Por el lejano jardín

Para cuando nací, la menor de tres, mi mamá, que aún no había cumplido treinta años, estaba embriagada de poesía como si algo se hubiera destapado en su mente y leía y leía.
Octavio Paz
Octavio Paz (Conaculta)

Ciudad de México

Cuando leo ciertos fragmentos de Paz es como si escuchara desde lejos una voz venida de mi infancia. Entiendo que esto tenga visos de algo singular de más de una manera. Para empezar, considerada en su totalidad, la obra de Paz no es precisamente una lectura para niños. Sin embargo, a mí me sucedió así. Octavio Paz era muy amigo de la familia y mi mamá, una gran lectora de poesía. De muy pequeña no me leían cuentos de Disney, ni cuentos de hadas, ni fábulas de Esopo. No digo que no los haya visto para nada, sí los vi. En la infancia, antes de leer, los libros se miran. Pero para cuando nací, la menor de tres, mi mamá, que aún no había cumplido treinta años, estaba embriagada de poesía como si algo se hubiera destapado en su mente y leía y leía.

Yo escuchaba: Ronsard y Keats, Eluard y Byron, Neruda y Shelley, Shakespeare y Paz y Pellicer. Cada uno en su lengua y con las pausas puestas allí donde se requiere para escuchar y dejar que las palabras caigan por el hondo pozo del uno–mismo que pide la lectura para mayor entendimiento.

¿Qué entendía yo, la diminuta receptora de ese maravilloso torrente? Nada, probablemente, o muy poco. Pero algo había en el semblante y en la voz de mi madre al leer que la hacía completamente diferente, no solo a todas las otras voces que había escuchado, sino a sí misma. La voz era muy distinta a la voz del diario con la que pedía asistencia para ciertas tareas de la casa y distinta también a la voz con la que hablaba por teléfono desde su silla que giraba frente a su sobrio secrétaire en la sala chica de la casa. Tampoco se parecía a la voz con la que conversaba con mi papá y con todos nosotros en la mesa del comedor. La voz del teléfono, la de los encargos, la voz de la mesa y de las pláticas, podía oscilar entre una campanada muy alegre y una hondura de fondo difícil de evaluar, como de contralto. Pero cuando leía, y cuando leía a Paz, sobre todo, su voz flotaba sobre una textura densa de sentimiento que crecía debajo de las palabras como un mar.

En el jardín donde crecí había dos pinos y dos sauces, tres álamos, dos cerezos, tres nísperos y, en el jardín trasero, una jacaranda. Ésta floreaba, como bien sabemos los habitantes de nuestro valle, cada año durante la larga primavera. El lila hacía sus juegos de contraste monocromático contra el azul que en ésta época, antes de las tolvaneras y de las tormentas, tiende a saturarse en el cielo como si fuera pigmento puro. Aparte de los racimos de campánula de jacaranda, el jardín tenía pocas flores. Geranios en ciertas temporadas y rosas minúsculas y pálidas que trepaban por los muros recónditos y angulares del exterior de la casa. Era, principalmente, un jardín de verdes frente a una barranca de ligeros eucaliptos.

Hubo un tiempo en el que mi mamá colgó en uno de los pinos grises campanas de viento hechas de lascas finas de cristal o piedra. Cuando soplaba, en los meses locos de febrero y marzo, esos sauces sonaban a cristal y el jardín entero cantaba con el viento. Adentro, ventanales grandes daban a ese paisaje y en ese sentido, la casa adentro estaba llena de jardín.

Recuerdo a Octavio Paz sentado en el sofá largo de flores oscuras al pie de un óleo grande de colores vivos. O en el sillón orejón junto a la mesita de madera con cubierta de piedra que en su origen debió ser el escritorio de un niño. Lo recuerdo con Marie Jo a su lado, de pie frente al ventanal más cercano a los sauces que acaso articulaban el jardín y, probablemente, la casa entera. Ella con esa cascada de cabello rubio que caía sobre sus hombros y siempre emanando risa. Una vitalidad sin precedentes, un gusto enorme de existir.

Lo recuerdo conversando largamente en esa sala. Siempre había gente interesante, gente con ideas y conocimientos muy particulares. Aparte de los amigos locales que ya en sí eran una maravilla, llegaban personajes del extranjero y después de la sobremesa y el café pasaban a la sala. Se servían copas pequeñitas de licor de menta frapée y la lucidez se desplegaba en el espacio.

La cercanía del Poeta con la casa me dejó el regalo grande del sonido de las palabras, su ritmo, su cadencia, las imágenes que éstas son capaces de construir y así en escala, esa música venida de la boca de mi madre ha podido articular tantas otras cosas. La principal: el acceso irrestricto a esas voces que viven en silencio entre las portadas de los libros y que despiertan con los ojos y el aliento y que siempre remiten a un jardín, real o imaginario, no importa, donde sopla el viento y danza la luz.