Las buenas personas

La ciudad no levanta cargos contra gente violenta, ni lo haría contra dos personas que trataban de divertirse. Nosotros no dañamos a nadie, un paseo no daña a nadie.
Viajaba en trenes de carga, todo el tiempo estaba borracho, jamás pude entender por qué acabó persiguiendo a un predicador obsesionado con las buenas personas.
Viajaba en trenes de carga, todo el tiempo estaba borracho, jamás pude entender por qué acabó persiguiendo a un predicador obsesionado con las buenas personas. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

Viajaba en trenes de carga, todo el tiempo estaba borracho, jamás pude entender por qué acabó persiguiendo a un predicador obsesionado con las buenas personas, esas costumbres detestables de salvar a otros, son una mierda, bondad y obediencia: dos valores cifrados en la mediocridad, ¿en dónde estarás ahora?, los gatos en celo gritan como mujeres golpeadas entre las desoladas calles. La nada nos devora, somos un momento perdido, la camarera no sonríe más, notó que la observaba, ha sepultado el amor desde hace tiempo, recoge en la bolsa de su delantal la última propina de la noche. Limpia la mesa, cierra el turno, una extraña fisgonea en el interior de una mujer con las medias desgastadas y labial barato. Tomará un camión en el que tal vez puede perder la vida. Pago la cuenta, tomo un palillo que no utilizaré. Atravieso calzada Guadalupe, una fábrica abandonada me recuerda que está ahí desde 1985, nadie regresó. En la cima, una retroexcavadora ruge quitando escombros, imagino que se derrumba la montaña de escombro en la que sostiene ese armazón amarillo deslavado; el maquinista muere entre concreto molido, ¿no es demasiado tarde para que una excavadora trabaje?, ciudad ilícita.

La calle de Clave es un tiempo difuso, las diminutas casas de los empleados de ferrocarril siguen ahí, un poco enmohecidas, húmedas, nadie se asoma por las ventanas. Camino, pienso en ti, en los trenes de carga que ya no pasan por Ferrocarril Hidalgo, la estación Buenavista ahora es un centro comercial, un tren subterráneo atraviesa desde ahí hasta el Estado de México, alguna vez pensé que tenía aspecto europeo, solo una ilusión, nada en América tiene estilo europeo. Nos quedamos solos igual que la gasolinera abandonada, el polvo y las plantas crecen neciamente sobre el cemento. Un tipo está sentado cerca de una bomba, lo evado, camino hasta Circuito Interior. La camarera tenía un aire a tu ex novia, la rubia que cantaba canciones de odio en la regadera. Las personas más solitarias cantan en el baño, nadie los escucha. Metro Valle Gómez, aquí una vez estuve a punto de saltar a las vías, no recuerdo por qué no lo hice, debí hacerlo y ahorrarme esta noche en la que estoy vagando, como lo hacíamos antes. Los trenes de carga están muertos, igual que tu padre, un hombre que solo soportaba la realidad con media botella. Entiendo tu odio hacia los predicadores, jamás regresó, murió en el desierto cagando sangre, nadie acudió a su entierro. Pensándolo bien, detesto a tu puta novia rubia texana que acabó como mesera en un Wendy’s, de nada le sirvió firmarte esas cartas como Rose Presley, la hija de Elvis es guapa, ella tiene cara de santurrona en viernes santo. Un hombre sujeta un viejo morral, más desgastado que los recuerdos contigo, luce cansado, tal vez tiene miedo, lleva prisa, desaparece en las escaleras. Camino en sentido contrario de los autos por la lateral de Circuito, un auto con quemacocos se detiene por el tránsito, casi es la una de la mañana, tránsito infinito. Pienso en el tipo del morral, ¿bajará en Oceanía?, ¿te acuerdas de ese parque de drogadictos que cruzábamos en 1997 cerca de la avenida Central?, ojalá estuvieras aquí para recordarme cómo éramos.

Esa noche compramos tres botellas de bourbon, dos cajetillas de Lucky Strikes, una bolsa de hielos cuyo regalo era una vulgar hielera de unicel, caballito inflable de rueda, dos toallas, trajes de baño. Todo lo cargamos a la tarjeta del hombre. Retiramos dinero, el idiota tenía anotado el nip en su agenda. Cuando piensas que no puede existir una persona tan pendeja, un día te encuentras a un tipo saliendo de cualquier corporativo en Santa Fe, bajando por Vasco Quiroga hasta el pueblo a toda velocidad. Se detiene en una calle, cerca de alguna barranca que todavía conserva el olor a podrido, un par de cretinos se atraviesan encima del cofre, le piden fuego, dice que no, subiendo el vidrio los mira con desprecio, uno de ellos abre la mochila, saca un pequeño bat, le da un putazo al parabrisas, otro a la puerta lateral del conductor mientras la otra que lo acompaña sube por el lado derecho ordenándole al pendejo que se pase al asiento de atrás. El tipo tiembla, percibo el miedo, ¿sabías que el miedo es una reacción ante lo que es diferente a ti?, muchas personas matan por miedo. Mordí su dedo mientras intentaba señalar algo.

El par de grasientos disfruta con cada sollozo. Arrancaron aquél auto, él intentó levantarse, se aferró al asiento delantero, el arrancón lo regresó a su sitio, antes del puñetazo que se estrelló en la nariz, gritó:  ¡pinches nacos mugrosos, no vayan a rayarlo!, ¿qué importa rayar un auto?, si te dieran a escoger entre rayarte la cara con navaja o el auto, ¿cuál sería tu elección?, una mala elección es el error que te puede hundir. Nudillos certeros, upper cut a la quijada, cayó de bruces en el asiento nuevamente. Empezó a llorar. Pensé que alguien iba a ayudarlo, nadie hizo nada, varios conductores notaron perfectamente que íbamos golpeándolo al ritmo del JailHouse Rock, sentí que algunos disfrutaban, una ciudad violenta y graciosa. Manejando sin rumbo, riéndonos mientras tiraba sangre por la nariz, boca, dedo salvajemente mordido.

—¿Por qué me hacen esto?

—Nos negaste el fuego, hermano.

—No le digas hermano, ¿no te da asco que un desconocido te llame “hermano”?

Nuestras risas y canciones se confundían con sus gritos. Gritaba demasiado.

—¿Adónde vamos a ir?

—Vamos al mar.

—Sí, no-hermano: vamos al mar.

—Necesito cambiarme, tengo que ir a Monterrey, mi vuelo sale en cinco horas.

—Olvídalo.

—Déjenme ir, no levantaré cargos.

La ciudad no levanta cargos contra las personas violentas, no levantaría cargos contra dos personas que trataban de divertirse. Nosotros no dañamos a nadie, un paseo no daña a nadie. Intentó decirnos algo, le dimos bourbon como respuestas. Tu padre se reiría de nosotros, nos llamaría pendejos mientras toma un trago desde la muerte, el polvo del desierto cubre su cuerpo. No olvido ese rostro, las luces de Circuito Interior me golpean suavemente. Metro Valle Gómez se queda más solo, cierra las puertas, un policía manda un mensaje de texto y antes de hacerlo mira en dirección opuesta al teléfono, las luces se apagan, algunas personas no alcanzaron a entrar, se paran metros más adelante esperando el camión, algunos buscan cambiar, maldiciendo una vida estúpida, ¿y qué harás ahora?, ¿de qué forma podrías cambiar algo tan real como la sensación de nacer muerto?, pienso en la desperación de aquellas palabras, “no levantaré cargos”, no comprendo muy bien por qué nos reímos tanto de aquella frase, ¿cómo podía cambiar Monterrey por el paraíso de Acapulco fun?, tratamos de convencerlo de ir con nosotros, en algún momento confesó que le parecía gracioso el destino; tal vez lo dijo para evitar que lo lastimáramos, lo dejamos cerca del aeropuerto, nos agradeció que lo dejáramos a tiempo para ese vuelo. Por la madrugada llegamos a un hotel con alberca en forma de ameba, un sitio barato cerca de la playa Papagayo. La noche era un festín de silentes reclamos, no recuerdo las canciones, ni qué dijiste en el trayecto de la carretera cuando regresábamos a la ciudad. Abandonamos el auto cerca de la gasolinera en la que vi al hombre. Las rejas del Metro están cerradas, nadie acompaña los vagones, se quedaron más solos. El auto con quemacocos está metros más adelante, tal vez es tiempo de regresar.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)