La libertad de servir

Todo se explica por la ausencia de un estado de derecho, y hasta que no lo tengamos estaremos condenados a ser una nación olvidada de Dios.
Poder Legislativo mexicano.
Poder Legislativo mexicano. (René Soto)

Ciudad de México

Existe en la actualidad una enorme idealización de conceptos como estado de derecho y el respeto a la ley. Quizá justo porque se advierte que mientras exista una base económica tan desigual —y las relaciones entre estratos sociales sigan siendo básicamente de servidumbre— son conceptos que jamás se acercarán siquiera a materializarse; se habla de ellos como una especie de paraíso perdido, de una meta hacia la cual nuestra sociedad debería tender para alcanzar el Nirvana en el que viven, por ejemplo, los noruegos y los suecos. Todo, desde la mordida al dependiente de la oficina de licencias, hasta los grandes saqueos y fraudes de las altas esferas empresariales y gubernamentales, se explica por la ausencia de un estado de derecho, y hasta que no lo tengamos estaremos condenados a ser una nación olvidada de Dios.

Sin embargo, lo que esta obsesión pasa por alto es que el orden jurídico jamás es neutral, sino que es siempre una configuración específica, producto de las ideas de una época y de la correlación de fuerzas en las sociedades que crean las leyes que después habrán de regir su convivencia. Como bien explicó Max Stirner, el derecho es una narrativa que impone a los individuos ciertas normas acerca de cómo han de conducir sus vidas: “Pero toda ley que rige acciones humanas (ley moral, ley del Estado, etc.) es la expresión de una voluntad y, por consiguiente, una orden”. Entonces, siguiendo este razonamiento, no necesariamente el respeto a las leyes produciría un orden social justo ni estable. Si el Poder Legislativo estuviera conformado por representantes que pertenecen a (o tienen vínculos estrechos con) una élite empresarial y política adinerada, lo cual conduce a la eliminación de nociones como interés público e interés privado, así como a conflicto de intereses, entonces necesariamente las leyes cargarán los dados hacia esa élite que simplemente verá reforzado su poder y su acumulación de la riqueza. Bajo un escenario tal, el respeto de la ley es un reforzamiento del establishment, del statu quo que divide a la sociedad entre quienes sí tienen los medios para competir, y quienes están condenados a servir y hacer las vidas cómodas para aquellos que compiten. Antes quizá que la obsesión por el cumplimiento de la ley habría que preocuparse por el tipo de sociedad al que dicho orden jurídico conduce pues, como ocurre incluso en los países avanzados que nos sirven de modelo, el tipo de paraíso jurídico actual es tan privado y exclusivo que, incluso si llegáramos ahí, los pobres seguramente tendrán que seguir trapeando y recogiendo las migajas.