Lavandería china

Desearías tener palabras de afecto para todos esos desgraciados con los que compartes un pedazo de mundo. Una mujer tropieza al intentar sacar su ropa de la secadora. Se levanta maldiciendo.
Más allá están los puentes del Circuito Interior: la serpiente asfáltica que nos muerde con su decadencia. El asco hacia lo ajeno no es más que el asco que sentimos hacia nosotros mismos.
Más allá están los puentes del Circuito Interior: la serpiente asfáltica que nos muerde con su decadencia. El asco hacia lo ajeno no es más que el asco que sentimos hacia nosotros mismos. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

Algunas personas depositan su orgullo en la inteligencia; otras, depositamos lo que queda de él en cualquier persona dispuesta a surcar la noche. La civilización es un niño con retraso mental. Cruzamos las apuestas entre utopías imposibles, rogamos a la nada, nuestra existencia fracasa ante la idea de un mundo mejor. Y nadie está a salvo. Ni el solitario, ni el pobre, ni el loco. Los pobres ya no son dignos de compasión, se les patea peor que a la basura. Al loco lo han encerrado para controlarlo. Las “personas sanas” están apartadas de ellos porque infectan, molestan, no solo los encierran contra su voluntad en psiquiátricos, su mente es controlada con psicofármacos que los asesinan de la misma forma en que un hombre te espera en la oscuridad para acuchillarte mientras duermes. Esa clase de locos ya no sufre, les han arrebatado ese derecho, el encéfalo, la médula espinal: bloqueados. Su bienestar es una pastilla más, una gotita más, un día más. El adicto a los ansiolíticos es más estúpido que el heroinómano tirado en la calle. Se rebela ante su naturaleza destructiva, el otro se entrega a su naturaleza. El hombre cambia de altares de forma constante, un día ama la bondad, después le escupe a un negro, una noche tira a un gato en una bolsa amarrada, después arroja un cigarro encendido en un bosque, también se hinca los domingos en la misa de ocho y llora por los niños hambrientos.

Camino por Calzada Misterios arrastrando la maleta: un ser tan ajeno a mi cuerpo, de tela impermeable, ruedas negras, cuerpo color azul, cada paso es una tortura silenciosa. Los observo, pasa de la una de la tarde. Una mujer camina fumando un cigarro, lleva de la mano a un niño con retraso mental que balbucea algo incomprensible, está embarazada, arrastra con dificultad los pies, tiene la mirada perdida entre la ira metálica del mundo que le escupe una pesada carga. Alza la mano para detener un taxi. Ninguno se para. Una presa que mató a sus hijos se corta el cuello por la noche en una celda común, tal vez para ella ese espejismo de la libertad es todo, para los que creemos poseerla: no significa absolutamente nada. Los hombres que toman la muerte como una especie de broma, no están dispuestos a morir por amor. Personas dominadas por pensamientos tristes, gente obsesionada por comprarse una persona que le acompañe en una tarde de cine o una comida sobrevaluada. ¿Sabes? La vida es una enfermedad contagiosa. Los que mataron a Dios también están muertos. Lo entendí jugando en el mar cuando era niño, las altas olas se llevaron mis zapatos de playa, no me los devolvió jamás. La muerte de mis zapatos, su desaparición, tal vez, el suceso más cercano a mi muerte. Hace mucho tiempo que la locura dejó el misterio para convertirse en un problema social. Los autos y sus ocupantes, sudan. Se estremecen en este aire caluroso que marca el final del invierno. No tengo más esperanza que la idea de limpiar la mugre que me habita. He pensado en hijo, el que no tuve. He pensado en mi padre, el ausente. He pensado en mi esposa, la que no conocí. Lloré por todos los que jamás me amaron. No es irónico que la vida nos regale un instante de tranquilidad para robarnos la existencia en constante angustia. Debería detenerme ahora, regresar mis pasos a la paz de mi habitación en la calle de Pozos. Los orificios nos permiten encontrar algo. Tengo la piel pegada al cuello. El frío o la falta de sueño produce una sensación de nostalgia aparente. El paso del tiempo por calles de infancia, esa capa impenetrable que quedó sellada por viejas apariciones de mis zapatos muertos.

Más allá están los puentes del Circuito Interior: la serpiente asfáltica que nos muerde con su decadencia. El asco hacia lo ajeno no es más que el asco que sentimos hacia nosotros mismos. No sabes dónde empiezas tú y dónde la señora con aquel niño que balbuceaba algo que jamás entenderá nadie.

No sabes dónde empiezas tú y dónde los zapatos que el mar jamás te devolvió, porque somos tan solo nuestras pérdidas. La puerta de cristal es apenas una barrera entre ellos y tú. Avanzas. El sitio está atascado de personas preocupadas. Una mujer arrastra dos carros metálicos atestados. Un hombre con tatuajes pone cloro en una camisa manchada de sangre seca, después la introduce y cierra la puerta de la lavadora. No miras a nadie, por unos momentos deseas sentirte ajeno otra vez. Y entonces crees que estás salvo. Miras aquellos rostros tratando de reconocerte. Compras una tarjeta, otra vez la perdiste. Piden tus datos. Apenas reconoces tu nombre. Das una dirección falsa. Recargas saldo. Te asignan un número en la lista de espera.

—Seis personas antes que usted.

No contestas, es mejor sonreír, ese gesto de fingida amabilidad te devuelve por un momento, al hombre civilizado que detestas.

—Jabón y suavizante.

Pagas. Localizas un asiento metálico vacío cerca de la máquina de café. Una señora con tanque de oxígeno intenta doblar la ropa sin éxito, en cada movimiento se fatiga. Algunos miran, nadie interviene. El hombre que untó cloro en la camisa avanza hacia ella.

Tal vez va a matarla.

Suena ese pensamiento vil dentro de tu cabeza. Ese hombre la ayuda a doblar la ropa, después regresa a su lavadora. Sientes asco, la razón es evidente. Vigila con paciencia, espera algo, igual que tú. Dos máquinas se desocupan, faltan cuatro personas. Ese silencio penetrante te recuerda que somos dignos de lástima. Desearías tener palabras de afecto para todos esos desgraciados con los que compartes un pedazo de mundo. Una mujer tropieza al intentar sacar su ropa de la secadora. Se levanta maldiciendo. Tú sonríes, porque te gusta la desgracia ajena.

Estamos enfermos de vida. Eres más viejo que antes y no sonríes por alegría, lo haces para defenderte del silencio. Se desocupan tres lavadoras, cada una tiene un ciclo de 26 minutos. Piensas que sería mejor escoger el ciclo de agua caliente. La esquina de Boleo y Plomo te parecen ajenas. Una mujer te pregunta si vas a usar la lavadora. Es tu turno. Lavadora número 7. Cumples el ciclo. La secadora número 4 afortunadamente está desocupada, esperas 13 minutos. Revisas la carga de ropa, todavía está húmeda. Otro ciclo de 13 minutos. Piensas en el hombre de la camisa con sangre, se ha ido, dejó la pequeña botella de cloro. Te gustaría perder otra vez la tarjeta para dar datos falsos, ser otro. Doblas la ropa sobre las mesas azules. Compras una bolsa de plástico para proteger la ropa. Tienes un pensamiento estúpido sobre el día de mañana. Metes en los pulmones el aire vacío de un atardecer muerto, las inertes figuras del pasado no son más que retóricas torcidas que anhelan un poco de amor. Inventas el mañana porque la realidad te parece insoportable. Y nada se detiene, todo avanza con esa sombra inestable llamada: olvido. Somos una invención reciente. Metes la ropa a la secadora, sales a fumar, la civilización me ha arrebatado el derecho a matar a otros con mi humo. El ciclo acabó, apenas puedes notarlo porque alguien te empuja para distraerte de pensamientos podridos. Doblas la ropa, la guardas en la maleta. La tarde está viva y te lastima. Ese aire envenenado de la ciudad traspasa tus entrañas, las de otros; por un momento te detienes en los detalles que expone el cadáver, la belleza cruel de la hormiga muerta en la acera. Arrastras la maleta. Sí, no te engañes sabes que el veneno es porvenir. Te alzas con orgullo como última defensa, te alzas sobre tu miserable existencia por voluntad o por necio. No sabes adónde ir, ¿qué importa? Ningún taxi se detiene.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).