¿Leer o escribir?

Vicente Leñero se inspiró en el padre de Fernando Zamora para hacer al Zamora de Los albañiles.
Vicente Leñero.
Vicente Leñero. (Rogelio Cuellar)

Ciudad de México

Cuando en secundaria nos dejaron leer Los albañiles, descubrí que era hijo del ingeniero Zamora; del personaje de la obra, quiero decir. Vicente Leñero me dijo muchos años después que se había inspirado en mi padre (maestro suyo en la Facultad de Ingeniería de la UNAM) para hacer al Zamora de Los albañiles, una obra que se tradujo al cine en 1976 en esa película de Fons que no tiene, creo, el brillo del original de 1963. Por aquellos años Leñero ya había decidido dejar la ingeniería para dedicarse a escribir. Lo hizo, según contaba él mismo, gracias a su esposa: “la única niña guapa que asistía a las reuniones de las juventudes católicas”. Gracias a esta “niña guapa”, Vicente comenzó a abrirse pasó como guionista; y como los escritores tienen también que comer para vivir, escribió para televisión Las momias de Guanajuato.

Tengo la impresión de que a Vicente Leñero le gustaba más leer que escribir. Creo que escribir era el pretexto para enfrascarse en toda clase de investigaciones. Era la clase de hombre que sabía investigar antes de la irrupción de internet. Así, para escribir el guión de Los de abajo,dirigida por Servando González, se leyó completa la Novela de la Revolución. Pero, además de leer, lo que más le gustaba era releer y, más que escribir, reescribir.

Tal vez a causa de esta pasión por la relectura fue tan bueno para las adaptaciones al cine. Se adaptaba incluso a sí mismo. El monasterio de los buitres, de 1973, se basa en Pueblo rechazado y es de notar cómo teatro y cine resultan tan distintos. Vicente Leñero escribía como juega un ajedrecista. Analizar una partida clásica también significa reinventarla.

Trabajó en el cine con los grandes de eso que llaman “Cine de Oro”. A decir verdad, en los años sesenta y setenta el cine clásico mexicano había perdido resplandor. Como sea, con Roberto Gavaldón escribió el guión de Cuando tejen las arañas, que se estrenó en 1979 con Alma Muriel y Angélica Chain. Esta historia gira en torno a la represión sexual femenina y trata de un asunto que le interesaba por esa fe en La Iglesia que siempre se tradujo en “buena fe”.

Adaptó también su novela Estudio Q para la película que Marcela Fernández Violante dirigiría en 1980. Otra cosa digna de notar en Vicente Leñero era su capacidad para trabajar en equipo. No es que no haya tenido problemas con nadie (entre artistas sería un milagro) pero trabajó con autores tan distintos como Ripstein, Pelayo y Carlos Carrera.

Un día, al salir del taller en la SOGEM, nos fuimos a echar un trago y yo espeté en inconciencia total: “aborrezco la adaptación de Las batallas en el desierto”. Todos se sorprendieron menos él. Yo acababa de ver la película y no tuve la curiosidad de notar que él, Leñero, había sido el guionista y adaptador. Lo bueno es que se lo dije. Y él lo aceptó con más curiosidad que indignación. Me preguntó ¿por qué?, y como noté que había dicho una idiotez comenté que Elizabeth Aguilar en el papel de Mariana era un despropósito total. El maestro estuvo de acuerdo. “Pero eso no tiene nada que ver con la adaptación”, respondió. Tuve que decir que la adaptación era mala porque resultaba innecesario el enorme flashback en que se cuenta la historia de Carlos. Dio una gran fumada a su cigarro y dijo: “Puede que sí. Eso se me ocurrió a mí”. Como no había manera de desdecirme, comenté: “Me parece que toda la historia del terremoto del 85 no agrega nada”. Él levantó los hombros y dijo: “Quise utilizarlo como un recurso para hablar de la nostalgia”. Nos dimos la razón mutuamente y en buena lid seguimos charlando.

Puede que Mariana Mariana sea una obra menor. Una lástima si se tiene en cuenta el material original, pero en el caso de su siguiente (famosa) adaptación, la culpa del dislate no es del guión (que es magnífico) sino de la actriz y el director. En 1993, Alejandro Pelayo tuvo la pésima idea de traer de Francia a una mujer que ni siquiera hablaba bien español (Arielle Dombasle), para hacer Miroslava. Pelayo y Dombasle destruyeron dos obras de arte: el guión de Leñero y la fotografía de Lubezki, quien aún vivía en México.

Lo que sigue es pura miel. El callejón de los milagros es uno de los trabajos más finos que se han escrito en español. Los tiempos superpuestos, lo sabroso y picante de los diálogos y la delicadeza con la que se van decantando las historias, una tras otra, hacen de El callejón de los milagros una película que hay que ver y rever. El trabajo del maestro Vicente Leñero está aquí, no cabe duda, al nivel de la novela original del Premio Nobel Naguib Mahfouz, cuya otra novela sobre El Cairo, Principio y fin, también fue adaptada aunque con mucho menos buen tino, para una película que dirigió Arturo Ripstein en 1993.

Total, que los años noventa del siglo pasado trajeron lo mejor del guionismo de Leñero. El maestro había conseguido ya, leyendo y releyendo, el arte (“la malicia”, le llamaba él) de intrigar al espectador. El guión de La ley de Herodes fue todo un suceso nacional. Ninguna otra película ha tenido la gracia de pedir dinero al gobierno para criticarlo tanto. En aquel 1999, Luis Estrada era todavía contestatario pero “el éxito cambia a la gente”, decía el maestro Leñero, riéndose de todos aquellos hombres y mujeres que conoció. A decir verdad, el éxito nunca lo cambió a él. No lo cambió ni siquiera cuando El crimen del padre Amaro se volvió ese fenómeno que puso al cine mexicano, una vez más, en el panorama internacional.

En muchos sentidos, El crimen… es su trabajo fílmico más representativo. Lo es a pesar de que varias veces se quejó de la dirección de Carlos Carrera, pero en el guión pudo hacer lo que realmente amaba en la vida. Para comenzar, está la preocupación por el devenir de la Iglesia Católica, una institución que amó como quien ama a su familia. Además, Vicente Leñero era un admirador ferviente de la obra de Eça de Queirós, el realista portugués con quien él mismo compartió tantas percepciones con respecto a la vida. De Queirós, Leñero admiraba el ojo clínico y el virtuosismo de unas líneas o un diálogo que define la personalidad. El realismo, tanto en Eça de Queirós como en Vicente Leñero, es una cuestión de principios; una forma de relacionarse con el mundo y el gusto por escribir y leer.

Como es natural, Leñero trabajó El crimen del padre Amaro desde muchas perspectivas. La releyó y la reescribió a placer. No le gustó el trabajo de Carrera con un sacerdote que tenía en alta estima, pero escribió a su modo una novela. Porque Vicente Leñero escribía para volverse a leer.