La lectura y la sospecha

Escolios.
Escolios.
Escolios. (Especial)

Ciudad de México

Por siglos, algunos ingenuos han creído que leer un libro, escuchar una obra musical o contemplar una pintura son formas del placer desinteresado que elevan al individuo más allá de las meras necesidades materiales. Sin embargo, desde hace algunas décadas, distintas disciplinas humanísticas insisten que la cultura y sus productos son un campo lleno de tensiones en el que diversos grupos pelean por la hegemonía, el control y la legitimidad de los significados, por lo que no hay terrenos espirituales neutros. No es un debate reciente y ya ha provocado pleitos sonados en los lavaderos académicos. Por lo demás, esta percepción es atendible y revela que, en efecto, el consumidor cultural puede ser sujeto de manipulaciones; que muchas expresiones de la “alta cultura” llegan a ser artificiales y excluyentes; que el inventario de la creación humana no puede reducirse a un único canon y, en fin, que, como decía Walter Benjamin, todo documento de civilización lo puede ser de barbarie. Sin embargo, cuando esta propensión a desacralizar y des–canonizar el terreno de la creación se vuelve mecánica, muestra su pobreza y banalidad. Un ejemplo es la propensión de muchos lectores a demostrar que las grandes obras solo ocultan, tras su apariencia y prestigio, mensajes domesticadores de las clases dominantes. El arte por supuesto es una expresión de las circunstancias sociales, pero es mucho más que eso. Sin negar sus grandes aportaciones, es probable que las disciplinas que el bélico Harold Bloom agrupa un tanto injustamente bajo la denominación de “la escuela del resentimiento”, sean una fábrica de suspicaces y todos los incentivos estén orientados para que sus matriculados busquen, ya no justipreciar la creación con todo y sus contradicciones y contaminaciones, sino sospechar de ésta.

El gran problema del suspicaz profesional es que ya no encuentra motivos de placer, de estímulo intelectual o de interés humano en lo que aborda, solo de denuncia. El suspicaz observa en cada obra de arte o realización intelectual una manifestación de poder. Con esta perspectiva, se blinda contra engaños pero se emascula de buena parte de sus facultades de apreciación. Al final de cuentas, la suspicacia maquinal no es una actitud ante evidencias incompletas o ante hechos inciertos, sino un prejuicio que impide juzgar esos hechos o evidencias. El suspicaz, más que sentir, resiente; más que apreciar, desprecia, y su mirada hipercrítica y su piel sensible lo hacen paradójicamente más insensible. La función del lector formado en la sospecha no es gozar, sino escudriñar y delatar y, por ejemplo, el texto, más que un espacio de recreación, se vuelve un documento forense a investigar. Mucho bien les haría a algunos de estos dotados pero dogmáticos lectores sospechar de su propia suspicacia, confrontar lo que emana sospecha, dialogar con los productos y autores sospechosos y, de repente, asombrarse o reír un poco con ellos.