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Viernes , 22.06.2018 / 18:19 Hoy

Las corporaciones al poder

La llegada de Trump a la Presidencia es una simple extensión lógica de la corporativización de todos los aspectos de nuestra vida en sociedad.

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Eduardo Rabasa

En un brillante artículo titulado “Ningún país con un McDonald’s puede continuar siendo una democracia”, publicado en The Guardian el pasado 6 de diciembre, el periodista británico George Monbiot expone con lucidez cómo el dominio de las corporaciones trasnacionales ha destruido toda verdadera democracia, convirtiendo a los regímenes políticos en meras fachadas al servicio de los intereses financieros de las grandes corporaciones, que a través de lobistas y gente situada en puestos de gran poder público, han encabezado una ofensiva legislativa, fiscal y demás, produciendo como resultado sociedades sumamente desiguales y violentas, donde prima la ley de los beneficios corporativos, y donde un amplio sector de la población se encuentra marginado, condenado en el mejor de los casos a desempeñar trabajos mal pagados, sin ningún tipo de red de protección social, para sobrevivir como mejor puedan.

Si retomamos este razonamiento, la llegada de Trump a la Presidencia es una simple extensión lógica de la corporativización de todos los aspectos de nuestra vida en sociedad, y ahora que ha conformado su gabinete con una mezcla de militares belicosos (es casi poético que haya elegido como secretario de la Defensa a un general cuyo apodo es “Perro rabioso”) y magnates como él (es igualmente casi poético que su próximo secretario de Estado sea un ex director de la petrolera Exxon: imposible mandar un mensaje más claro), asistimos a la entronización de hecho de un modelo corporativo para el cual la política se reduce a crear las condiciones para que las empresas se enriquezcan tanto como sea posible (a la mierda el medio ambiente y el cambio climático), acompañado de una militarización de la vida pública, para continuar abriendo mercados a punta de ametralladora (o de drones).

Sin embargo, aunque las figuras racistas y fascistoides como Trump acaparan (con razón) los reflectores, la conexión que traza Monbiot entre su ascenso y la rapiña corporativa que sufren nuestras sociedades es decisiva, e incluso no es casual que un empresario fanfarrón, bocón, famoso y misógino haya sido votado por millones de personas, como si proyectaran en él el ideal al que una sociedad edificada sobre valores corporativos debería de aspirar. Entonces, más allá del ritual periódico de votar cada tanto tiempo por opciones que son básicamente lo mismo, con ligeras diferencias, el asunto consiste en pensar y proponer paradigmas alternativos, de modo que la vida en común no se encuentre vinculada principalmente por el afán de riqueza pues, como bien señala Monbiot en su artículo, “una de las respuestas frente a Trump, Putin, Orbán, Erdoğan, Salvini, Duterte, Le Pen, Farage y las políticas que representan consiste en rescatar a la democracia de las corporaciones trasnacionales. Consiste en defender la unidad política crucial que está bajo el asedio de los bancos, monopolios y cadenas comerciales: la comunidad. Consiste en reconocer que no existe ninguna mayor amenaza a la paz entre las naciones que un modelo corporativo que aplasta la elección democrática”.

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