Ir al cielo en pedacitos…

En el kilómetro 34 de la carretera México-Puebla se encuentra el hospital Doctor Pedro López, el último nosocomio oficial en México para tratar la enfermedad causada por el bacilo de Hansen.

Ciudad de México

El último leprosario es un proyecto documental fotográfico sobre la historia de un grupo de ancianos leprosos que viven en el último refugio oficial para su enfermedad en México.

Es un trabajo surgido de la necesidad de contar las historias que en muchas ocasiones no quieren ser narradas porque su origen revela miseria, ignorancia, asco y miedo. Esta terrible genealogía de la lepra, más los personajes afectados por ella y el lugar de su reclusión son los protagonistas del último leprosario oficial de México.

El hospital Doctor Pedro López nació a petición de la combativa Dolores Soto, conocida como La madre Lolita, una dama voluntaria de anteriores lazaretos. En 1939 organizó un plantón, en compañía de muchos hansenianos en la plaza del Zócalo, con el fin de solicitar al presidente Lázaro Cárdenas un sanatorio con atención especial para sus padecimientos, así como refugio contra el desprecio del que eran objeto.

Así, el 11 de septiembre el general Cárdenas inauguró el hospital en el kilómetro 34.5 de la carretera federal México-Puebla, en la zona de Ixtapaluca, sobre terrenos de la expropiada Hacienda de Zoquiapá.

Desde ese entonces, fue el único lugar oficial y legal en México para tratar la lepra, aún cuando existían seis lugares de atención preventiva en el país. Ese leprosario llegó albergar a más de 800 personas. A cada enfermo se le otorgó un pedazo de tierra para que la trabajara y obtuviera dinero, así como una cama en un dormitorio compartido con tres personas; además, el lugar contaba con peluquería, billar, tienda, casino, campos de futbol y béisbol y una cárcel. La impartición de justicia, cuando los internos cometían algún delito, estaba a cargo del director del hospital, pero sucedía que en muchas ocasiones los internos, por su propia voluntad, se encerraban en la prisión por un tiempo. De esa cárcel, hoy quedan algunos vestigios de lo que fueron las celdas. Ese espacio es ocupado hoy por el personal de intendencia, junto a decenas de cajas del archivo muerto del hospital.

En el paisaje del lugar pueden apreciarse los cimientos de lo que fueron las casas de adobe, así como las pequeñas parcelas o porquerizos de las que fueron dueñas las 12 personas sobrevivientes hasta ahora. De entre ellas quiero hablar, ahora, de Lucio González, y no por menospreciar a los maravillosos hombres y mujeres de este lugar, pero en lo personal Lucio destaca como el ser divino que Dios creó.

Conocí a Lucio cuando yo tomaba el sol a las afueras de la capilla del nosocomio. Era el mes de diciembre de 2010 y las tres cruces, entrelazadas por el centro, que sostienen el campanario proyectaban su sombra justo detrás de él, en el atrio. Ese día solo había acudido a observar y caminar por el lugar, y utilicé mi teléfono móvil para tomar la foto que representaba la síntesis de la enfermedad como un castigo relatado muchas veces en la Biblia.

Lucio me miró y se acercó a saludar: “Hola manito, ¿tú quién eres?”, y me presenté. Me contó que una de las enfermeras lo había llevado ahí, pero se le olvidó recogerlo, así que tomé la silla de ruedas y lo trasladé a su casa. Con genuina curiosidad me preguntó qué hacía en Zoquiapán y le conté que estaba haciendo fotos para contar las historias de sus habitantes. “Me gustan las fotos ahora, antes no era así”. Con el paso del tiempo Lucio fue aceptando su condición y se dejaba retratar por algunos de los médicos o enfermeros del lugar, pero ninguno de ellos le regaló una foto. Ese día yo le prometí regalarle todas las fotos que de él tomara.

Con el paso del tiempo, forjamos una gran amistad que perdura hasta estos días. Lucio tiene ya 85 años. A la edad de 15 fue internado, junto a su hermano de 20. Venían de un dispensario de Guadalajara que no pudo atender la gravedad de sus lesiones. Su hermano murió casi cuando llegó y fue enterrado en el panteón del leprosario. En diciembre de 2012, viví al lado de Lucio uno de los episodios más fuertes de su reclusión: por el abandono y descuido del que son objeto, a Lucio se le gangrenó la pierna derecha. El olor a carne podrida era insoportable en su pequeña casa. Tras sufrir una fiebre tan fuerte que lo desmayó, fue atendido de manera “urgente” y durante 11 días se le mantuvo alimentado solo con agua y suero. El doctor a cargo no lo quería operar, pues no lo consideraba necesario. “Es ya un hombre anciano y no creo que soporte la operación”, decía quien se supone debía velar por la atención que requería Lucio.

Esos días lo visité en el pabellón donde estaba internado. Se veía triste, cabizbajo y agotado. Una enfermera le llevó un poco de gelatina que yo le dí a cucharadas. Ese día, tras una discusión y reclamo con el personal, fue operado. Los siguientes días fueron de alegría para Lucio, quien con una gran sonrisa me decía: “Ay manito, el señor me esta llevando al cielo en pedacitos”.

A Lucio le gusta comer tacos de frijoles refritos. “Mira Arturito, solo de esta manera puedo darme la maña de comer yo solito. Tú prepárame mis taquitos y dame mi Coca-Cola fría”. Le gusta tomar el sol a ratos en compañía de su vecino inmediato, Cirilo. Sus charlas van desde los ratones de campo que invaden sus casas (y que por las noches se oyen rasgar las cajas de sus pocas pertenencias) hasta el cambiante clima de la zona.

Su cara es la de un niño viejito precioso. Su nariz casi ha desaparecido y sus facciones, como sus manos, son de aspecto leonino, tal lo describe el parte médico. Cualquier persona en su condición hubiera optado por el suicidio o la locura. Lucio tiene una memoria prodigiosa, es un libro de más de mil páginas con historias y fotos. Ésa es la manera de describirlo tras escuchar todo lo que él platica. Ya no tomo foto alguna. Me siento a su lado y, mientras miro la inmensidad, disfruto escuchar de su amor por la vida y su agradecimiento con Dios por ser quien es.