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Domingo , 21.10.2018 / 16:55 Hoy

Las luces estaban a una vida de distancia

En "La Rosa" pedía dos cervezas que jamás tocaba, me acomodaba sobre la mesa, podía dormir, ni el ruido más desagradable logró despertarme. Las dos cervezas me miraban, estoy seguro.

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El frío es solo otro encuentro con lo que dañamos. Un viejo traumatismo recrudece el dolor. Está oscuro, así me recuerdo desde tu ausencia. Nuestro cuerpo social: discapacitado. Esta noche eres un espejismo virtuoso entre el lodo que me cubre desde hace tiempo. Llora, jamás vuelvas a tocar una sonata para alguien que amas, derrúmbate en la miseria personal del que puede poseerse a sí mismo y negarse a existir como alguien no-amado, ajeno a los otros. Rompe la cabeza hasta que escurra algo más que ya no seas tú.

¿Quién has sido para mí?, el helado paisaje de una calle hostil. Los ancianos que juegan cartas, que apuestan la cena y beben anís con agua mineral, se apagaron en mudas habitaciones de edificios en los que la felicidad es una espina dorsal rota. El olvido es una perra encadenada al odio. Esta tarde una borrosa fonda moderna sustituye el bar en el que besé mujeres que me odiaron, por malnacido, perro y borracho. Sitios borrados, paredes con huellas de sangre de amantes rabiosos, violentos. Paredes que alguna noche fueron blancas. Las cervezas de diez pesos, no existen más. Debes saberlo: mis odios secretos son alimañas ocultas en la duela de un cuarto que huele a encierro. Sí, tuve un espejo con letrero deslavado por la ruina:

“Horario de agua caliente de 5:30 a 8:30 de la mañana y de 8:30 a 11:30 de la noche. No insista”.

En aquellas habitaciones estaba prohibido fumar, podían matarte. Jamás seremos. Tras besarnos, como en la infancia, un juguete olvidado en una calle desierta, después, el tiempo nos condenó como a cualquier persona odiosa, asesinando lo hermoso que nos habitó. En 2006, me recargué en la cortina de lo que fue un bar cerca de Pino Suárez: El recreo. Pienso en los tragos, noches rabiosas. No sabes que hace 12 años esperaba por alguien que jugara sin trampas sucias. Esos putillos sarnosos mataron tus ojos, hombres amables te asesinaron mientras descansabas la boca entre sus piernas.

No me cuentes nada, sé de dónde proviene esa mirada en la que no logras existir pese a los múltiples intentos por suicidarte. Lo sé. No hables. Canallas y cobardes trataron de herirme sin lograrlo. Somos distintos, las personas solitarias mueren de amor. La mañana gloriosa es un taxi a este bar que ya no existe, ¿por qué no puedo recordar tu cara? Me recargo en las cortinas de un año olvidado en el que compré un libro de Steinbeck, recuerdo todo aquello contigo, sin nosotros. Bajo nuestro armazón de cobardía, anhelamos amor. La cobardía es más visible que la destrucción. Me escondo en este cuerpo por necesidad igual que tú. Calzada de Tlalpan arroja las luces de los autos sobre mi rostro. Nadie me advirtió que esta ciudad escupe con rencor sobre los amantes. La velocidad de su transformación nos arrincona hasta el delirio.

Existen sucesos más tristes que tener la espina dorsal quebrada.

Camino en sentido contrario hasta la cercanía con Fray Servando. Recuerdo un bar llamado: La Rosa, no estaba tan lejos de aquí. No cerraba. Cuando estaba cansado del insomnio, cruzaba por mi cabeza la idea de largarme de la ciudad, no logré hacerlo, la decepción jamás fue suficiente para alejarme de lo que detesto. Es posible que no exista más. La ciudad es un organismo vivo, un día morirá, es inevitable. Tiene heridas, resiste a pesar de todas nuestras historias. El fracaso la edifica, no lo olvides. La única forma de escribir en esta ciudad es alejándote, cuando estás cerca de ella no podrás escribirla. Esta noche solo puedo escribir del pasado, como cualquier hombre que sobrevive entre las sobras de una vida que no ya no le pertenece.

Tal vez no existe más, no recuerdo este local nuevo. En La Rosa pedía un par de cervezas que jamás tocaba, me acomodaba sobre la mesa, podía dormir, ni el ruido más desagradable logró despertarme. Las dos cervezas me miraban, estoy seguro. Ese lugar me permitió curar el insomnio. Le debo algo a ese sitio. La mesa era de plástico blanco, sillas baratas de metal. Tras algunas horas de sueño, abandonaba la mesa. Cerca de ahí, calmaba el hambre en una rosticería grasosa, San Marcos, todavía existe.

Me formaba entre aquellos hombres de rostros cansados y tristes. Estábamos hambrientos de algo, ¿cómo saber cuál es la fuente del hambre? Nadie puede ni debería saciarse de la misma forma. Ningún hombre debería estar condenado a estar solo debido a que una desgracia le cruza el rostro. Nadie debería soportar estar solo, aullando sobrio en ese interior ficticio llamado: razón. Nadie puede ser distinto solo porque una cicatriz lo marcó. Eras una esquirla atorada en mis pensamientos. Ahora solo queda el hueco de aquella explosión atroz de furtivos encuentros. En momentos como éste, ruego a la nada que un día por fin te borre de mi cuerpo, porque en el pensamiento ya solo existes para olvidarme.

—¿Tienes fuego?

—Sí.

—Guárdatelo.

Esa fue nuestra primera conversación en La Rosa, estaba cerca de Fray Servando y Pino Suárez. Rentaba un cuarto en la calle de San Miguel. El silencio nocturno de aquel edificio me impedía dormir, así que encontré en aquel bar la compañía y ruido suficiente para dejar de pensar. Nosotros ya no existimos, ¿lo entiendes? Ahora somos la ruina de aquellas palabras, jamás serán pronunciadas en las habitaciones de los hoteles en los que nos destrozamos guardando silencio.

—¿Tienes fuego?

—No.

—Busca mi encendedor.

—Lo dejaste en la mesa del bar.

—¿Y no pudiste traerlo?

—No.

—Podríamos salir a comprar uno.

—Hace frío.

—¿Importa?

—No.

—Puedes salir.

—A veces no es posible.

—Es probable.

—Me gustaría recuperar mi encendedor.

—Háblame.

—Guárdatelo.

El encendedor fue el pretexto para salir. No sentí frío, solo rabia. Las tiendas cercanas tenían las cortinas abajo. Caminamos hasta Regina, conocíamos una tienda que no cerraba, eso pertenece a otro espacio en mi cabeza. Ya no existe. Un viejo traumatismo violenta la tranquilidad del cuerpo en el que me escondo. El dolor es real, nuestro sufrimiento es solo un juego, una debilidad que va a matarnos o que nos convertirá en seres libres, ¡cómo si la libertad nos protegiera de algo! Jamás volverán a besarme las mujeres que me odian. De mi cabeza escurren canciones, tus palabras, la noche. Las luces jamás encendieron vidas apagadas. La condición infame del que desprecia la vida no es tan distinta de aquellos que agradecen un día más. El silencio es una mujer con la región sacro-lumbar dañada. Derramo tus últimas palabras en la acera de una ciudad envenenada. Nosotros éramos un trago de alcohol adulterado.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).

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