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Lección para durar

Café Madrid


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Antes las cosas duraban más. Incluso uno se moría antes que las cosas. La larga duración era propia de un disco, un pantalón, un coche o un matrimonio. Sin distinción. Mi abuelo, por ejemplo, tuvo un traje para toda la vida y una mujer para toda la vida. Él se murió y el traje y la mujer siguen ahí. A mí, en cambio, las cosas me duran poco o casi nada. La semana pasada, toda la semana, en Madrid llovió como si el cielo no existiera. No obstante, la noche del jueves fui con unos amigos a un bar de Lavapiés. Llegué esquivando charcos y protegiéndome del temporal con un paraguas que compré hace unas semanas, en una tienda de chinos, por la módica cantidad de cinco euros. Confieso que estuve a punto de elegir uno de color rojo, con la intención de hacer lo mismo que Azorín: subir y bajar por la calle de Alcalá con el único objetivo de llamar la atención y dejar de ser, aunque solo fuera por un rato, uno más del montón. Quise, pero no me atreví, porque a estas alturas del partido eso sería algo impropio de un señor como el que esto escribe.

Al salir del bar, ya a altas horas de la noche, a la maldita lluvia se le había unido una ventisca endemoniada. Abrí el paraguas (negro) y no tardé en verme envuelto en un remolino que terminó por arrebatarle la tela al paraguas. Cuando me di cuenta ya solo sujetaba un puñado de varillas. Para quitarle dramatismo al ridículo aventé con disimulo los restos de mi paraguas chino a un contenedor de basura y me guarecí en un portal, con la esperanza de que bajara la intensidad de la lluvia para poder irme a casa sin empaparme. Así que ahí estaba, perjudicado, en medio de la húmeda oscuridad, pero dispuesto a quitarle hierro a la situación. “Cosas más graves he superado”, me dije a mí mismo mientras esperaba y me enfriaba en medio del barrio más cosmopolita de esta ciudad.

El otro día mi amiga Laura se tropezó y llegó toda mojada y raspada al hospital para visitar a su madre. “Eso no es nada”, le dijo la mujer que iba saliendo de un malestar. “Eso no es nada”, le repitió para desechar cualquier atisbo de tragedia. Hay madres así. Yo también tengo una.

Acababa de perdonar, en fin, al clima, a mi ridiculez y a los chinos (de los que soy cliente frecuente a pesar de mis pesares) porque las cañas, las tapas y la tertulia habían valido la pena cuando, de pronto, fui testigo de algo que, ¡estoy seguro!, ya había presenciado en alguna otra ocasión. No recuerdo exactamente cuál ni hace cuánto, pero juro que nada de lo que pasó me era ajeno pero, sobre todo, me dejó claro que las nimiedades han de hacerse a un lado para ocuparse de lo verdaderamente difícil en esta vida. Un hombre maduro llegó tambaleándose al portal donde me refugiaba. Quizá su borrachera me invisibilizó porque sus ojos se fueron directo a la cerradura de la puerta. Abrió con torpeza y encendió la luz con un manotazo en el interruptor. Justo en ese momento un vecino atravesó corriendo un pequeño patio interior y, al toparse con el recién llegado, soltó con cinismo: “Pero, Paco, ¿de dónde vienes?” Entonces, desde lo alto de un balcón, una mujer en bata y en pantuflas, de las de antes o de las de siempre, de esas que duran mucho porque todo lo perdonan y no dudan en defender a los suyos, se adelantó al aludido y atinó a vociferar: “¿De dónde va a venir Paco? ¡Paco viene de Francisco!”

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