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Sábado , 26.05.2018 / 09:51 Hoy

Las joyas del cosmos: piedras de otro mundo

En diciembre se llevó a cabo una subasta de meteoritos en la casa de subastas Drouot, la más importante en Francia.

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José Abdón Flores

El pasado 7 de diciembre, la sala 4 de la Casa de Subastas Drouot, la más importante en Francia, presentaba una primicia y un revuelo inusitado: una gran subasta de meteoritos. A través de la sociedad Lucien Paris, se subastaba la colección Pierre Delpuech, cuyo catálogo anunciaba que "Por primera vez en el mundo, se subasta una colección privada de cuerpos sólidos extraterrestres que tienen la edad del sistema solar...". Su dueño, un políglota amante de la poesía, la filosofía, la astrofísica y virtuoso del piano, tuvo que hacerse trader para reunir este muestrario de rocas espaciales. Fallecido a mediados de 2015, había aceptado que tras su muerte la colección fuera dispersada.

Los pronósticos de la venta eran optimistas: se esperaba recaudar alrededor de medio millón de euros por las 250 piezas extraterrestres más algunos instrumentos y libros antiguos. A las dos de la tarde, hora de la subasta principal, el comisario Christophe Lucian abrió las ofertas por el primer lote y las pujas no tardaron en hacerse notar. Drouot es un sitio para conocedores. Aquí se han subastado todo tipo de objetos desde hace 165 años, de modo que la comunidad amante de los meteoritos hizo un lleno en la sala y en los canales virtuales. Hay que saber que las rocas extraterrestres, al igual que el platino o los ópalos negros, valen más que el oro. En esta colección, los anhelos eran acaparados por dos piezas conocidas por todo coleccionista: el Gibeon, meteorito completo de 110 kg descubierto en 1836 en Namibia y valuado en 60 mil euros; y el Canyon Diablo, un fragmento del meteorito que originó el cráter Meteor en Arizona, con un peso de 17.8 kg y precio de salida igual al anterior.

COSMOQUÍMICA

El estudio de los meteoritos se llama cosmoquímica y, según esta novel rama de la ciencia, los meteoritos pueden clasificarse en tres grupos de acuerdo con su composición química y sus propiedades mineralógicas: rocosos, mixtos y ferrosos. La cosmoquímica ha permitido determinar la edad de nuestro planeta y también fomentar teorías sobre el origen de la vida en la Tierra. Pero el estudio científico de los meteoritos es reciente, su faceta mística es la más conocida. Antaño eran considerados como mensajes celestes y eran venerados por las culturas antiguas; han sido conservados en museos, usados como talismanes y amuletos o vistos como reliquias y curiosidades que solo los excéntricos se ocupaban de buscar. Sin embargo, recientemente el mundo del coleccionismo y el arte les han dado un relieve tal que de buenas a primeras su precio se ha disparado por los cielos.

Hay varias razones por las que estas piedras del espacio son coleccionables. Por un lado está su aspecto escultórico, resultado de la tensión mecánica y térmica al ingresar a la atmósfera. Además, si la velocidad de entrada es muy alta y se trata de un objeto masivo, el impacto del choque contribuirá al aspecto final de la pieza. A este factor se añade su rareza, condición que los hace objetos muy buscados desde hace algunas décadas por científicos, coleccionistas y, más recientemente, por artistas y joyeros. En efecto, ¿quién puede resistirse a portar un collar o un anillo cuyo motivo central no es de este mundo? La alta relojería utiliza láminas de meteoritos que presentan el llamado patrón de Widmanstätten para elaborar carátulas, como la del reloj Météorite, de Utinam, cuya carátula proviene de un meteorito ferroso.

Los criterios para tazar estos objetos son varios, aunque, como sucede con las gemas, se considera en buena medida la combinación belleza y rareza. Entre los más buscados están las "palasitas", meteoritos provenientes del sur de Siberia occidental que tienen la particularidad de contener cristales de olivino dispersos en una matriz de hierro y níquel. Tan solo representan el 1 por ciento de los meteoritos que caen en la Tierra. Las "sideritas", como el Gibeon de la subasta parisina, están constituidas básicamente de hierro, esto contribuye a que tras su ingreso a la atmósfera puedan ser moldeadas de una forma estética debido a la maleabilidad del hierro. Prueba de que pueden ser consideradas esculturas artísticas es la pieza Touch: un meteorito Vaca Muerta que el artista islandés Olafur Eliason usó en 2014 para su exposición Contact en la Fundación Louis Vuitton.

CAZADORES DE METEORITOS

Un meteorito puede caer en cualquier sitio del planeta, pero como tres cuartas partes son océanos, la mayoría de ellos se pierde en el mar. La fracción poblada de los continentes sigue siendo muy inferior a la despoblada, de modo que para encontrar a estos viajeros celestes es necesario buscarlos en la naturaleza. La experiencia muestra que los mejores lugares para encontrarlos son aquellos de aspecto uniforme, donde las distracciones para el ojo humano son mínimas y existe un gran contraste, es decir, los desiertos tanto de arena como de nieve.

El término cazador de meteoritos es reciente, pero es un oficio que desde Rusia hasta la Patagonia cobra más adeptos día con día debido a la fuerte demanda. Si se toma en cuenta que cada año la masa de material extraterrestre interceptado por la tierra asciende a varias toneladas, entonces hay una razón de más para ir en su búsqueda. Quienes se dedican a esta aventura saben que los meteoritos son el nuevo commodity, una mina a cielo abierto que se renueva día tras día. En vehículos 4x4, con detectores de metales, tiendas de campaña, laboratorios portátiles y a veces hasta perros, así son hoy los gambusinos del siglo XXI.

Los meteoritos se nombran de acuerdo a una regla simple: toman el nombre del lugar donde caen. Esto puede originar apelativos intrigantes como Vaca Muerta que, por cierto, no es un pueblo abandonado en el viejo oeste: ese meteorito cayó en el desierto de Atacama, y muy cerca de él había una vaca muerta... En México han caído algunos cuyos nombres se pierden en la historia del país: Cruz del Aire, Otinapa, Nuevo Mercurio, Sombrerete, Casas Grandes, Charcas. Su presencia en nuestro territorio se remonta al año 1600, cuando Morito fue encontrado en el sur de Chihuahua. El registro más reciente es apenas de 2013, una condrita —los meteoritos más comunes— llamada El Tiro y que fue hallada en el estado de Sonora.

Como se ha dicho, su valor depende del tipo de meteorito; si es una condrita —cuatro de cada cinco lo son— el precio rondará las decenas de dólares. Si se trata de una palasita de forma interesante, entonces el valor ascenderá a miles de dólares. Dos palasitas Imalac de la colección Pierre Delpuech estimadas en mil 800 y mil 900 euros se vendieron en cuatro mil 500 euros cada una durante la subasta en Drouot. La vitalidad de este nuevo mercado quedó patente en la subasta del 7 de diciembre: los 250 meteoritos encontraron comprador. El Gibeon fue adquirido por un millonario asiático en 130 mil euros; en total, la venta de estas joyas del cosmos arrojó una suma de 649 mil 520 euros. Sin embargo, hubo piezas vendidas en 130 euros, de modo que por un precio razonable, aún se pude comprar un poco de polvo de estrellas.

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