Una librería marxista-leninista en el corazón de TJ

Abierto por un exiliado español como Servicio Bibliográfico El Día en 1963, el local de libros llegó a tener tres tiendas; hoy, un hijo de aquel emigrado lucha por mantener abierto el último de ...

Ciudad de México

Como sucede con tantos relatos de bibliofilia y utopía en el siglo XX latinoamericano, esta historia comienza con las aventuras de un exiliado español, quien al grito de “no pasarán” pudo haber muerto en las trincheras catalanas durante la Guerra Civil. Un anarquista al que las aleatoriedades de la supervivencia llevaron a fundar un improbable oasis libresco en la frontera mexicana.

Si algún día se escribe la historia de la lectura en Tijuana, el primer capítulo puede remontarnos al villorrio minero de Lucainena de las Torres, un pueblito de Almería que actualmente cuenta con 650 habitantes y que en 1908 vio nacer a Alfonso López Camacho.

En un entorno de pobreza donde el destino irrenunciable parece ser la mina, el pequeño Alfonso tiene una única puerta de salida para no acabar sus días picando piedra bajo la tierra: convertirse en un siervo de Dios en el seminario de Almería. Allí descubre la pasión liberadora de la lectura e intuye que entre la utopía del apostolado diocesano y la utopía del apostolado anarquista hay un tenue y casi imperceptible umbral.

El joven emigra a Cataluña y en busca de una sociedad más justa e igualitaria, se adhiere al sacerdocio sin dios ni amo del anarquismo, un credo que no parece tener demasiados contrastes con el cristianismo primitivo. Siendo todavía un adolescente, Alfonso López es un miliciano anarquista en la Barcelona de los años veinte, una ciudad con olor a pólvora que arde entre marchas, huelgas y banderas rojas.

Con la llegada de la década de los treinta, Alfonso consuma una nueva conversión al dejar las enseñanzas de Bakunin por las de Marx e integrar los cuadros juveniles del Partido Comunista, en donde se transforma en un militante de lo más activo, llegando a ocupar un cargo de regidor en el primer ayuntamiento socialista de Hospitalet de Llobregat.

Cuando la guerra se pierde en 1939, la mojigatería franquista impone su régimen en España y Alfonso López sale rumbo al exilio dejando en Hospitalet a su recién nacido primogénito, a quien ni siquiera alcanza a conocer. Su primer destino es República Dominicana y posteriormente la Ciudad de México, en donde debe ganarse la vida de mil y un maneras.

A punto de cumplir 50 años de edad, Alfonso llega a Tijuana a trabajar como administrador en la casa vitivinícola Cetto. En Baja California encuentra una tierra adoptiva y un romance, pues el exiliado se enamora de una tapatía de nombre Tomasa Cortés, quien regentea un restaurante de comida típica mexicana llamado Mitla.

Alfonso deja la administración vitivinícola y se involucra de tiempo completo en el restaurante de su pareja, pero los dueños del inmueble les piden el local y el negocio debe cerrar sus puertas. Cuando por fin encuentran un nuevo espacio en la calle Sexta, en pleno centro tijuanense, Alfonso decide cruzar un nuevo umbral y consumar otra conversión en su vida; en su nuevo negocio no se venderán platillos mexicanos sino letras. En la primavera de 1963, el inmigrante materializa un sueño que albergó desde su adolescencia anarquista: fundar una librería.



LIBRERÍA ENTRE CANTINAS

Servicio Bibliográfico El Día, Vocero de Pueblo Mexicano, nace en mayo de 1963. Con su aire de santuario republicano español, El Día asume un rol de cuartel contestatario, refugio de bibliófilos y rebeldes que se reúnen a charlar entre retratos de próceres del anarquismo y el socialismo que adornan las paredes del local.

Con el nacimiento del El Día los tijuanenses descubren que una tienda con venta de libros y una librería nunca serán lo mismo. Dado que la raíz y el fundamento ideológico de su proyecto tiene que ver con llevar la cultura a los desposeídos, Alfonso inaugura su librería ambulante llamada Cultura y Vida, un gran camión de mudanzas que desafía las escarpadas laderas sin pavimentar de la periferia tijuanense para llevar libros a bajo costo a los barrios más pobres.

Librería El Día comienza a traer a Tijuana libros del Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI, Joaquín Mortiz y publicaciones de la UNAM que tradicionalmente no se vendían en la frontera, pero también importa publicaciones de las editoriales soviéticas Mir y Progres y de la china Gouzi Zhudian.

En Tijuana se ha hablado por años del turismo sexual, del turismo del desenfreno, del turismo del paraíso artificial que busca en los antros de la ciudad las noches locas que sus lugares de origen le prohíben. Pues bien, en los años sesenta la naciente Librería El Día trae por vez primera a la ciudad un improbable turista que no parece en sintonía con el estereotipo y el cliché de Tijuana: el turista bibliófilo. Entre los cazadores de rarezas editoriales se corre la voz del nuevo santuario libresco y pronto empiezan a llegar a Tijuana buscadores de literatura que difícilmente podría ser encontrada en otras ciudades del Norte y mucho menos en los Estados Unidos.

En plena fiebre libertaria sesentera, cuando Berkeley y UCLA se transforman en un hervidero de librepensadores que desafían el american way of life, un Diario del Che en Bolivia o un texto de Marcuse es un tesoro que un estudiante estadunidense no pude encontrar fácilmente en su país.

Una tarde cualquiera de 1969, un errabundo Juan Goytisolo deambula por la Avenida Revolución de Tijuana. Entre los “jaladores” acechantes a las puertas de las cantinas, vendedores de curiosidades y un sinfín de mujeres pintarrajeadas, el escritor español topa de frente con el oasis libresco de Alfonso López, que en medio de ese lugar le parece el non plus ultra de la extravagancia.

“Había recorrido durante horas las calles rectilíneas de una aglomeración interminable compuesta de cantinas, reñideros de gallos, frontones de Jai-alai, espectáculos de top y bottomless, bailes de taxi girls, agencias de divorcio y evasión fiscal en medio de buscavidas, prostitutas, mariachis y rubias teñidas de la sociedad de San Diego y Los Ángeles disfrazadas con peineta y mantilla para asistir a la corrida de El Cordobés, y di de pronto con una auténtica librería marxista-leninista abarrotada de obras de Mao, Castro y El Che. Entré en ella —la puerta estaba abierta, no había nadie— y mientras intentaba hacerme una difícil composición del lugar, irrumpió un personaje sanguíneo, como en Les parapluies de Cherbourg, cantando alegremente en catalán. Instantes después, sin darme tiempo de reponerme del choque, se asomaron dos chiquitas mestizas de largas trenzas y cantarín acento para preguntar al dueño de aquel disparate si tenían estampitas de Mesopotamia”, escribe Goytisolo en su libro de crónicas La reivindicación del Conde don Julián.


VINE A TIJUANA PORQUE ME DIJERON QUE

AQUÍ PODRÍA ENCONTRAR A MI PADRE…

En mayo de 1968, mientras Dany el Rojo y la juventud parisina levantan barricadas en el Barrio Latino y en la Ciudad de México las aulas universitarias comienzan a agitarse, arriba a Tijuana el hijo de don Alfonso, haciendo, según sus propias palabras, “la ruta del mojado a la inversa”.

Nacido en Hospitalet de Llobregat en plena Guerra Civil, Alfonso Vladimir crece con su madre y su abuela materna y no conoce a su padre hasta aquella primavera del 68 en que emigra a Tijuana. La llegada del hijo revoluciona la de por sí revolucionaria librería. Alfonso Vladimir es quien planta en 1980 una semilla que ha germinado en un árbol de más de tres décadas: La Feria del Libro de Tijuana. También funda la Unión de Libreros e impulsa un proyecto editorial con el sello de El Día.

En la década de los ochenta llegaría la expansión más allá de la Sexta con la apretura de la sucursal de la Zona Río en la Avenida Sánchez Taboada, en un espacio con capacidad para fungir como sede de actos culturales.

En 1986 fallece Alfonso López Camacho a los 78 años de edad y su hijo Alfonso Vladimir queda como único heredero del proyecto libresco que continúa en expansión. En 1987 nace la librería El Ingenioso Hidalgo en la zona industrial de Otay y posteriormente brotará el último gran fruto del árbol en el campus de la UABC.

A finales del Siglo XX, El Día es ya el gran referente bibliófilo de Tijuana y el Noroeste, su faro literario, pero con el nuevo milenio y la recesión llegarían tiempos oscuros.


UNA TRADICIÓN DE RESISTENCIA

La primera década del milenio es complicada para Alfonso Vladimir López. La recesión muerde fuerte y los números rojos lo obligan a cerrar la librería El Ingenioso Hidalgo. Las finanzas no mejoran y Alfonso Vladimir debe entonces tomar la decisión más dura: cerrar la fundacional librería de la Calle Sexta. El local donde por más de 40 años estuvo la librería emprendida por aquel anarquista español, está ocupado hoy por un bar más entre las decenas que hay en la Sexta. Sobrevive la librería de Zona Río y el pequeño local dentro del campus de la UABC, pero Alfonso debe pelear la contra día con día.

Cuando le pregunto por el futuro de su librería, Alfonso no se anda con demasiados rodeos y sentimentalismos: “Se va a acabar, eso no hay duda. Ahora estamos simplemente sobreviviendo, pero más temprano que tarde va a acabar”, me responde.

El librero pone el dedo en la llaga: “El verdadero problema del libro en México, es que el crecimiento de una sociedad lectora no depende del soporte tecnológico, sino de la calidad de la educación que vincule al ciudadano con la pasión por la lectura como disciplina primaria para acceder al conocimiento y a la soberanía intelectual”.

La librería sobrevive peleando a brazo partido contra la adversidad, mirando cómo en otras ciudades los recintos librescos van poco a poco extinguiéndose. El ejemplo más cercano está en San Diego, donde de un día para otro la descomunal Borders del Gaslamp lucía un siniestro letrero de “for rent”.

Pese a todo, mientras haya librería hay esperanza. Varias generaciones de lectores, escritores e intelectuales bajacalifornianos se siguen dando cita en el santuario.

“La vocación de un librero como Alfonso López significa una reiterada y generosa muestra de servicio a los demás, a Tijuana, a los lectores, una apuesta por la cultura gráfica. Demuestra además la vitalidad cultural y artística que de generación en generación se ha venido a manifestar en la sociedad tijuanense”, escribió Federico Campbell siete meses antes de su muerte.

“A El Día acudimos multitud de lectores que buscamos desde la última novela de un autor de moda hasta una edición especial de alguna casa editorial española que nadie, excepto don Alfonso, ha oído mencionar. Lo seguro es que el libro que uno busque, por más raro que sea, López Camacho lo localiza aunque tenga que ir hasta la madre España para conseguirlo”, escribe Gabriel Trujillo.

Una verdadera librería no es un medio sino un fin en sí mismo. No es el sitio donde uno acude a cumplir el trámite de comprar un libro, sino un umbral de viaje hacia mil y un mundos posibles. Visitarla es darse la oportunidad de echar a la volar la cabeza y —al menos por unos minutos— volverse loco como Alonso Quijano.