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Viernes , 21.09.2018 / 18:51 Hoy

Las misteriosas niñas bailarinas

Vibraciones

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Descubrí la música a través de misteriosas niñas bailarinas. Tendría yo nueve años. Los martes y los jueves por la tarde entraba a la Academia del Valle, en el centro de Coyoacán, de la mano de mi madre. Rodolfo (bigote negro, mirada precavida), el portero de una entrada oscura y fría, nos saludaba (voz engolada y sonrisa) y a nuestro paso rechinaba la madera de los pisos y las puertas. Yo imaginaba estar caminando sobre la cubierta de un barco al borde del naufragio mientras seguía sin entender por qué mi hermana, tres años y medio más grande, siempre tenía que adelantarse en la banqueta y aparentar haber llegado sola: entraba sin saludar a Rodolfo, con su chamarra rota (agujeros que ella misma hacía con su cigarro en lugares previamente seleccionados) oliendo a tabaco ¡a los 13 años! y caminaba rápida y desdeñosa hasta la reja de las alumnas, en donde, ahí sí, hipócrita, se deshacía en simpatía ante Miss Martha O’Reilly, maestra irlandesa (fundadora de la Academia) de impenetrable mirada azul y largo cabello rojo.

Ese mismo recorrido por el pasillo que mi hermana efectuaba tan libre y ufana, para mí estaba lleno de misterios y temores. La primera puerta a la izquierda daba a un pequeño teatro embrujado, donde se decía que el fantasma de un niño, Oscarito, flotaba sobre el escenario y los asientos llorando y pidiendo auxilio. A la derecha había un patio interior con palmeras enormes, un garaje adaptado como sala de espera (sillones de madera con almohadas azules, máquinas de refrescos y galletas) y una gran fuente de piedra volcánica con el agua llena de ranas y plantas. Subía con mi mamá a la cafetería del primer piso. Ella platicaba con amigas y yo hacía la tarea. De repente el piano sonaba. Un sonido poderoso y tierno que transformaba la configuración del mundo y de mi cuerpo. Bajo el influjo de la música, la vida entera adquiría otras formas, otros movimientos y otras reglas. Con las vibraciones del piano excitando mis nervios, agitando mi sangre, me sentía lleno de una curiosidad irrefrenable por alcanzar el sonido y descubrir sus misterios. Entonces yo también era otro. Un niño distinto. Audaz y determinado. Capaz de cruzar líneas prohibidas: le decía a mi mamá que me iba abajo, a jugar en la fuente, y me escabullía clandestinamente por los salones de ensayos, donde varios letreros condenaban la presencia de varones, para espiar a las niñas bailarinas.

Alineadas al fondo, agarradas a una barra de metal en un salón de espejos, estiraban la pierna izquierda y los dedos subían más alto que sus cabezas dobladas. Niñas de todo tipo. Altas y chiquitas. Morenas y castañas. Anchas y delgadas. Rubias y mulatas. Algunas sonreían y otras veían el piso de madera con una mirada vacía. El piano acompañaba sus estiramientos con música alegre, de una agitación suave y repetitiva, que parecía dar vueltas a la plaza como una calesa de feria. Del pianista veía la espalda en traje negro y un minúsculo cuello que sostenía una cabeza cubierta de escaso cabello blanco.

Recuerdo especialmente una escena. Miss Martha se paró en el centro del salón y dijo “¡Brahms!”. La música cambió. Se volvió lírica y clara. Y las niñas bailaron con dichosa claridad. Pero Miss Martha las corrigió. Pidió que sonrieran menos, que entristecieran sus movimientos. Le ordenó al pianista repetir varias veces la pieza. Y yo no entendía por qué la necesidad de envenenar música de serenidad tan bella. “¡Muy bien, Ana!”, dijo Miss Martha, y le indicó a mi hermana que bailara en el centro. Un baile incomprensiblemente triste. Aunque de pronto, al verla bailar, comencé a escuchar cosas distintas. Nuevos sonidos en la misma obra hasta el cansancio repetida. Tras la evidente melodía, descubrí culpa, desesperación, dolor y angustia. Y entendí que mi hermana, bajo la guía de Miss Martha, estaba expresando con su cuerpo esas oscuridades secretas que, por su naturaleza velada, por estar contenidas, adquirían en la danza una esencia profundamente trágica (una tragedia que, ahora lo sé, es la esencia de toda música de Brahms).

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