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Lunes , 24.09.2018 / 11:55 Hoy

Las cinco lecturas de García Márquez

Se dice que Álvaro Mutis le arrojó a Gabriel García Márquez un ejemplar de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, y le dijo en colombiano el equivalente a “lea pa’ que se eduque”

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Se dice que Álvaro Mutis le arrojó a Gabriel García Márquez un ejemplar de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, y le dijo en colombiano el equivalente a “lea pa’ que se eduque”, y que García Márquez la leyó cinco veces seguidas hasta casi memorizarla, y que fue una influencia notable en su Cien años de soledad.

En la exhaustiva Historia de un deicidio, Vargas Llosa menciona solo de pasada a Rulfo, aunque más bien se refiera al guión de El gallo de oro; tampoco es mencionado ni en la entrevista que concedió GGM a Rita Guibert recogida en Siete voces ni en los comentarios en la edición conmemorativa de Cien años de soledad, de la Real Academia de la Lengua; Carlos Fuentes los relaciona pero más por El otoño del patriarca que por Cien años de soledad.

De hecho, hay más coincidencias en el ámbito, en diálogos lacónicos, lo árido del paisaje, la reciedumbre de los personajes, entre Tiempo de morir y muchas de las páginas de Pedro Páramo; Vargas Llosa recalca que algunas escenas del guión tienen origen en la historia familiar del colombiano, y que pasan, mejoradas y llenas de poesía, a Cien años de soledad.

En ninguna de las dos novelas las apariciones de no vivos causan terror semejante al producido en relatos de Lovecraft, Poe, Stoker; la presencia de varias figuras femeninas en ambas novelas coinciden en su fuerza, singularidad, la sexualidad implícita; sin embargo, las mujeres de Pedro Páramo son sometidas, pero no son sumisas; aceptan su destino, víctimas del derecho de pernada, aunque más de una lo sufra no solo con conciencia, también con resignación y de alguna se insinúa que con placer; las mujeres de Cien años de soledad en cambio son más gozosas; si su destino es la pasividad sexual no lo hacen como víctimas, y en más de una ocasión se deja ver el placer: una gitana, al palpar el sexo de un personaje, le pronostica que su destino es proporcionar felicidad a las mujeres; los personajes masculinos de Pedro Páramo practican el coito más que por placer, como forma de poder y superioridad.

Los pueblos donde sucede la acción de las novelas son distintos, lo único en que se parecen es en el calor, pero el de Macondo es calor húmedo por los diluvios, mientras que el de Comala es seco, sofocante, y las polvaredas no alivian, más bien llenan de tierra el paisaje. De hecho, Macondo es real, Aracataca con otro nombre, y Comala existe aunque parezca invención (hasta tiene equipo de beisbol, según Abel Quezada). Pedro Páramo es un cacique de quien depende el destino de Comala, de la tierra y de sus hombres, y de sus mujeres; vive la Revolución y también la rebelión cristera, y aunque de manera implícita se ve el derecho de pernada, el latifundio, la complicidad, no siempre áspera, entre Iglesia y cacique, quien se venga del destino dejando morir al pueblo y a los habitantes que no lo abandonan; José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo, invita a sus vecinos a la civilización, al adelanto, y renuncia al poder para dedicarse a la ciencia; hay guerras, pero destinadas a la derrota, no al heroísmo.

El lenguaje de Rulfo es seco, tanto como la tierra infértil y como las piedras que se derrumban a la muerte de Pedro Páramo; el de García Márquez es exuberante como las vegetación del Caribe, lleno de juegos y no de símbolos; los habitantes de Comala se expresan con frases cortas, secas, directas, mientras que los de Macondo se explayan en explicaciones, se pierden en laberintos verbales tan disímbolos que uno confunde a los protagonistas y no solo por la repetición de los nombres (en América Latina los hijos se llaman como los padres, los abuelos, los tíos) sino por el puro placer del sonido y sus repercusiones.

¿Qué encontró García Márquez en esas cinco lecturas consecutivas, que lo dejaron encantado (paralizado, embobado)? Un mundo escondido detrás de las apariencias, una vida detrás de la vida, la materialización de las historias que se narran (o narraban) en las poblaciones que conservaban la esencia del pasado y que lo perpetuaban con las leyendas de los aparecidos, las explicaciones inverosímiles para los adultos pero que hacían soñar a los infantes: el fantasma que alertaba de peligros, los sucesos inexplicables que daban a entender que había tesoros escondidos en las viejas casonas; los compadres que regresaban del más allá para cumplir una promesa; los amores que no se consumaban sino después de la muerte; la doncella que no pecaba: volaba al cielo conducida por ángeles; la mujer bellísima a la que solo veían los niños y que era la abuela muerta joven; la virgen que se dolía de su doncellez.

García Márquez vio en Juan Rulfo que las historias inverosímiles podían ser verosímiles, que la literatura oral podía ser literatura, y que la vida detrás de los espejos requería de una estructura que distorsionara la lógica, que solo así podía ser creíble. Y la adaptó y distorsionó para contar una novela llena de historias increíbles que todo mundo creyó sin ponerlas en duda.

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