac

"El nombre del taller viene de la novela el apando de José Revueltas"

fue presentado el pasado miércoles 29 de octubre en la sala Digna Ochoa II de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.

¿Cómo seleccionaron a los internos que participaron en el taller?

Se pegaron varios pósters en los módulos y en el patio de la cárcel. Los presos que querían participar se inscribieron con la encargada de educación del lugar. Fueron más de 50, a pesar de que habíamos solicitado máximo 25 muchachos para formar el taller. El primer día de sesión llegaron 34. Por suerte algunos se dieron de baja. En la segunda sesión entraron tres más. El taller quedó más o menos con 20 jóvenes, luego de que algunos de ellos salieron en libertad o no les interesó.

¿Cómo llegó usted a este reclusorio en Saltillo?

Actualmente, este lugar es un centro penitenciario. Antes era un Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso). Cuando inicié el proyecto en 2013 era un penal como todos los de Coahuila y casi todos los del país, donde se mezclan presos federales y comunes. No es de máxima seguridad. Empecé a trabajar en las cárceles en los años noventa, cuando colaboraba en Monterrey con Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos. En esa época visitaba a un conocido en una de las cárceles de Nuevo León. Al hacerlo empecé a conocer a otras personas, a las cuales les llevaba libros, comida y hasta el Código Penal. De a poco entendí cómo eran los penales por dentro, las torturas, la forma de vida que ahí había. Decidí, entonces, hacer un proyecto que sirviera como de ojos dentro de esos lugares. Me interesaba hacer válido el derecho de la ciudadanía de observar la justicia penal. El modelo que empleé fue uno muy similar al de la Agencia Walsh, hoy Agencia para la Libertad, de Argentina, ya que estudié varios años allá y lo conocía bien.

¿Quiénes eran los talleristas a los que invitó a participar en este proyecto?

Fueron 15 personas. Algunos con premios nacionales o internacionales de periodismo, otros que han publicado libros. Cuando los elegí me dediqué a ubicar si era alguien vulnerable o no, porque en la cárcel todo puede suceder y no quería que les hicieran daño. Si de alguna manera nos lastimaban, ellos debían ser firmes con sus decisiones. En ese sentido, busqué a un director y actor de teatro como Chuy Valdés; en prosa poética a Claudia Luna; para el género entrevista llamé al corresponsal de La Jornada en Saltillo, Leopoldo Ramos. Además a Paola Praga, que tiene Premio Nacional de Periodismo; Jesús Peña, que tiene premio internacional. Para hacer este taller, y posteriormente el libro, una de las cosas que le prometimos al Consejo Estatal de Seguridad era que nosotros no íbamos a publicar nada de lo que escribieran los internos. Era complicado trabajar con gente que vive de la nota diaria y que veía y escuchaba un montón de cosas que se moría por correr a escribir en ese momento. Hubo ocasiones, por ejemplo, que no llegaban los internos al taller. A nosotros nos decían que había un intento de motín. Teníamos que esperar, sin decir o hacer nada, hasta que los trajeran. También nos llegó a pasar que los custodios se metieran a la clase, por lo que nos veíamos en la obligación de interrumpirla, pues los presos no podían tener un policía al lado, si ya sabíamos que al salir del taller se lo iban a tablear. Entonces teníamos que suspender la clase hasta que se fueran. Los que estaban al frente del taller tenían que tener carácter, para que no nos intimidaran.

¿Cuántos años les llevó hacer este libro?

Empezamos en agosto de 2013 y lo terminamos ahora, en julio de 2015. Con El ojo derecho de Polonio uno puede entrar a la cárcel y darse cuenta de que las instalaciones eléctricas son una basura y que los presos se pueden electrocutar. Cuando entramos como observadores de tortura a las cárceles tenemos que ir con muy buenas tablas, porque de lo contrario, no ves nada. Es decir, tu ojo tiene que estar muy agudo para saber que alguien fue golpeado y te está mintiendo y te está diciendo: "No, a mí nadie me golpeó". Tienes que leer entre líneas muchas cosas. No quería que estos muchachos se terapearan al escribir, quería que escribieran bien, que aprendieran, quizá, un oficio, que nos contaran cosas y nos humanizaran a quienes vivimos en libertad, pero resulta que escribir te hace libre y El ojo derecho de Polonio es el que les permitió por un momento sentirse libres.

¿Cómo fue que te ganaste la confianza de los internos?

Como cualquier persona en cualquier relación humana, la confianza se gana con el tiempo, el trato, la permanencia, el tocar; a los muchachos nadie los toca porque son asesinos y violadores; de hecho, el esposo de una de nuestras talleristas le decía a su mujer: "¡No los veas a los ojos! ¡No veas a los internos a los ojos, porque te pueden hacer daño!". Verlos a los ojos, saludarlos, hablarles por su nombre, cantar con ellos, jugar en el piso, hacer tonterías como en cualquier relación, ayuda para interactuar mejor.

¿Les dejaban tarea?

Claro. No sé si los textos largos que se ven en el libro son hechos en tarea, porque no alcanzaban a hacer un texto de tantas páginas en dos horas en el "salón de clases". No se puede hacer tarea cuando no hay condiciones. El salón de clases estaba al lado de la cocina, llena de moscos. En la celda mucho menos se puede hacer tarea, porque tu compañero de al lado ya se quiere dormir y ya se apagaron las luces.

¿Cómo era la relación con los custodios de los internos que tomaban el taller?

Nunca estuvimos solos. No dejaban a un tallerista solo frente al grupo. Si llegaba un policía lo atendía. Yo siempre estaba. Solo falté a unas sesiones en las que los muchachos se sentían nerviosos, porque yo era la que les daba una línea de continuidad. A ellos no les puedes hacer una promesa que no cumples.

Como a los niños, digamos.

Exacto. Tuve que ausentarme por ir a clases de la maestría en Argentina. Los internos me preguntaban: "¿Por qué no vas a venir?". A los talleristas les decía que se acompañaran, que fueran dos o tres: unos daban el taller y los otros vigilaban. Lo que nos importaba era el crecimiento de los internos. No queríamos quedar bien con los guardias. No importaba lo que tuviéramos que hacer para cumplir el objetivo de que los muchachos escribieran libremente, sin que estuvieran presentes los guardias. El taller era un oasis. Era donde se podían reír, hacer ridiculeces; pero también hablar de su corazón. No puedes hablar de tu corazón al lado de un guardia que no lo respeta. No quieres que tu texto lo lea el compañero de celda, porque estás hablando netas y te duele lo que cuentas, o te estás cachondeando con tu señora.

¿Por qué "Tic Tac"?

Tic tac es el nombre de una poesía breve. Las personas que imprimieron y revisaron el libro en San Luis Potosí seleccionaron este texto sin conocer a los internos. Pensaron que hablar del tiempo que transcurre de manera diferente dentro de una cárcel fue correcto y atinado pero, sobre todo, porque es uno de los textos firmados como Polonios. Algunos muchachos firman con nombre y apellido, otros con siglas, con puntos, con siglas sin puntos, con seudónimo, pero sobre todo se firma Polonio, porque Polonio puede ser cualquier interno y los que firman como Polonio tienen un poco complicada la vida allá adentro, de aquel lado de las rejas, entonces se protegen de esa manera.

¿Los integrantes del taller hoy estarían en riesgo por ser Polonios? ¿La población del penal puede tomar represalias?

Creo que sí... Sería muy ingenua decirte lo contrario.

¿Solo por escribir?

Lo que pasa es que en los textos hay nombres de comandantes reales e injusticias verdaderas. Cuando estuvo en México la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, presenté un informe de tortura y anexé un libro seleccionando los textos reales con una nota sobre cada hecho, porque en la publicación te encuentras con que hay ilustraciones y cuentos infantiles y se cree que todo es ficción. En "Crónica de una detención", uno de los textos, el interno cuenta que le dieron unos golpes muy serios. Dice que sintió como el filamento de un foco cuando le pegaron en la mandíbula y lo sintió hasta el tope de la cabeza. Nosotros nos reímos cuando estaba haciendo esa descripción porque ni un filamento tenemos, ahora todos los focos son ahorradores. Fue un golpe muy fuerte el que le dieron.

¿Qué libros les llevaban a los internos para formarlos en este taller de narrativa y periodismo?

Algunos que están prohibidos en la cárcel. Cuando nosotros presentamos nuestros objetivos de los módulos y el material, había textos que no entraban definitivamente. Hay algunos autores latinoamericanos que no nos permitieron pasar. Sin embargo, logramos que leyeran clásicos europeos y latinos. Cada tallerista decidió los textos que se leerían en su módulo. En ese sentido, en teatro se leyó algo muy distinto de lo que se leyó en el módulo de prosa poética. Tratamos de hacer válido eso de que para escribir tienes que leer 10 veces más.

¿Cuáles son los autores que les prohibieron?

Nos prohibieron a García Márquez y Camus, todo lo que tenía que ver con justicia y con cárcel.

¿"El Apando" te lo prohibieron?

Estaba prohibidísimo. Lo metimos de forma clandestina, como otras cosas. Metimos whisky, porque en una sesión necesitábamos que los internos olieran y hablaran de lo que sentían. También metimos códigos penales que están prohibidos.