Las tripas de Napoleón

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De veras, pobre Napoleón.
De veras, pobre Napoleón. (Yves Herman/Reuters)

Ciudad de México

Pobre Napoleón. Con todo y sus épicas ambiciones terminó convertido en espectáculo de feria, en desmadre escénico de aficionados, en chismografía humillante y en promoción turística. La historia y el tiempo se han ensañado con él. A patadas lo han tratado con frecuencia. Hace apenas unos días, alrededor de 120 mil alegres curiosos se reunieron en Waterloo para presenciar la recreación de la célebre batalla que ahí perdió frente a las tropas aliadas del general inglés Arthur Wellesley, que sería conocido más tarde como el Duque de Wellington. En la batalla que teatralizaba la ocurrida 200 años atrás participaron más de seis mil voluntarios de unos 50 países. A lo largo de dos días hubo derroche de pólvora con nostálgicos cañonazos, tiros y explosiones entre los relinchos de centenares de caballos espantados. Antes del show muchos de los participantes no tenían ni idea de dónde diablos está Waterloo, ni que andaba haciendo por ahí Napoleón. El gobierno de la localidad belga, que en aquellos días de pleitos sangrientos no era más que una aldea cercana a Bruselas, se encargó de ubicarlos geográficamente. Así hizo un negociazo turístico a costillas del emperador con la escenificación de su histórica derrota. Durante el festejo se vendieron sombreros como el de Napoleón a 17 dólares, medallas a 12 y pines a 9.

Un negociazo como el que emprendió hace unos meses una empresa relojera suiza que está fabricando relojes con una imagen del controvertido héroe en la carátula, acompañada de un casi invisible fragmento de sus vellosidades corporales, adquiridas en una subasta de las colecciones del principado de Mónaco. En una operación mercantil que raya en el extremo están a la venta con el cuento de que portan el ADN de Napoleón. Después de todo, ya han vendido antes sus objetos personales, su ropa, sus armas y sus archivos.

Tal vez ya no queda mucho por vender en un mercado vergonzante que deja millones de dólares a los traficantes de reliquias históricas, de manera que a últimas fechas el negocio fetichista en torno a Napoleón se ha centrado en su intimidad. Hay quien escribe ensayos e imparte conferencias sobre las verdaderas causas de su derrota en Waterloo: más allá del campo de batalla, sufría el tormento de un ataque de hemorroides que le impedía incluso montar a caballo. También hay quien sigue difundiendo la teoría de un endocrinólogo que echó a andar hace años la versión de que el empecinado guerrero se había convertido al paso de los años en un personaje feminoide "de blanca piel, hombros estrechos y desprovisto de vellosidades".

El negocio derivado de la figura del gran corso habría comenzado inmediatamente después de su muerte, el 5 de mayo de 1821, en el curso de la autopsia que se le practicó a su cadáver. Desde entonces, fragmentos de sus intestinos y hasta su pene andarían por ahí en manos de coleccionistas poco escrupulosos. De veras, pobre Napoleón.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa