En libro, “el arte que no se limita a colgar un cuadro en la pared”

Édgar Hernández e Inbal Miller presentarán hoy “Sin límites”, volumen en el que reúnen y revisan obras de 100 artistas contemporáneos.
El periodista cultural Hernández.
El periodista cultural Hernández. (Nelly Salas)

México

La transgresión del museo y la galería como sitios naturales para una exposición, el uso del espacio público, la Ciudad de México y los artistas contemporáneos que se han desarrollado en la primera década del siglo XXI fueron la combinación ideal para que Édgar Hernández e Inbal Miller hicieran el libro Sin límites. Arte Contemporáneo en la Ciudad de México 2000-2010.

La publicación, que será presentada hoy a las 17:30 horas en la Sala de Conferencias del Centro Banamex, dentro de Zona Maco, reúne la obra de más de 100 creadores que utilizaron el Distrito Federal como un lugar para experimentar en su quehacer artístico.

En entrevista con MILENIO, Édgar e Inbal reconocen que la publicación, editada por RM, tiene un origen doble: por un lado, el trabajo como periodista cultural de Hernández y su conocimiento de la escena contemporánea mexicana y, por otro, el tema o la guía conceptual se tomó de la tesis de licenciatura de Miller, quien trabajó la idea de transgresión del Cubo Blanco en la obra de Francys Alÿs.

“Este tema nos dio la llave para articular temáticamente el libro. Podríamos hablar de la Ciudad de México o del arte contemporáneo en el Distrito Federal. Nos parecía importante reunir obras que por su naturaleza fueran efímeras, y a la vez escogimos un periodo que no ha sido estudiado de forma sistemática”, dice Hernández.

Si algo refleja el periodo de 2000 a 2010 es la institucionalización: el arte contemporáneo operando dentro de un sistema avalado por las instituciones, museos y galerías, así como por un mercado de arte que actualmente se ha consolidado, explica.

Las obras que se ven en el volumen no solo fueron apoyadas por las instituciones, sino que la crisis de los medios tradicionales de creación provocó que surgieran nuevas ideas y se presentaran en los museos, ya que desde hace un tiempo el arte no se limita a colgar un cuadro en la pared, sino
que este se desborda y permite que haya otras propuestas estéticas, dice el coautor.

Para Miller, el papel de los recintos antes mencionados es fundamental porque se ve un apoyo hacia los creadores. Si bien siempre ha existido una relación tensa entre la institución y el artista, ahora se ve una mejor vinculación.

“Los años noventa fueron buenos para abrir paso a esta primera década del siglo XXI. Muchas de las piezas que se ven en el libro están guiadas por el museo o la galería. De hecho, el Museo Carrillo Gil es un espacio que permite la transgresión del lugar”, comenta la historiadora.

A pesar de ese apoyo, explica Miller, los artistas siempre tendrán una vocación subversiva. El creador muestra su trabajo como un espejo de la realidad. Eso implica que a mucha gente no le guste. Lo cierto es que el arte ya no se ve como antes. Los espacios independientes o alternativos ya no existen.

La idea de transgresión ha cambiado: “Ya no son los futuristas italianos que decían que el museo es el cementerio del arte. Aquí vemos una transgresión integrada a la lógica del museo, pero eso es parte del propio recinto. El museo tenía que dislocarse a sí mismo, de ahí que los creadores hagan piezas que rompen la noción de lo público y lo privado como dice Cuauhtémoc Medina en el texto que hizo para el libro”, concluye Hernández.