Por la vulgaridad de la lengua

Semáforo.
Semáforo
(SHUTERSTOCK)

Ciudad de México

La modernidad secular surgió merced a un cambio fundamental en el concepto de la lengua: el latín de la Iglesia y la vida jurídica no pudo resistir el empuje vital de las lenguas vulgares. Baste recordar a Alfonso el Sabio y su grandioso cuento de la General Estoria, o a Dante y su Tratado Sobre la lengua vulgar (“la más noble es la lengua vulgar porque es la primera usada por los hombres”). La importancia de las lenguas vulgares fue creciendo a la par que los nuevos fenómenos políticos con que tenían que debatirse los nuevos órdenes emergentes, y casi podría la modernidad darse por parida a la política con las traducciones que Lutero hizo de La Biblia, que resultaron algo más que un escándalo: “El habla sagrada no estaba tan lejos; simplemente nos la habían escondido”. No solo fue la revelación de la Escritura sino el rencor contra quienes la acaparaban.

Antonio de Nebrija, en 1492, le regaló a la reina Isabel su Gramática de la lengua castellana, que hubiera pasado a la historia como sabrosísima autoridad de filólogos (como su Vocabulario) de no haber sido porque, ante el obsequio, la reina —los duros oídos del poder— preguntó para qué diablos servía eso. Nebrija escribió entonces una dedicatoria donde, además, se recoge la anécdota de la intervención salvadora del obispo de Ávila, que interpuso una magnífica y malévola respuesta para la poco intuitiva reina: “Después que vuestra Alteza metiese debaxo de su iugo muchos pueblos bárbaros & naciones de peregrinas lenguas, & con el vencimiento aquellos ternían necessidad de recebir las leies que el vencedor pone al vencido, & con ellas nuestra lengua”.

El poder que se muestra en el lenguaje no solo guarda aquellas evidentes relaciones con la macrohistoria descomunal de los imperios; incluso resulta visible en todos los casos en que los hombres se relacionan. ¿Lucha de clases? resulta aún más notable la poca atención que se le ha prestado, en las distintas teorías de las clases sociales, al dato más elemental y más determinante de la constitución del sujeto, que evidentemente es su habla, su forma particular y grupal de expresarse y de relacionarse con los demás, semejantes o adversarios. No es casualidad que uno de los datos antropológicos más comunes sea el de nombrar despectivamente a la otra tribu por su lengua o por su pronunciación: “Los indios nahua daban a los miembros de las tribus vecinas los nombres de “popoluca” (tartamudos) y “mazahua” (los que braman como ciervos). Para un ruso, todo alemán es un “nemec”, palabra derivada de “nemoi” (mudo). Se trata, por lo tanto, de un individuo incapaz de hablar. La palabra “bárbaros”, con la que los griegos designaban a quienes no eran griegos, tuvo como primer significado “balbuceante, tartamudo”, y a menudo podía implicar también “inculto, rudo, cruel, violento, salvaje, cobarde, codicioso, desleal” (Hans Magnus Enzensberger, La gran migración, Anagrama, 1992). Y, en fin, si la historia encierra alguna moraleja, podemos apostar a que las formas de la corrección política (que amenazan con volvernos idiotas en nuestra propia lengua) habrán de acabar en el bote de la basura.